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Piñeiro Docampo
Conchi Basilio
Territorio Comanche

Un hombre, un paisaje y una pasión

19-06-2015

Hay momentos imprescindibles e inolvidables en el género del western, referencias icónicas que brotan con fuerza del talento de directores y guionistas para alojarse en la memoria de los espectadores. Una charla nocturna junto al fuego mientras dos hombres degustan una taza de café o un jinete cabalgando por la pradera al atardecer son, con frecuencia, dos de los referentes visuales más recurridos por el western.         

Nadie como Anthony Mann, por ejemplo, supo integrar el paisaje en el contexto de una historia. En sus películas, los exteriores son tan importantes como el propio relato. Con James Stewart rodó cinco westerns que figuran, por méritos propios, entre lo más selecto del género – “Horizontes lejanos”, “Tierras lejanas”, “El hombre de Laramie”, “Winchester 73” y  “Colorado Jim”-.         

El motor argumental de muchas de sus historias tiene un inequívoco aroma clásico: la venganza. Tras John Ford, que supo encajar sus historias en un escenario natural tan majestuoso como inolvidable –el Monument Valley- Mann es un digno continuador de su estirpe. En sus películas el paisaje es indisociable de lo que cuenta.         

En la mejor tradición de las road movies, los westerns de Anthony Mann son un itinerario físico que encubren, en el fondo, un trayecto espiritual. James Stewart, principal protagonista de algunas de sus mejores películas, no es el mismo al comienzo de sus historias que al final. La venganza o la redención actúan como elemento transformador del personaje.         

Tanto John Ford como Anthony Mann juegan con los referentes fundamentales de la tradición clásica griega y, con su indudable talento, los renuevan y los ponen al servicio de historias intemporales que tienen como escenario paisajes rocosos y polvorientos.         

Las pasiones que definen al ser humano, las que con tanta maestría aparecían retratadas ya en las tragedias de Esquilo, Sófocles o Eurípides, vertebran las películas de Ford y Mann y dotan a sus westerns de una gran hondura espiritual.         

Con creadores como ellos y con un puñado de directores más –William Wellman, Raoul Walsh, Henry Hathaway, Delmer Daves, John Sturges, King Vidor, Sam Peckinpah o Richard Brooks- el western alcanza su plena madurez creativa y artística.         

Con el paso de los años, serán los críticos de Cahiers du Cinema, los mismos que acabarán poniéndose detrás de la cámara y forjando notables carreras cinematográficas, los que reivindiquen y descubran los grandes valores del género del géneros. Truffaut, Godard, Chabrol o Rohmer fueron de los primeros en darse cuenta de que los westerns eran algo más que películas de tiros e indios.

Ángel Varela


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