El Confidencial
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José Manuel López García
Mosquera&Vicente
Sociedad

CULTURA | RELATO

Isadora

16-09-2020 15:39:03

ÁNGEL VARELA | Nadie logró averiguar jamás por qué el mar, todo el mar, cabía en su mirada. Si uno se asomaba a sus ojos en una tarde de invierno, podía comprobar sin dificultad que eran del color de las algas. A veces se perdía horas y horas en el bosque, caminando de un lado para otro, fundiéndose en la blancura de su silencio.

Sin embargo, lo que realmente le gustaba era el mar. Solía pasar días enteros en la playa, varada en la orilla como una gaviota con las alas empapadas de tristeza. Aparentaba unos treinta años de edad y, si alguien le preguntaba su procedencia, respondía con una sonrisa enigmática. Todo el mundo hablaba de ella en el pueblo.

La imaginación de los lugareños se desbordaba ante su presencia como un oleaje entre el que emergían historias de aparecidos y embrujos. En realidad, había opiniones para todos los gustos. Desde luego, quien más claro lo tenía era Alfonso el tabernero, un hombre corpulento que había faenado durante muchos años en los caladeros de Terranova:

-Os digo que esa mujer viene de Irlanda o de Escocia, que es la superviviente de un naufragio- explicaba noche tras noche a su atribulada clientela.

-¡Bueno! ¡Ya estás tú con tus fantasías!- le replicaba escéptico don Alfredo el ingeniero.

-A mí no me importa que nadie me crea. Yo digo lo que digo y punto- Alfonso, cuya tosquedad expresiva era directamente proporcional a su rudeza, zanjaba la conversación con rotundidad, sin miramientos. 

Ella había aparecido por primera vez en el pueblo hace dos años. Cuatro pescadores la habían encontrado una noche de diciembre cerca del espigón del muelle, aterida de frío, y murmurando palabras en un idioma que les había resultado incomprensible. Haciendo gala de su hospitalidad, los moradores del pueblo la habían acogido con agrado en sus hogares.

Isadora, que no entendía el idioma en el que le hablaban, agradecía sus gestos de atención con lágrimas en los ojos. Para compensar la ayuda que le brindaban en el pueblo de forma desinteresada, comenzó a echar una mano en las faenas domésticas y pesqueras. De ese modo, con sencillez, fue ganándose el afecto de todo el mundo.

-Es una buena mujer, un poco misteriosa, pero buena persona al fin y al cabo- afirmaba doña Leonor la farmacéutica, que siempre estaba muy enterada de lo que se contaba al cabo de la calle.

Una de sus aficiones favoritas era la de pasear horas y horas por la playa. A veces, cuando el buen tiempo lo permitía, se sentaba en la orilla y se quedaba mirando fijamente la línea del horizonte, como si esperase con impaciencia el regreso de algún ser querido. Su belleza, distante y enigmática, no había pasado desapercibida para los jóvenes del pueblo:

-¡Os juro por mis muertos que no me importaría lo más mínimo perderme con ella en alta mar!- exclamaba muy serio Serafín, el hijo del alcalde.

-A mí me da la impresión de que esa mujer tiene alma de delfín y corazón de pez- añadía Daniel el universitario.

A pesar de que con el paso del tiempo había logrado integrarse plenamente en la comunidad, nadie había logrado, sin embargo, arrancarle una sola palabra. A veces su mirada, lastrada por una indefinible sensación de pesar, lo decía todo.

-En el corazón de esa mujer late una gran tormenta. Su mirada desprende el mismo riesgo que un nudo corredizo- se decía a sí mismo Andrés, un joven licenciado en Matemáticas que se había enamorado perdidamente de ella.

Sus amigos, conscientes de esa debilidad, solían gastarle todo tipo de bromas. Algunas de las chanzas llegaban verdaderamente a irritarle, pero su temperamento pacífico le ayudaba a soportarlas con más resignación que furia. Él era el único que solía acompañarla en aquellos largos paseos por la playa.

