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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

El delirio del poder

16-04-2026

Hay una línea invisible que separa el liderazgo de la desmesura. No siempre es fácil de ver, pero cuando se cruza, las consecuencias dejan de ser simbólicas para volverse reales, profundas y, en ocasiones, irreversibles. 

En los últimos tiempos, asistimos a una forma de ejercer el poder que inquieta no solo por sus decisiones, sino por la actitud que las envuelve. No se trata únicamente de gobernar, sino de imponerse, no se trata de dirigir, sino de dominar. Y en ese cambio de matiz, aparentemente sutil, se esconde un riesgo que la historia ya ha demostrado demasiadas veces. 

Cuando un dirigente comienza a proyectarse como alguien incuestionable, como si estuviera en posesión de la verdad absoluta, algo deja de encajar. No es normal, no lo es porque el poder, en esencia, debería estar limitado, vigilado y sometido a normas. Nadie está por encima de las leyes, ni de las consecuencias de sus actos. 

Sin embargo, vivimos una época en la que la imagen ha adquirido un peso desproporcionado. Se construyen relatos grandilocuentes, se alimentan figuras casi míticas, y en ocasiones se roza lo simbólico de una manera que desconcierta. La tecnología, lejos de moderar, amplifica. Y lo que antes habría quedado en un gesto aislado, hoy se convierte en una representación que da la vuelta al mundo en cuestión de minutos. 

Pero el problema no es la imagen en sí, es lo que puede haber detrás. 

Porque cuando el poder se ejerce desde una lógica personalista, donde la voluntad de uno se impone sobre el equilibrio colectivo, el mundo entero puede verse afectado. Decisiones que deberían pasar por el filtro de la prudencia, del derecho internacional y del respeto a la vida humana, acaban dependiendo de impulsos, intereses o estrategias que no siempre tienen en cuenta el coste real. Y ese coste no es abstracto. 

Se mide en vidas, en conflictos, en inestabilidad, se mide en familias rotas, en economías que tiemblan, en tensiones que se expanden mucho más allá del lugar donde se originan. Lugares estratégicos, como el estrecho de Ormuz, no solo son puntos en un mapa, son arterias del equilibrio global. Alterarlos sin una base sólida, sin consenso, sin una necesidad justificada, no es una demostración de fuerza, es una temeridad que tiene consecuencias muy graves. 

El problema surge cuando la ambición deja de tener límites, cuando el deseo de poder, de reconocimiento o incluso de transcendencia personal pesa más que la responsabilidad inherente al cargo. 

Entonces, el liderazgo se transforma en algo peligroso, en una voluntad que no acepta freno, en una visión que no admite matices, en una acción que no mide consecuencias. Y eso, sencillamente, no es normal. 

No lo es porque gobernar no consiste en demostrar quién manda, sino en proteger, equilibrar y prever. No lo es porque el poder no es un escenario para alimentar egos, sino una responsabilidad que exige contención, y no lo es porque ninguna aspiración, ni política, ni económica, ni personal, puede justificarse si se construye sobre el sufrimiento de otros. 

Quizá lo más preocupante no es que existan este tipo de comportamientos, sino la facilidad con la que a veces se normalizan, se justifican o incluso se celebran. Como si el exceso fuera sinónimo de fortaleza, como si la falta de límites fuera una virtud. Pero no lo es. 

La verdadera fortaleza está en saber hasta dónde no se debe llegar. En entender que el poder, sin control, deja de ser liderazgo para convertirse en riesgo. Y en recordar que, cuando las decisiones de unos pocos afectan a la vida de tantos, la prudencia no es una opción, es una obligación. 

Porque cuando alguien empieza a creerse por encima de todo, lo que está en juego ya no es su imagen, ni su legado, es el equilibrio mundial.

Conchi Basilio


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