Hay victorias que engrandecen a quien las consigue y derrotas que ennoblecen a quien las acepta. Pero también existen triunfos que dejan un sabor amargo y derrotas que terminan convirtiéndose en una lección de dignidad. Porque el verdadero valor de una competición no siempre se encuentra en el marcador, sino en la manera en que cada persona decide comportarse cuando la tensión, la emoción y la rivalidad alcanzan su punto más alto.
Vivimos en una sociedad donde el éxito parece justificar cualquier actitud. Se aplaude el resultado por encima de los valores y, con demasiada frecuencia se confunde el carácter con la arrogancia, la confianza con la soberbia y la competitividad con la falta de respeto. Sin embargo, el deporte nació para enseñar exactamente lo contrario, esfuerzo, sacrificio, compañerismo, disciplina y respeto hacia quien comparte el mismo sueño, aunque vista una camiseta diferente.
Ser competitivo nunca debería significar humillar al adversario. Aspirar a la victoria es legítimo, despreciar al contrario, jamás. La grandeza de un deportista no se mide únicamente por los títulos que levanta, sino por la huella humana que deja dentro y fuera del terreno de juego. Hay campeones que pasan a la historia por sus récords y otros que permanecen para siempre en la memoria colectiva por su humildad. Estos últimos son, sin duda, los que mejor representan el verdadero espíritu del deporte.
Cada gran competición reúne ante una pantalla a millones de personas, pero especialmente a millones de niños y adolescentes, ellos no solo contemplan goles, puntos o medallas, observan gestos, palabras, miradas y comportamientos. Aprenden mucho más de una mano tendida al rival que de una celebración desafiante. Descubren el auténtico significado del éxito cuando ven que quien gana sabe reconocer el mérito del vencido y que quien pierde mantiene intacta su dignidad.
Por eso resulta tan preocupante que, en ocasiones, el ejemplo quede relegado a un segundo plano. La sociedad necesita referentes que inspiren respeto, serenidad y educación, no modelos que alimenten la provocación o la confrontación. El deporte posee una capacidad extraordinaria para unir pueblos, culturas y generaciones. Sería una enorme contradicción convertir ese espacio de encuentro en un escaparate de gestos que dividen o alimentan el enfrentamiento.
Saber ganar es una virtud que requiere tanta educación como saber perder. La victoria puede despertar la euforia, pero nunca debería apagar la humildad. Del mismo modo, la derrota duele, pero no puede convertirse en una excusa para el desprecio o resentimiento. La autentica fortaleza consiste en aceptar el resultado con elegancia y seguir caminando con la cabeza alta, convencidos de que el respeto nunca resta competitividad, al contrario, la engrandece.
Quizá por eso las figuras deportivas que permanecen en el recuerdo no son únicamente aquellas que conquistaron más títulos, sino las que supieron comportarse con nobleza en los momentos de mayor presión. Son quienes comprendieron que el aplauso del publico puede durar unos minutos, mientras que el prestigio moral se construye durante toda una vida.
La educación no es una debilidad, tampoco lo es la cortesía. Muy al contrario, ambas representan la expresión más elevada de la fortaleza interior. Se necesita mucho más carácter para dominar el orgullo que para dejarse llevar por él, mucha más grandeza para reconocer el mérito del rival que para buscar excusas o alimentar enfrentamientos innecesarios.
Ojalá llegue el día en que los titulares hablen tanto de los gestos ejemplares como de los resultados deportivos, que vuelva el respeto a ocupar el lugar que nunca debió perder. Porque los trofeos terminan cubriéndose de polvo, las estadísticas acaban siendo superadas y los récords tarde o temprano, se rompen. Lo único que permanece intacto es la manera en que una persona decidió comportarse cuando todo el mundo la estaba observando.
Al final, los campeonatos coronan a un vencedor, pero la historia, mucho más exigente que cualquier competición, solo reserva un lugar de honor para quienes comprendieron que la educación, la humildad y el respeto son las victorias que nunca caducan. Porque cuando el último silbato ha sonado y el estadio queda en silencio, solo queda una verdad que ningún marcador puede discutir, el verdadero campeón es quien respeta.
Por ello, un Premio Princesa de Asturias no ensalza solo a un deportista excepcional, también distingue a un ser humano cuya conducta sirva de ejemplo para la sociedad. Y cuando el comportamiento público no está a la altura de esos valores, por muchos triunfos que lo acompañen, resulta inevitable preguntarse si el verdadero mérito del galardón ha sido plenamente honrado, teniendo en cuenta las ultimas actuaciones hacia su rival en los mundiales de futbol del año en curso. Tenemos un ejemplo perfecto de una actitud respetuosa, en uno de los mejores tenistas de la historia, como es Rafa Nadal.
Conchi Basilio