Isadora se prestaba de buen grado, pero la comunicación entre ambos era inexistente. Jamás cruzaban una sola palabra. Andrés daba por sentado que no lograrían entenderse. Así que todo entre ellos se resolvía en un tímido cruce de miradas y sonrisas.

-Algún día lograré descifrar el misterio que tanto te aflige- se juraba para sus adentros mientras un enjambre de gaviotas amenazaba con desplomarse sobre ellos.

Aunque la mayoría de los lugareños acogían con agrado su presencia, no todos se mostraban tan satisfechos. Carmen, la madre de Alfonso el tabernero, solía referirse a ella con ese recelo que sólo proporciona el temor ante lo desconocido:

-A esa mujer muy pocos la han visto llorar.

-¡Pero mamá! ¡Qué cosas tienes!- terciaba Alfonso un poco molesto por aquellas observaciones. 

-¡Hazle caso a tu madre, que sabe más de la vida que tú!- añadía airada. -¡Esa mujer pertenece al páramo de la soledad, que es de donde ha venido!

-¡Lo que me faltaba! ¡Ya estás tú con tus historias de aparecidos y meigas!

Pasaron los días y los meses y todo transcurría con normalidad en el pueblo. Los hombres dedicados a la dura tarea de la pesca y las mujeres ocupándose de las labores domésticas.

Andrés siguió frecuentándola en la playa, paseando junto a ella, pero incapaz de franquear ese muro de incomunicación que se interponía entre ambos.

Nada parecía alterar las rutinas de los habitantes del pueblo hasta el día en que se produjo el incidente. Los diarios regionales le dedicaron incluso un amplio espacio en sus portadas.

Precisamente Andrés, uno de los más afectados por la desgracia, comentó varias horas después de lo ocurrido que aquello había sido inexplicable, algo sobrenatural.

Todo había comenzado un jueves de octubre a primera hora de la tarde. El mar se agitaba, poseído por una cólera infernal, hasta el mismo límite del horizonte. Las olas, de gran altura, lamían con furioso desdén la orilla de la playa.

En contra de lo que era costumbre en ella, esa tarde también se pudo ver paseando a Isadora por la arena, vagando de un lado a otro, ajena a la feroz tormenta que amenazaba con desatarse. Andrés la vio desde la ventana de su apartamento, ubicado en la primera línea de la playa, y bajó inmediatamente en su busca. Pretendía, sin duda, disuadirla para que aplazase un paseo que, en aquellas circunstancias, podía resultar peligroso para su integridad física. 

El caso es que Andrés no llegó a tiempo de ayudarla. Cuando ya corría sobre la arena húmeda y se encontraba a escasos metros de distancia de su objetivo, una inmensa cortina de agua y espuma se irguió ante ella, arrastrándola mar adentro en cuestión de segundos. De nada sirvieron los gritos de impotencia y las manifestaciones de nerviosismo de Andrés.

A pesar de la tormenta permaneció allí una hora, insensible y ajeno a todo, con la ropa empapada y pegada al cuerpo. Al cabo de ese tiempo regresó a su apartamento derrotado y exhausto. En el camino encontró a varios vecinos que, al verlo en su alocada carrera, se habían atrevido a acercarse hasta la playa.

Todo había resultado inútil. Aquel traicionero golpe de mar se la había llevado para siempre. Andrés tardó mucho tiempo en recuperarse de aquella tragedia. Como solía hacer cuando aún estaba viva, bajó en muchas ocasiones a la playa y se perdió por ella en largos paseos al atardecer. Si cerraba los ojos y dejaba volar su imaginación, aún creía verla a su lado.

-Ya nunca podré descifrar tu secreto- musitaba en ocasiones entre lágrimas. – Te lo has llevado contigo para siempre.

Los habitantes del pueblo también tardaron bastante tiempo en olvidar aquella desgracia. Sin embargo, el tiempo contribuyó a mitigar los efectos del incidente. Los hombres volvieron a ocuparse con la pesca y sus mujeres a desempeñar las labores domésticas.

