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José Manuel López García
Mi columna

Dos mundos

04-11-2023

Hace unos días, visionando en Youtube una entrevista a Javier Paredes (catedrático emérito de la universidad de Alcalá) éste narraba su encuentro con un paisano navarro; la situación descrita es el vivo retrato de la confrontación entre esos dos mundos que dan título a este artículo. El catedrático hizo un alarde de recursos retóricos y de oratoria, y al paisano le pareció que tanto despliegue dialéctico bien podría haberse resumido en algún refrán de los que, con pocas palabras, se encierra todo un mundo; así que le respondió con un “ay Javierico, que parece que Dios nos hubiera dado las palabras para ocultar el pensamiento”. 

Ese mundo de las zanjas, las bajantes, las acometidas y los troquelados (de los mastines, pasando en este último caso de las obras al mundo rural) tiene dignísimos representantes en las redes sociales. Véase el caso de Nazaret Martín, una chica extremeña de ese otro mundo, pero con sobrada capacidad para decir cosas sustanciales. Su “reino” es un campo acosado y exigido, siempre manteniéndose en el filo de la supervivencia o la definitiva desaparición. Pero su uso del castellano –que algunos, no sé por qué, le critican- demuestra hasta qué punto se puede hacer un honesto e imprescindible ejercicio de ajuste entre las palabras y sus correlatos tangibles o cuando menos visibles. Como dice algún experto en comunicación: “todas las palabras cuentan, siempre que cuenten algo”. Ella cumple a rajatabla con ese principio y lo hace recreando su mundo, describiendo un día a día que es permanente diálogo con la naturaleza y sus desafíos. Lo acompaña con imágenes, pero aun en formato podcast, lo hubiéramos podido recrear sin mayores problemas.  

Dice Elvira Roca (aquí, a partir del 3:42) que en España somos aristotélicos, ya que no nos gusta que nos “merodeen” demasiado con las palabras y somos de ir al grano. No sé hasta qué punto ello es así, aunque creo que el común de la gente comparte bastante esa actitud. La interpretación de Roca Barea –desde mi punto de vista magistral- del mundo luterano tiene mucho que ver con la absoluta disociación entre el discurso y la realidad. Y es que -siguiendo su tesis- lo primero está al servicio del ocultamiento de las verdaderas intenciones. A veces se trata -simplemente- de exagerar los males del enemigo para reivindicarse en el “somos mejores que ellos”. Así que ojo con la propaganda de guerra (con todas ellas). 

Esa disociación parece venirle como anillo al dedo a toda una legión de gerentes, directivos, asesores y consultores. Paradójicamente, dentro del mundo de la gerencia y la dirección se podrían hacer distingos, según nos cuenta la experta en negociación internacional Erin Meyer. El campo de intervención de Meyer está a medio camino entre la comunicación de negocios y la antropología comparada. Ha conocido muchos mundos y el nuestro, el occidental, parece no salir tan mal parado si se le compara con el oriental (India, China, Japón). En esos entornos culturales, el merodeo es la norma (lo denomina comunicación de “contexto alto”). Nadie habla claro, y los síes pueden ser incluso más raros que los noes (que literalmente no se conciben). 

Ese uso de la palabra como medio de supervivencia -en sus versiones más honestas y más deshonestas- tiene sus antecedentes históricos: el punto de inflexión que para muchos fue el inicio del siglo XIII, ayuda a ver todo esto con perspectiva. Una de las novedades que trajo aquel momento histórico fue la vuelta a la vida urbana. A partir de ese retorno, hicieron acto de presencia cierto tipo de “profesionales”, por aquel entonces denominados clérigos (no confundir con el término actual, asociado a presbíteros). Ese mundo –tan bien descrito en este libro- fue artífice de lo que todavía en los países de cultura anglosajona denominan “artes liberales” (en los estudios superiores, uno de los itinerarios es, precisamente, el Bachelor of Arts). 

Baltasar Gracián, uno de los autores españoles más conocidos y divulgados internacionalmente en el campo del “management” (si no el que más) fue –como bien es sabido- el autor de El arte de la prudencia escrita en 1647. Bien podría haberse escrito hoy en día, dada su atemporalidad. De su obra merece la pena ser destacados dos aforismos –consecutivos- que resumo a continuación por razones de espacio, y que expresan con especial agudeza la cuestión de fondo que abordo en este artículo: “Es mejor que el hombre prudente evite que le midan la profundidad de su sabiduría y méritos, si quiere que todos lo veneren…Que nadie le averigüe los límites de la capacidad, para huir del peligro del desengaño… Hay que prometer más y mucho. La mejor acción debe ser hacer un envite de gran cantidad… Es una gran treta ir adelantando el triunfo”. 

Gracián nadaba a favor de corriente, por así decirlo. En ese mundo de la Contrarreforma, había que volverse pragmáticos frente al desafío de aquellas élites amparadas en el protestantismo. Y esa pragmática pasaba por hacerse definitivamente mundanos. Así que el postureo de ciertas redes sociales (en su versión “de profesionales”, aunque valga para todas) era ya descrito y prescrito en el siglo XVI. Son muchos los profesionales y directivos que comparten y ejercen esas virtudes de la labia. Así que no hay nada mejor que verlos de cerca, observarlos en el día a día de la confrontación con los hechos, para calibrarlos en su verdadera valía. 

Un ensayista que conoce esos dos mundos –forman parte de su biografía- es Félix Ovejero. Sabe de lo que habla, y lo hace por contraste. En La razón en marcha (producido al alimón con Julio Valdeón) es concluyente al respecto: “En realidad sucede que las personas que nos dedicamos a quehaceres académicos disponemos de un mayor repertorio para las trampas, de más herramientas retóricas y recursos para seguir salvando nuestras opiniones”. Así de claro. Y es que, definitivamente, hay un mundo entero mediando entre la palabra bien medida y la palabrería.

Lucas Ricoy


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