Incluir escepticismo y ciencia en un mismo titular no deja de ser una mera redundancia. La ciencia no es “creyente” (aunque cierto tipo de seguidores de algunas teorías científicas lo parezcan). No puede evitar ser escéptica, sobre todo con aquellas teorías que pretenden explicar el “todo” de manera definitiva y concluyente.
Un divulgador (que también científico) que ha sabido poner ciertas cosas en su sitio -no siendo en absoluto “negacionista”, sino simplemente expositor de saludables matizaciones- es, sin duda, José Miguel Mulet. En su libro Ecologismo real, nos advierte contra las conclusiones precipitadas y las soluciones de vendedor de crecepelo. Sí, esas con vocación de arréglalo-todo -y sin que parezca que tienen costes ni perjuicios de ningún tipo-. Vale la pena, en este sentido, detenerse en algunas de las consideraciones más relevantes incluidas en su obra, como por ejemplo:
-Existe una variedad de factores que pueden estar afectando -de manera profunda e irreversible- a la dinámica climática, y por supuesto, sin obviar los de origen antropogénico. Entre ellos: la propiedad física del Sol, los cambios en la órbita de la Tierra por los cambios en su rotación, además de la actividad volcánica.
-Los períodos climáticos han sido una constante a lo largo de la historia; uno de ellos ha sido el denominado óptimo climático medieval, que duró hasta mediados del siglo XIV -según algunos expertos-; esa fase de la historia europea inusualmente benigna supuso un sustancial incremento de la producción agrícola; a todo ello siguió la denominada Pequeña Edad de Hielo, que se prolongó hasta mediados del siglo XIX.
-Las estimaciones de evolución en las temperaturas a partir de ese momento -y hasta nuestros días- hablan de una subida promedio de 1° grado -aproximadamente- con una cierta aceleración de ese incremento durante los últimos 50 años de unos 0,4-0,5° grados . Datos a tener muy en cuenta para “resituar cognitivamente” a aquellos que tienden a sobreestimar esa tendencia.
-Un asunto no abordado suficientemente es el análisis comparativo entre la denominada producción ecológica y la orientada a mercados masivos. Mulet hace una oportuna pregunta, sin medias tintas: ¿es lo etiquetado como ecológico más ecológico que lo supuestamente no ecológico? La respuesta es demoledora por el peso de los argumentos utilizados. De manera resumida, Mulet hace las siguientes consideraciones:
1.- La producción de productos ecológicos requiere de una muy superior extensión de suelo para producir la misma cantidad de salidas.
2.- En algunos productos como el aceite de oliva no hay demasiada diferencia entre la producción ecológica y la convencional, pero la comparativa empeora cuando hablamos de frutales, y es de números catastróficos en la producción cerealística.
3.- La importancia de esta última comparativa (producción cerealística) es especialmente relevante. Véase el caso del maíz, auspiciado durante mucho tiempo como producto base para la producción de biocombustible (aunque siga siendo, al mismo tiempo, un alimento fundamental en la dieta-base de muchos países).
4.- Cultivar masivamente un cereal requiere del uso de fertilizantes y pesticidas que tienen un elevado coste energético; podemos pensar en una alternativa ecológica suprimiéndolos, pero ello supondría reducir la producción a unos niveles tan exiguos que la condenarían a la irrelevancia.
5.- Además de todo ello, está el problema de cosechar y transportar: recordemos que los medios utilizados para hacerlo se mueven generalmente con gasoil; el fermentado y posterior destilación requiere de la obtención y mantenimiento de determinadas temperaturas y ello vuelve a requerir de electricidad o gasoil (y la primera de las fuentes citadas necesita con frecuencia para su generación del uso de combustibles fósiles).
6.- Todo ello es síntoma de falta de realismo y de no hacer las cuentas de los inputs -y sus costes- que es necesario “invertir” en cada uno de los pasos del proceso para obtener el producto deseado.
-Un asunto de fondo que subyace a estas consideraciones es cómo abordar el tema del balance entre lo que introducimos en el proceso y lo que obtenemos a partir de él. Es muy significativo al respecto que -hoy por hoy- cueste más energía obtener bioetanol que la que éste pueda generar.
Si hay un fenómeno en el que se podría obtener una sensible mejora de ese balance es, sin duda, el uso del automóvil. Es evidente que todo intento de racionalización (eficiente) de su uso choca con una obviedad contable: debilitaría su relevante posición en la generación del PIB de muchas economías desarrolladas. Recordemos que en el caso de España esta aportación es del 10%, aproximadamente. En cualquier caso, países como Suiza o Alemania han avanzado de manera sorprendente en esa racionalización, que ha pasado por convertir lo fijo en variable. ¿Cómo? Generando un sistema -con un notable grado de implantación territorial- mediante el cual se usa el automóvil solo y cuando es necesario. Por supuesto no se trata de automóviles en propiedad, sino de un eficiente sistema de uso por horas o días, posibilitando la suficiente disponibilidad “capilar” para facilitar el uso de proximidad.
Lo cierto es que muchas de las cuestiones vinculadas al binomio ecología/clima chocan -con no escasa frecuencia- con el problema de la ontología y epistemología que ya abordé en este artículo. En todos los fenómenos complejos -y estos dos sin duda lo son-, con dinámicas multivariantes en las que diversas causas/factores/tendencias interactúan de manera constante y multidireccional, desagregar uno de ellos para determinar, con un mínimo de rigor, su influencia se hace “cuasi” misión imposible. Además de ello, está el problema de captar los cambios con la amplitud de miras que permite el ojo humano (muchos hay que comprimirlos con la ayuda de logaritmos para poderlos ver, literalmente, a escala de mirada humana). Estas apreciaciones las defienden científicos “radicales” (que no extremistas) como Alfonso Tarancón y Javier del Valle en su Premoniciones, un libro cuya lectura se convierte en un auténtico reto para todo tipo de “creyentes”.
Y es que cualquier pretensión de ejercicio de la ciencia ha de asumir, necesariamente, la correspondiente dosis de incertidumbre.
Lucas Ricoy