Un año después del trágico suceso, una botella con un mensaje en su interior apareció flotando en las aguas del puerto de un pueblo cercano. Un viejo pescador la encontró a escasa distancia de su bote y no dudó en recogerla.

El mensaje, según informó poco tiempo después a las autoridades del lugar, estaba escrito a mano en varias cuartillas, con trazos enérgicos e irregulares, como si éste pretendiese transmitir una profunda sensación de angustia. Todos aquellos que tuvieron acceso a él, coincidieron en afirmar que, bajo ningún concepto, debería trascender su contenido a la opinión pública.

Para garantizar el secreto, las autoridades decidieron quemar el mensaje nada más leerlo. Aunque no se conserva copia alguna del mismo, el viejo pescador que encontró la botella logró, con ayuda de su prodigiosa memoria, reescribirlo casi íntegramente. Es su reproducción, cuya autenticidad no admite duda alguna, la que a continuación se divulga.

Me llamo Jeremy Balfour, soy marinero de primera del Trinity, buque de guerra perteneciente a la armada británica. Mis años de estancia en Barcelona me han permitido escribir estas líneas en español. Ruego a Dios y a quien encuentre estas cuartillas que adopte las medidas que considere oportunas, ya que es muy probable que, cuando las lea, yo ya esté muerto al igual que mis compañeros de tripulación.

Quizás mi testimonio provoque perplejidad en mi desconocido destinatario, pero yo tengo la obligación de referirle la verdad, pues sólo ella puede contribuir a salvar un gran número de vidas. Lamento no poder entrar en más detalles, pero no tengo más remedio que pasar a relatar los hechos tal y como nos tocó vivirlos a mí y a mis compañeros.

Todo comenzó tres días después de haber zarpado del puerto de Londres. A unas veinte millas de la costa avistamos un pequeño islote, desconocido incluso para los cartógrafos. Estábamos a punto de rebasarlo cuando un grito de auxilio alarmó a los marineros de guardia destacados en el puente. 

El capitán Isaac Fowler decidió arriar un bote con cinco hombres a bordo. Su misión consistía en aproximarse al islote e investigar la procedencia de esa llamada de socorro. Su sorpresa fue mayúscula. Nada más alcanzar la orilla encontraron a una mujer, de unos treinta años de edad, al límite de su resistencia. Se hallaba postrada en la arena y su aspecto era lamentable.

Sin embargo y, a pesar de su deterioro físico, a nadie de los que participaron en aquella operación de rescate les pasó desapercibida su hermosura. Regresaron con ella al Trinity y la dejaron en manos del oficial médico. Después de dos días de estricta observación sanitaria, la mujer comenzó a mostrar síntomas evidentes de recuperación.

Al tercer día se incorporó de su cama y entabló conversación con varios miembros de la tripulación. Pero no todos pudieron disfrutar de su amena charla. Aunque revelaba unas maneras corteses y elegantes, ella hablaba un inglés arcaico, de difícil comprensión, que sólo un reducido grupo de hombres entendía a medias.

En aquel momento, a nadie se le pasó por la imaginación que con ella a bordo se desataría la locura y el horror. Aquellos que lograron entenderla dijeron que se llamaba Isadora Parker y, al parecer, era hija de un miembro de la Cámara de los Lores, de un tal Chase Parker. Nadie de la tripulación admitió conocer a ese hombre público, ni tan siquiera los marineros con formación universitaria.

Sólo uno de ellos, muy aficionado al estudio de la historia antigua, señaló que un diputado conservador del siglo pasado tenía ese mismo nombre. Su revelación fue celebrada con risas por parte de los mandos del barco. De creer su afirmación, la mujer rescatada en el islote tendría algo más de cien años de edad.

De su testimonio o, al menos de lo que pudo entenderse, dedujimos que ella y su padre habían salido a pasear en una embarcación de recreo, alejándose de la costa más de lo que la prudencia aconsejaba. Interpelada sobre la suerte que había corrido su progenitor, se limitó a decir que, tras la colisión con las rocas, se había precipitado desde la cubierta al mar, perdiendo de vista a su padre y a la embarcación que éste pilotaba.

