Galicia ha resucitado una de sus sombras más profundas: el localismo. Es aludir a la palabra territorial, y nos convertimos en “lobeznos” que parecen llevar grabado en su ADN las líneas discontinuas de los mapas que nos separan del de al lado. El nuevo Gobierno ha abierto verdaderas cajas de trueno al “aventurarse” a cambiar algo que se apellide territorial, como las delegaciones provinciales. Lo paradójico de la polémica es que no se trata de quitar a nadie, sino de dar algo a los demás, por eso no se entiende el recelo de Pontevedra a que Vigo cuente con una delegación propia de la Xunta de Galicia. Aún más incomprensible es que el localismo exacerbado cale dentro del propio Partido Popular y se cree un frente pontevedrés contra la decisión del Gobierno gallego.
Feijóo, que defendió que, ni en el partido ni en la Xunta habría cuotas, se encuentra ahora diciendo digo donde dijo diego por la presión pontevedresa. En una Comunidad tranquila como la gallega, se puede llegar a matar por los lindes. Lo de uno no se toca. La Galicia global es de momento una utopía, un enunciado político imposible de llevar a la práctica. Y así, teorías como la de la fusión de concellos o la reforma de las diputaciones que algunos enarbolan en los discursos acaban en el cajón de las medidas imposibles. Las áreas metropolitanas llevan años aplazadas, mancomunar servicios crea más problemas de los que resuelve y concretar un plan de transporte metropolitano ha sido una verdadera odisea.
Con este panorama, o se alcanza un pacto unánime por el territorio con el apoyo de todas las fuerzas políticas o seguiremos arrastrando restos de instituciones que se solapan sólo por no pagar el precio político de su desaparición a "locolistas" y partidistas. La visión de país será imposible de aplicar a un nuevo modelo territorial si no se superan las miradas particulares.
Susana Evangelista