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Piñeiro Docampo
Conchi Basilio
Territorio Comanche

¿Yo? Director en general

13-07-2017

Cuántos políticos conocen ustedes que, durante los años más duros de la crisis se hayan ido al paro? Hagan cuentas y verán que la cifra que les sale resulta insignificante. Mientras una gran mayoría de españoles veían reducidos dramáticamente sus ingresos o, incluso peor, se veían abocados a la exclusión social y a un horizonte sin esperanza, ellos cabalgaban  a lomos de la feroz recesión con la seguridad que te proporciona el saber que la factura, terrible y dolorosa, la pagarían otros con sus lágrimas.
         
Si algo han hecho bien los que pertenecen a tan selecta cofradía, es aprender la lección cuya principal enseñanza sostiene que, por un elemental sentido de la supervivencia,  para sustituir a un zorro al frente del gallinero, nada mejor que otro ejemplar de su misma especie para continuar la tarea sin sobresaltos y, sobre todo, sin intromisiones. Por expresarlo en términos mitológicos, cuando alguien accede a ese Olimpo que está vedado a la mayoría de los mortales, además de jugosas prebendas, adquiere un sentimiento de clase que refuerza su pertenencia al clan.
         
Siempre habrá para ellos una fundación, un ayuntamiento, una consejería o cualquier organismo público en el que ponerse a salvo de la tormenta, un modesto acomodo para no quedar a la intemperie. Mientras tanto,  la inmensa mayoría de las víctimas de la crisis tuvieron que resignarse a buscar refugio en las listas del desempleo, en las magras ayudas sociales o incluso en los desvanes de los psiquiatras. Pero claro, ya se sabe que los múltiples desvelos de los políticos a favor del interés público merecían, cómo negárselo sin resultar ingratos, una compensación a la altura de las circunstancias.
         
Mientras disfrutaban de sueldos más propios de una serie de ciencia ficción y privilegios sin cuento, los sufridos ciudadanos de este país transitaban del estupor al cabreo cuando alguno de nuestros ilustres representantes, aquejado sin duda de una absoluta falta de perspectiva y empatía, se atrevía a quejarse de que, con emolumentos que rondaban los cuatro o cinco mil euros mensuales, no se podía vivir dignamente. Tanta ingratitud ante su lamento sólo podía obedecer al hecho palmario de que, cuando se vive tanto tiempo y de forma tan confortable como Alicia en el país de las maravillas, el resto del mundo te pilla muy lejos.
         
En cualquier caso, y a pesar de que nuestras estrecheces persisten por mucho que los de la cofradía insistan en que la crisis ya es un mal recuerdo, hay que alegrarse por la magnífica competencia de sus miembros. Mientras mucho españoles se resignan a malvivir con empleos precarios y sueldos miserables o a hacerlo incluso sin trabajo, los políticos de nuestro país cabalgan alegremente, de una dirección general a otra o recalan directamente en los consejos de administración de las más prósperas empresas, porque su destreza en el oficio, su capacitación profesional y su sentimiento de pertenencia al clan así se lo permiten.

Ángel Varela


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