Aunque con las lógicas dificultades que entrañaba traducir su lengua arcaica, todos los mandos del buque dieron por buena su versión de los hechos. Se dio aviso a los guardacostas para que rastrearan a conciencia la zona. Sin embargo, todos los esfuerzos resultaron infructuosos. Ni el tal Chase Parker ni su embarcación aparecieron por ningún lado.

A bordo del Trinity todo transcurría con normalidad. La presencia de Isadora, hermosa y afable, complacía a la tripulación. Sin embargo, las cosas comenzaron a torcerse al sexto día de navegación. Ella rechazó la posibilidad de ser evacuada en helicóptero y exigió permanecer a bordo. Al mismo tiempo, varios miembros de la dotación empezaron a sentir náuseas y a sufrir vómitos y diarreas.

La situación se hizo insostenible a partir del octavo día. Los mandos se vieron obligados a decretar una cuarentena y a evitar los puertos en los que, inicialmente, teníamos previsto atracar. Sólo Isadora, alegre y confiada, parecía mostrarse inmune a los devastadores efectos de aquella epidemia.

El capitán Fowler y el resto de los mandos cayeron enfermos al décimo día. Para aumentar la desgracia, nuestro equipo de transmisión sufrió una avería y quedamos incomunicados en alta mar. El noventa y cinco por ciento de la tripulación del Trinity se encontró debilitada y exhausta a las dos semanas. Las fiebres provocaron la muerte de muchos de mis compañeros.

Tras quince días de navegación, con el Trinity a la deriva, y con el equipo sanitario desbordado por los fallecimientos que provocaba la epidemia, un espeso manto de niebla cayó sobre nosotros. Comenzamos a escuchar los lamentos una hora después. Eran lamentos muy similares a los que Isadora había proferido el día de su rescate.

La catástrofe se avecinaba. El buque se aproximaba a una peligrosa escollera y nadie a bordo estaba en condiciones de realizar una maniobra con garantías para evitarla. Entonces ocurrió algo increíble. La niebla empezó a desaparecer y los pocos que aún teníamos fuerzas para permanecer en cubierta las vimos allí en la orilla, atrayéndonos con la fuerza fatal de sus lamentos, empujándonos hacia ellas sin remisión.

Era un grupo de mujeres extremadamente bellas, como Isadora, que nos invitaban con ademanes de sus brazos a que nos acercásemos. A medida que nos aproximábamos a ellas, las fiebres aumentaban y debilitaban aún más a los que aguantábamos sobre la cubierta.

Aturdidos y confusos, sin saber en dónde nos encontrábamos, volvimos nuestros ojos hacia Isadora, que ya se disponía a arrojarse al agua para acudir a la llamada de sus compañeras.

Llegado este punto, sólo recuerdo que el choque del Trinity contra los escollos fue brutal. Al menos una docena de mujeres abordaron el buque sin dificultad alguna y se abalanzaron sobre mis compañeros exhaustos. A Terry Lennox, un muchacho de Liverpool, le arrancaron de cuajo el brazo izquierdo y comenzaron a devorarlo entre tres con verdadera fruición. La matanza fue espantosa.

Todos mis compañeros sucumbieron al ataque. Se encontraban demasiado debilitados por las fiebres y no lograron oponer resistencia alguna. Primero fueron a por los que estábamos en cubierta. Luego les tocó el turno a los que reposaban en sus camarotes.

Aterrorizado, logré recluirme en el mío para escribir apresuradamente estas cuartillas. En el momento de arrojar la botella al agua por el ojo de buey, escuché como dos o tres de esas mujeres intentaban forzar la puerta de mi camarote.

Yo, Jeremy Balfour, soy el último superviviente del Trinity. Espero que mi testimonio sirva al menos para advertir a los hombres sobre el horror extremo que acecha mar adentro. Que Dios me acoja en su seno. 


Miércoles, 9 de febrero de 1993, en algún lugar del averno





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