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José Manuel López García
Mi rincón

La herida invisible del rumor

12-01-2026

Las calumnias no siempre nacen del error. A veces nacen del miedo, de la frustración o de verse acorralado. Cuando algunas personas sienten que pierden el control, que la verdad no les favorece o que ya no pueden sostener su relato, recurren a una de las formas más rastreras y viles de ataques, desacreditar al otro como persona, haciéndole creer a los demás que “no está bien de la cabeza”. 

Es un mecanismo antiguo y cruel. No se discuten los hechos, no se refutan las palabras ni se cuestionan los argumentos. Se opta por algo más fácil y más dañino, sembrar la duda sobre la salud mental de alguien. Y esa duda, una vez lanzada, se expande con rapidez, especialmente en entornos pequeños, donde el rumor encuentra terreno fértil. 

Una calumnia funciona como una bola que empieza siendo pequeña, casi insignificante, pero que va creciendo a medida que rueda. Cada persona que la repite sin contrastar la empuja un poco más. Cada “dicen que…” añade peso. Y cuando finalmente alcanza todos los rincones, el daño ya está hecho, aunque todo sea mentira. 

No solo es responsable quien inventa la calumnia. También lo es quien la propaga, quien la acepta sin pruebas, quien la repite sin preguntarse si es cierta o justa. Difamar no es mentir, es colaborar activamente en la destrucción de la dignidad ajena. 

Resulta especialmente grave cuando se confunden, o se fingen confundir, situaciones humanas normales con trastornos graves. ¿Quién no ha pasado alguna vez por una etapa de tristeza, de cansancio emocional, de desánimo o incluso de una pequeña depresión? Forman parte de la condición humana, nadie está libre de atravesar momentos difíciles, de flaquear o de necesitar parar y recomponerse. 

Pero estar “mal de la cabeza” no es eso. Implica un trastorno serio, una enfermedad real, un diagnostico clínico que solo pueden establecer profesionales cualificados. Equiparar cualquier dificultad emocional, cualquier rasgo de sensibilidad o cualquier actitud incómoda como una supuesta locura no es solo falso, es profundamente irresponsable. 

Levantar una calumnia de ese calibre no es un juego. No es una opinión inocente. Es una acusación muy grave que puede marcar de por vida, aislar a una persona y dejar cicatrices que no siempre se ven, pero que permanecen. Por eso no puede hacerse a la ligera, ni desde el rumor, ni desde la mala fe. 

La salud mental merece respeto. Utilizarla como arma arrojadiza para atacar a quien incomoda o para desviar la atención de los propios errores es una forma de violencia silenciosa, con el único fin de hacer daño. Y cuando una sociedad tolera ese tipo de prácticas, algo se rompe a nivel colectivo. 

Nadie es juez para dictar sentencias sin pruebas. Nadie tiene derecho a atribuir enfermedades, desequilibrios o incapacidades sin hechos contrastados. El derecho al honor y a la buena imagen no es un concepto abstracto, es una protección esencial frente a la mentira y el abuso. 

Quizá convendría detenerse antes de hablar. Pensar antes de repetir, ser más consciente del poder de las palabras y del daño que pueden causar cuando se usan sin responsabilidad. Porque una calumnia no solo define a quien la sufre, retrata, sobre todo, a quien la lanza y a quienes deciden propagarla. 

La verdad no necesita demostraciones. Pero la conciencia sí necesita despertarse. 

Tal vez no se pueda detener la primera mentira que alguien decide lanzar. Pero sí se puede decidir no recogerla, no repetirla, no convertirla en verdad falsa por pura comodidad o cobardía. Cada palabra que se pronuncia tiene un peso, y cada silencio responsable también. 

Antes de señalar, convendría preguntarse qué pasaría si el nombre arrastrado por el rumor fuera el propio, o el de alguien a quien se ama. Porque la dignidad humana no se defiende con grandes gestos, sino con pequeños actos de conciencia, contrastar, pensar, callar cuando no se sabe. 

Una sociedad se mide por cómo trata a quienes son vulnerados sin pruebas. Y cuando la calumnia se normaliza, no solo pierde quien sufre, perdemos todos un poco de humanidad. 

Elegir la verdad, incluso cuando es incómoda, sigue siendo el acto más valiente. 

Quien es capaz de llevar su vida con autonomía, responsabilidad y coherencia no está “mal de la cabeza”. La salud se ve en los actos cotidianos, en la capacidad de sostenerse, de crear, de decidir y de vivir. Todo lo demás no es verdad, es rumor, es daño gratuito y es una calumnia que nunca debería pronunciarse. 

Todas esas calumnias, suelen pronunciarlas personas que, en un momento dado, se ven atrapadas en alguna circunstancia, de la cual no saben como salir y es cuando atacan con la calumnia, es el camino más fácil para desprestigiar a una persona. 

Pero la verdad solo tiene un camino, aunque tarde mucho tiempo en salir a la luz.

Conchi Basilio


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