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José Manuel López García
Conchi Basilio
Mi rincón

Dinero

21-07-2026

Vivimos en una sociedad que, con demasiada frecuencia, confunde el valor de una persona con el valor de su patrimonio. El éxito suele medirse por el tamaño de una cuenta bancaria, la vivienda que posee, el coche que se conduce o el lugar donde se pasan las vacaciones. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para descubrir que existen realidades que ninguna fortuna, por inmensa que sea, puede adquirir. 

El dinero es necesario, negarlo sería tan injusto como ingenuo. Permite cubrir necesidades, acceder a una mejor atención sanitaria, ofrecer oportunidades a los hijos y afrontar el futuro con mayor tranquilidad. Nadie debería ser censurado por aspirar a una vida económicamente estable. El problema comienza cuando el dinero deja de ser un medio para convertirse en el único fin. 

Hay bienes que no cotizan en ninguna bolsa porque pertenecen al ámbito de lo humano. El dinero puede comprar una casa, pero jamás garantiza que entre sus paredes exista un verdadero hogar. Puede adquirir el colchón más confortable, pero no asegura un sueño sereno cuando la conciencia pesa más que el cansancio. Puede llenar una mesa de exquisiteces, pero no consigue que una familia vuelva a mirarse a los ojos si hace tiempo que dejó de hablarse con sinceridad. 

Tampoco puede comprar el afecto autentico, quien permanece al lado de otra persona únicamente por interés económico podrá representar un papel durante algún tiempo, pero difícilmente encontrará la paz que nace de una relación sincera. El cariño no se firma ante notario ni se deposita en una cuenta corriente, se construye con respeto, lealtad, generosidad y confianza, valores que no admiten precio porque no tienen sustituto. 

Vivimos rodeados de mensajes que identifican la felicidad con el consumo, parece que siempre hace falta un poco más, un salario más alto, una vivienda más grande, un teléfono más moderno o unas vacaciones más exclusivas. Sin embargo, la experiencia demuestra que la satisfacción material suele ser pasajera. Cada nuevo logro abre paso al siguiente deseo, mientras aquello que realmente alimenta el espíritu permanece en un segundo plano. 

Quizá por eso las personas que dejan una huella imborrable rara vez son recordadas por la cantidad de bienes que acumularon, se las recuerda por una palabra de aliento en el momento oportuno, por una mano tendida cuando todo parecía perdido, por su capacidad para escuchar sin juzgar o por haber hecho la vida un poco más amable a quienes las rodeaban. Esa riqueza no figura en ningún balance contable, pero es la única que continúa creciendo incluso cuando quien la sembró ya no está. 

Existe, además, una realidad ante la que todos somos iguales, la vida tiene un límite que nadie puede negociar. El paso del tiempo no distingue entre fortunas ni apellidos. Ningún patrimonio compra un día más cuando el reloj decide detenerse, esa certeza, lejos de inspirar temor, debería invitarnos a revisar nuestras prioridades. Si todos compartimos el mismo destino, quizá tenga más sentido invertir en aquello que, inevitablemente, acabará cambiando de dueño. 

Tal vez la verdadera riqueza consista en otra cosa, en conservar la honestidad cuando nadie nos observa. En mantener la palabra dada, en saber querer sin calcular el beneficio, en ofrecer tiempo a quienes amamos, porque ese es el regalo más valioso que podemos hacer y también el único que jamás recuperaremos. 

Al final, cuando el ruido de la vida se apaga, no son las posesiones las que hablan por nosotros, hablan nuestros actos, habla la bondad que fuimos capaces de ofrecer, la dignidad con la que vivimos y el recuerdo que dejamos en el corazón de quienes compartieron el camino. Porque el dinero puede abrir muchas puertas, pero jamás podrá comprar aquello que da verdadero sentido a la existencia, una conciencia tranquila, un amor sincero y una vida vivida con humanidad. 

La muerte es la única realidad que iguala a todos los seres humanos, ante ella no existen cuentas bancarias, títulos, apellidos ni privilegios. Solo queda el recuerdo que dejamos en quienes compartieron nuestra vida.

Conchi Basilio


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