Hablar de violencia de género y acoso sexual es difícil, no porque falten opiniones, sino porque el tema exige rigor, contexto y sensibilidad. La realidad demuestra que no estamos ante un fenómeno anecdótico ni limitado a conflictos individuales, es un patrón estructural que afecta de manera desproporcionada a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, el debate público muchas veces se reduce a extremos, algunos lo banalizan o lo niegan, mientras que otros simplifican todo comportamiento incómodo como delito. La verdad, como siempre, está en el matiz.
La violencia de género no suele empezar con un acto violento visible, sino con pequeños gestos que aparecen inocuos, comentarios despectivos, bromas humillantes, control disfrazado de preocupación, insinuaciones repetidas que ignoran la negativa de la mujer. Son detalles que, con frecuencia, se normalizan socialmente y se minimizan como simples “cosas sin importancia”. Sin embargo, acumulados y sostenidos en el tiempo, pueden degenerar en relaciones profundamente desequilibradas, donde la víctima termina anulada emocionalmente, aislada y con miedo a denunciar. Muchas mujeres no lo hacen, no por falta de valentía, sino por el entorno, familia, amigos o instituciones, a veces no se cree, banaliza o se desestima su sufrimiento.
La estadística lo confirma. Según el Observatorio de Violencia Domestica y de Género, en España en 2024 más de 60 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, mientras que los hombres asesinados por mujeres en este contexto son cifras anecdóticas. No se trata de comparar tragedias, sino de subrayar que la violencia contra la mujer es sistemática y estructural, con consecuencias mortales y cotidianas que afectan a miles de mujeres cada año. Además, la violencia de género no se limita al homicidio, incluye agresiones físicas, sexuales, psicológicas y económicas, generando control, miedo y pérdida de autonomía.
Al mismo tiempo, conviene introducir matices legales y sociales. No todo comportamiento incómodo o molesto es acoso sexual. Un piropo ocasional y respetuoso no constituye delito. La clave está en el contexto, la reiteración, la relación de poder y la percepción de la víctima. Insistir de manera repetida, ignorar un “no”, presionar o incomodar a otra persona sí es acoso, aunque no exista contacto físico. La ley busca proteger la libertad y dignidad de la víctima sin criminalizar la interacción social cotidiana, y la justicia debe operar siempre con presunción de inocencia y pruebas claras.
También existen casos minoritarios de denuncias falsas, y es legitimo reconocerlo. Negarlo por completo no protege a las víctimas reales, al contrario, debilita su credibilidad y alimenta el escepticismo social. La defensa de los derechos de la mujer no es incomparable con garantías legales, y el equilibrio entre protección y proporcionalidad es fundamental para que la ley funcione correctamente.
Este contexto explica por qué la violencia de género se ha convertido en una prioridad legal y social. No es una moda ni un exceso ideológico, es la consecuencia de siglos de desigualdad, donde los hombres ejercieron poder, control e intimidación sobre las mujeres, normalizando abusos y silenciando víctimas. La sensibilidad y las medidas actuales buscan revertir siglos de opresión histórica, crear conciencia social y proteger efectivamente a quienes sufren violencia.
Pero la protección no depende solo de la ley. La sociedad tiene un papel fundamental, escuchar, creer, acompañar y educar. La banalización o el escepticismo, incluso de buena fe, dejan a las víctimas sin respaldo y perpetúan el patrón de abuso. La violencia de género comienza con pequeños gestos, y solo un compromiso colectivo puede impedir que escale hasta la anulación emocional o la tragedia física.
Por último, es imprescindible recordar que combatir la violencia de género requiere matices y honestidad intelectual. Proteger a las mujeres, reconocer la magnitud del problema y sancionar al agresor no contradice el respeto a la presunción de inocencia ni a los derechos de los hombres. Lo que sí es dañino es la polarización, la banalización o el uso del tema como arma ideológica. La sociedad necesita análisis claros, educación, responsabilidad y empatía, no titulares sensacionalistas, ni simplificaciones que oscurecen los hechos, tampoco el aplauso, después de un minuto de silencio por la muerte de una víctima, ¿qué es lo que aplauden?, es una actitud que, bajo mi concepto, no viene al caso, acaban de matar a una mujer.
La violencia de género existe, y sus consecuencias son graves y visibles. La prevención empieza por los pequeños gestos, por la educación y por el respeto, y solo un enfoque equilibrado y consciente puede garantizar que ninguna mujer quede desprotegida, silenciada o anulada por miedo. La memoria histórica y los datos actuales nos obligan a reconocerlo, no se trata de opiniones, sino de hechos que requieren atención, acción y compromiso colectivo.
La violencia de género no termina en la mujer, cuando alcanza a los hijos, se convierte en una responsabilidad colectiva ineludible. Algo que, en los últimos tiempos, parece que se ha convertido en una nueva arma para los agresores, con el único fin de acabar con la mujer en vida, porque una madre no se recupera jamás de la pérdida de un hijo.
Conchi Basilio