La soledad no deseada suele representarse como un escenario crepuscular, personas mayores en pisos silenciosos, bancos vacíos en los parques, televisores encendidos para combatir la ausencia. Sin embargo, existe otra soledad más difícil de detectar y quizá más perturbadora, la que se instala en plena juventud, en medio de grupos numerosos, de conversaciones constantes, de teléfonos que vibran sin descanso. Una soledad que no nace de la falta de gente, sino de la ausencia de vínculo verdadero.
Porque se puede estar rodeada y, aun así, sentirse radicalmente solo. Se puede compartir cafés, fiestas, trabajos, reuniones familiares y regresar a casa con la sensación de no haber sido realmente visto por nadie. La soledad no deseada no siempre es un vacío externo, muchas veces es una habitación interior que nadie más parece saber abrir.
En la juventud, este tipo de aislamiento resulta especialmente desconcertante. Existe una experiencia casi obligatoria de plenitud, amistades intensas, romances, proyectos compartidos, risas visibles, fotografías que certifican que la vida ocurre. Reconocer que una persona se siente sola en ese contexto parece casi una traición al guion colectivo. Y así, al dolor original se suma otro más corrosivo, la culpa de sentirse así, la sospecha de que el problema está dentro y no en la forma en que nos relacionamos.
La desconexión suele manifestarse de manera sutil. Conversaciones que nunca descienden a lo esencial. Bromas que sustituyen a las confesiones. Encuentros en los que se habla mucho y se escucha poco. Vidas que discurren en paralelo sin atreverse a rozarse en lo frágil. La soledad aparece cuando no hay espacio para decir “esto me asusta”, “esto me duele”, “esto no lo entiendo”, sin temor a incomodar o a romper la armonía superficial del grupo.
Las redes sociales han añadido una capa nueva a este fenómeno. La exposición constante a vidas aparentemente perfectas, cuerpos felices, viajes continuos, parejas estables, celebraciones inagotables, puede convertir la propia tristeza en una anomalía privada. Mientras los demás parecen avanzar con una naturalidad impecable, quien se siente solo se pregunta en silencio qué error ha cometido para no encajar del todo. La comparación perpetua no sólo aísla, fabrica una narrativa cruel en la que la vulnerabilidad se vive como fracaso.
Pero hay un elemento del que se habla menos, muchas veces, las personas que rodean a quien sufre esta soledad no son crueles ni indiferentes de manera consciente. Simplemente están cómodas. Cómodas en una vida que funciona, en relaciones que no exigen demasiadas preguntas, en dinámicas donde todo está más o menos dado, resuelto, servido. La comodidad tiene un efecto anestésico, reduce la curiosidad por el mundo interior del otro, rebaja la urgencia de mirar más allá de la superficie, aplaza indefinidamente la pregunta incómoda que podría abrir una grieta en la rutina.
Esta sociedad invisible también habita en quienes sostienen a los demás. Personas que escuchan, aconsejan, acompañan, se muestran siempre disponibles. Convertidas en refugio ajeno, rara vez se permiten ser refugio propio. La reciprocidad emocional se rompe, dan mucho más de lo que reciben. Y esa asimetría, prolongada en el tiempo, termina convirtiéndose en una forma de aislamiento profundo.
Lo más inquietante es que, en muchos casos, las personas más próximas no interpretan esa entrega como un gesto extraordinario, sino como una obligación tácita, como parte del carácter de quien siempre está ahí. Se naturaliza su disponibilidad, se da por descontada su fortaleza, se convierte su capacidad de cuidar en una especie de ley no escrita. Nadie se pregunta quién los sostiene a ellos. Nadie se detiene a pensar que esa generosidad constante puede esconder cansancio, desgaste, necesidad de ser escuchados alguna vez.
Mientras tanto, quienes se benefician de esa presencia siguen inmersos en su vida cómoda, en su equilibrio ya construido, en sus problemas resueltos o al menos atendidos. No es maldad abierta, es inercia. Es la tranquilidad de saber que alguien estará al otro lado sin necesidad de pedirlo. Y esa certeza, paradójicamente, vuelve invisibles a quienes siempre responden.
Así, la soledad no nace sólo del silencio propio, sino también de la despreocupación ajena. De un entorno que se acostumbra a recibir sin mirar demasiado a quien da. De relaciones en las que el cuidado fluye en una sola dirección y nadie parece notar que ese cauce empieza a secarse por dentro.
Lo más inquietante es que esa soledad no suele manifestarse con dramatismo. A menudo se disfraza de hiperactividad, de agendas llenas, de humor constante, de presencia continua en cualquier plan. Pero al caer la noche aparecen las preguntas que nadie más escucha, ¿alguien lo notaría de verdad?, ¿a quién podría contarle lo que no cuento nunca? Comprender esta experiencia es un primer gesto de resistencia. La soledad no deseada no es un defecto personal, sino una señal de alarma, indica que falta conexión auténtica, que sobran vínculos funcionales y escasean los verdaderos encuentros. No se combate acumulando más gente alrededor, sino creando espacios donde sea posible mostrarse sin decorados.
A veces el primer puente se construye con algo mínimo, una confesión torpe, una frase que rompe el guion habitual, una pregunta hecha con honestidad. No siempre se recibe como una espera, pero cada intento abre una fisura en el muro del aislamiento.
No hace falta demostrar nada cuando una persona lo está dando todo. La entrega constante no necesita aplausos, sino reciprocidad. Lo que hace falta es humanidad, mirar de frente, sostener, compartir el peso cotidiano y no acomodarse en la tranquilidad de recibir sin preguntar. Porque ninguna vida debería sostenerse sola mientras los demás descansan en la comodidad de que alguien más cargue con todo.
Conchi Basilio