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Cartas al Director
Mi rincón

No pedimos milagros...

04-01-2026

En este momento, mientras alguien lee estas líneas, hay un niño que no duerme por el estruendo de una bomba, una madre que reza en silencio por un hijo que no vuelve, un anciano que mira la televisión sin entender en qué instante el mundo perdió la vergüenza de odiar. Todo ocurre ahora, no es pasado ni metáfora, es presente. 

Por eso hoy no escribo desde la razón fría ni desde el análisis político. Hoy escribo como se escribían antes las cosas importantes, desde el corazón. Y lo hago en forma de carta, dirigida no a los Reyes Magos de nuestra infancia, sino a los reyes magos del mundo actual, esos que no viajan en camellos ni traen oro, incienso y mirra, sino decisiones, palabras y silencios que pesan toneladas. 

Queridos Reyes Magos del poder, de la influencia, de los despachos blindados y las fronteras cerradas, este año no pedimos regalos, pedimos humanidad. 

Pedimos que, por primera vez, se piense menos en vencer y más en convivir. Menos en imponerse y más en comprender, menos en señalar al distinto y más en reconocerlo como igual. Pedimos que se escuche el llanto antes que el ruido de las armas, que se atienda al miedo antes que al orgullo. 

El mundo está cansado, cansado de guerras que se justifican con palabras grandilocuentes y dejan únicamente ruinas y cicatrices. Cansados de discursos que hablaban de patria mientras olvidan a las personas. Cansados de ver cómo el “qué dirán”, el interés económico o la sed de poder pesan más que la vida humana. 

Pedimos menos agresiones, verbales y físicas, menos odio disfrazado de opinión. Menos desprecio hacia quien piensa , ama, cree o vive de otra manera. Pedimos respeto, ese respeto sencillo que no humilla, que no excluye, que no necesita gritar para imponerse. 

Pedimos comprensión, la auténtica, la que intenta ponerse en el lugar del otro sin prejuicios ni etiquetas. Comprensión hacia los pueblos heridos, hacia quienes huyen, hacia quienes han perdido todo menos la dignidad. Compresión también dentro de nuestras propias sociedades, donde cada día se levantan muros invisibles entre vecinos, familias y generaciones. 

Pedimos paz, no la paz de los titulares ni la de los acuerdos firmados con prisas, sino la paz profunda que nace cuando se decide no hacer daño, cuando se renuncia a la venganza, cuando se entiende que ninguna causa justifica la destrucción del ser humano. Y pedimos, sobre todo, que se vuelva a pensar con el corazón. Que el corazón no sea visto como debilidad, sino como brújula. Porque cuando se gobierna sin corazón, se legisla sin alma y se decide sin conciencia. 

Esta carta no es ingenua, es urgente. No nace de la fantasía, sino del dolor acumulado de demasiadas personas que ya no saben a quién pedirle un poco de luz. Quizá los Reyes Magos de hoy no existan como tales, pero existen quienes tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el rumbo, aunque sea un poco. 

Porque al final, cuando se apaguen los focos del poder y el ruido de las guerras, no queda el dinero acumulado ni los territorios conquistados. No queda el nombre grabado en una placa ni la victoria proclamada a gritos. Queda únicamente lo que hicimos con los demás. El daño causado o el alivio ofrecido. La vida salvada o la indiferencia elegida. 

A quienes hoy tienen el mundo en sus manos, les recordamos algo tan simple como olvidado, somos finitos. Ninguna fortuna compra el tiempo. Ninguna arma detiene la muerte. Ninguna ideología justifica una infancia rota. Solo tenemos una vida, una, y no merece la pena gastarla sembrando miedo, odio y destrucción. 

Todavía estamos a tiempo, siempre lo estamos mientras alguien sea capaz de detenerse, mirar al otro y reconocerlo como igual. Pensar con el corazón no es una debilidad, es el último acto de inteligencia que nos queda como especie. 

Que esta carta no se pierda en el ruido. Que llegue a quienes deciden, pero también a quienes callan. Que nos obligue a todos, sin excepción, a preguntarnos qué mundo estamos construyendo y qué huella queremos dejar cuando ya no estemos. 

Porque nada se gana destruyendo al otro. Y, sin embargo, todo se puede salvar si elegimos, de una vez, la paz. 

Si algo puede salvarnos aún es recordar que, antes que banderas, ideologías o fronteras, somos personas. Frágiles, finitas, necesitadas unas de otras. 

Eso es todo lo que pedimos. No es poco, pero tampoco es imposible.

Conchi Basilio


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