Si hay alguna teoría (aunque algunos críticos de la posmodernidad se niegan a concederle tal estatus y la califican más bien como enfoque o perspectiva) capaz de poner encima de la mesa las contradicciones y paradojas de la vida contemporánea, sin duda alguna son las críticas planteadas -con algunos denominadores comunes, aunque también con no pocas divergencias- por los filósofos posmodernos, con la “french theory” como punta de lanza de este movimiento.
La idea de la realidad -como un todo coherente y cognoscible- ha sido uno de los blancos objeto de las críticas de los posmodernos. En el fondo, el debate filosófico -y aquí introduzco una apreciación particular- ha girado en torno a la vieja disyuntiva entre ontología y epistemología (en definitiva: cuál es la verdadera naturaleza de las cosas y cómo nos las apañamos los seres humanos para acceder a ella). Un campo -etiquetado como ciencia natural- donde esta polémica ha cobrado especial relevancia ha sido el de la astronomía -por lo significativo que resulta teniendo en cuenta lo poco que se sabe, frente a lo mucho que se ignora, del espacio exterior que circunvala a los cuerpos celestes, y también del propio entramado que estos últimos configuran entre sí-.
En este sentido, autores que han teorizado desde enfoques constructivistas como Friedrich V. Kratochwil han descrito de forma ingeniosa cómo la “realidad” del sistema solar ha ido evolucionando a medida que la Unión Astronómica Internacional recalificaba el conjunto de relaciones y la categorización de los elementos que componen ese sistema, sembrando la duda de si han sido las palabras/etiquetas las artífices de tal reconfiguración o lo han sido, por el contrario, nuevos aspectos de la realidad intrínseca que han emergido a nuestro conocimiento gracias a las investigaciones de los científicos. Por ejemplo, -y siguiendo al citado Kratochwill- a día de hoy, la categoría “planetas” abarca cuerpos celestes como Venus (además de la Tierra, “no celeste” por ser nuestro propio cuerpo), junto a algunos cometas que giran en torno a ellos. La duda surge con las reconceptualizaciones de la UAI, para la cual los cometas ya no son planetas sino asteroides (y ahí se quedan). En cuanto a las lunas, la nuestra “conserva la categoría” de asteroide, pero Caronte -la luna de Plutón- ha pasado a ser planeta y Plutón ha perdido tal estatus. La razón estriba en el centro de gravedad, que la Tierra conserva frente a la Luna, pero ya no así en el caso de Plutón y Caronte (lo de la materia oscura, como suele decirse, queda para otro día).
Otra de las dianas objeto de las críticas de la posmodernidad hacia la modernidad (expresadas en un tono rayano en la burla) ha sido la aspiración ilustrada hacia la realización individual mediante el uso autónomo de la razón. Este asunto -como tantos otros- resulta de una fascinante y fructífera complejidad (complejidad, por cierto, que ya abordé en este otro artículo). La duda que aparece, como en tantas otras ocasiones, es por dónde meterle mano. Hagamos un intento, y utilicemos para ello un argumento esgrimido por los posmodernos: las personas no pueden escapar de la red de influencias sociales que las envuelven. Es decir: la idea de la “soberanía individual” es una mera suposición apoyada en una especial concepción de la libertad, presidida por el apriorismo de que todo el mundo está en disposición de liberarse, no solo de sus condicionantes socioeconómicos, sino también de todo aquello que podemos incluir dentro del concepto de “lo implícito”.
En este otro artículo, publicado en Galiciadiario.com, describía el modelo de los impulsores de la personalidad. Es un esquema que bien podría ser encajado en los presupuestos teóricos desde los que los posmodernos hacen esta crítica a la libertad ilustrada -desde la perspectiva, recordemos, de la influencia de lo implícito en nuestras vidas-. Hagamos un alto y pongámonos “serios”: sería muy interesante preguntarle a los terapeutas -y a las (crecientes) legiones de pacientes que acuden a sus consultas- con objeto de indagar sobre cómo se las arreglan para manejarlo. Un factor vinculado a los impulsores, que explica en gran medida esa tendencia a proceder siguiendo unas pautas en las que apenas reparamos o nos reconocemos, es la memoria implícita, la cual hace emerger periódicamente tics, reacciones y hasta obsesiones “marca de la casa”. Lo curioso de esta paradoja de la autorrealización es que, mientras que la modernidad ilustrada parece escudarse en un mero idealismo, la posmodernidad aspira a bajar las cosas a una especie de “sanchopanzismo” del sentido común, forjado en la mera experimentación de la realidad. Es decir: en lo observado y experimentado en nuestras propias vidas.
Precisamente, lo que he observado en mi ejercicio profesional han sido los profundos conflictos que la paradoja de la (supuesta) elección libre genera en chicos recién salidos de sus estudios universitarios y que se encuentran en el filo de tomar decisiones vocacionales y profesionales de innegable transcendencia para sus vidas. Algunos de ellos me han planteado el profundo desasosiego que les provoca la enorme variedad de opciones que se les plantean y lo abrumador que resulta el tener que manejarlas para tomar una decisión ponderada, y en un contexto de mínima claridad mental. Desde la crítica posmoderna todo ello respondería a un nuevo síndrome propio de los tiempos (modernos), que obliga a elegir, pero no proporciona fundamentos o criterios -y valores de fondo- para decidir qué es lo mejor. Al final, lo que se evidencia es un sujeto realmente descentrado, al vaivén de “lo-último-que-se-lleva” y en plena contradicción con la formulación de la modernidad, que siempre está presuponiendo un sujeto racional y centrado.
Quizás a través de la contradicción permanente entre lo postulado y lo realmente existente podamos encontrar vías saludables para que esa razón tan reclamada pueda encontrar asiento.
Lucas Ricoy