El Confidencial
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Susana Evangelista
Xosé M. Piñeiro
Archivo SMS

Una ciudad, una comarca

11-08-2009

 La simbiosis entre la ciudad histórica y su pequeña industria ha marcado siempre la configuración y el desarrollo de ambas. No sin grandes y prolongados esfuerzos, venciendo en cada ocasión dificultades, obstáculos e incluso, a veces, poderosas resistencias, logró la ciudad histórica y también la comarca el apoyo de la inversión privada y pública precisa para sucesivas ampliaciones y mejorar sus infraestructuras. Y como futuro de tales esfuerzos, tras cada crecimiento de su modesto tejido industrial, la ciudad histórica ha vivido periodos de fuerte expansión económica y urbanística.

Su industria, sus empresas, su actividad, su población, su plano avanzaban impulsados por el latido de sus iniciativas. Pero, lamentablemente, la historia de la vieja Falvium puede resumirse, en gran medida, siguiendo la muestra principal de lo que es ahora su infraestructura, de igual modo que está retrocediendo al ritmo señalado por su economía y la del conjunto de la comarca.

Afronta hoy la ciudad histórica y la comarca uno de esos momentos decisivos para su porvenir, en el que debe planificar y llevar a cabo nuevas iniciativas. Pero es un objetivo que se me antoja inviable con los planteamientos erráticos y convulsos que salen de las dependencias de la primera institución de la ciudad. Una ansiada transformación que terminará, de seguir con la misma política de ordeno, mando y fiestas gastronómicas, lejos de la posición que mantuvo hace décadas como centro neurálgico en el entramado empresarial comarcal. Y lo único que ofrece la política actual es frenar ese nuevo salto hacia el futuro.

La contribución del sector del comercio fue importante en el pasado, ya no lo es en el presente y con toda seguridad lo será mucho menos en el futuro inmediato. Al menos, mientras se “regale” la implantación de centros comerciales sin el más mínimo estudio de mercado, obligando al cierre del comercio tradicional y a la pérdida de empleo. Claro que nuestros eruditos en política local piensan, pero no para lo que fueron elegidos: dinamizar la actividad local y evitar la competencia desleal de las grandes compañías.

Este sector, el del comercio, fue precisamente el que inició el tránsito de personas y aportó actividades económicas, riqueza y empleo. Gracias a él han llegado ideas nuevas, cultura, recursos de toda índole o progreso técnico. En general, ha sido muy importante para la pequeña capital y para la comarca. Las relaciones ciudad-comercio abarcaban todos los factores económicos, técnicos, sociales, urbanísticos y culturales que terminaban en el progreso de la comarca.

Eran relaciones que circulaban en dos sentidos: el sector comercio captaba posibilidades de creación de actividades económicas y empleo; la pequeña ciudad y la comarca aportan recursos y espacios para la expansión.

A lo largo de su historia, la vieja Flavium se había convertido en el espacio y había tejido una infraestructura por donde obligatoriamente tenían que pasar los flujos del comercio y de la pequeña industria comarcal. Algunos, seguramente los que dirigen la pequeña ciudad, dicen que sin el comercio no se acaba todo. Pero esa insensatez de ignorante puede generar más incertidumbre de las que ahora tiene la ciudad y la comarca: convertirlas en un simple foco residual.

No se comprende como un problema tan serio para el crecimiento vegetativo de una comarca se utilice como arma política para los intereses propios (las grandes concesiones a grandes emporios foráneos, con su valor añadido) y no para los de la generalidad (fortalecer el comercio local y comarcal). O quizás, como dijo en su día Churchill, ni tienen bemoles para decir aquello de me cambio de partido para seguir pensando lo mismo.

Y ya ven. Luego pasa lo que pasa. En medio de discusiones inútiles político-mercantiles (las de ladrillo, claro) emergen los teóricos, en su versión posmoderna de aquellos personajes de los poemas de Gil de Biedma, con un único fin: formar la gran conjura. Una conjura fundamentada en una alianza con las grandes compañías que, con el apoyo político periférico, quieren controlar todo por encima del pueblo. Es el llamado poder que se esconde tras grandes palabras vacías. Pero lo que realmente persigue es frenar el futuro de una pequeña ciudad histórica y de una comarca.

Diego Martínez


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