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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

No en nuestro nombre

18-01-2026

En estos momentos, vivimos tiempos en los que la palabra humanidad parece haberse vuelto frágil, casi incómoda. Se pronuncia, pero no se practica. Se invoca, pero no se defiende. Y mientras tanto, ante nuestros ojos, se normaliza lo que jamás debería ser aceptable, el abuso del poder, la deshumanización del otro, la barbarie ejercida desde los despachos. 

No estamos hablando de ideologías ni de siglas, estamos hablando de personas. De seres humanos que trabajan, que crían a sus hijos, que sostienen economías enteras con esfuerzo diario y que, de pronto, pasan a ser tratados como mercancía prescindible o como amenaza. Personas arrestadas en plena calle, separadas de sus familias, empujadas por la fuerza, silenciadas por el miedo. Y lo más grave, ante la mirada pasiva de quienes deberían impedirlo. 

No somos animales, no somos objetos, no somos números. Somos seres racionales, dotados de dignidad y ninguna bandera, ningún delirio de grandeza puede situarse por encima de ese principio básico. Cuando el poder olvida esto, deja de ser autoridad y se convierte en imposición. Y la imposición, tarde o temprano, siempre desemboca en violencia. 

Resulta profundamente inquietante observar cómo se gobierna desde el impulso, desde la amenaza constante, desde la idea de que la fuerza basta para imponer una voluntad personal. Los países no se compran como si fueran propiedades privadas. Las fronteras no se mueven al capricho de una ambición desmedida. Las leyes no existen para ser pisoteadas cuando estorban. Y las personas no pueden ser encarceladas por el simple hecho de existir en el lugar equivocado, en el momento que a alguien no le conviene. 

Lo que estamos presenciando no es liderazgo, es arrogancia. No es orden, es miedo impuesto. No es defensa de la nación, es el vaciamiento de los valores que dicen sostenerla. Porque un país no es grande por su capacidad de intimidar, sino por su respeto a los derechos humanos. Y cuando estos se vulneran, no hay grandeza posible, solo decadencia moral. 

Lo más desconcertante no es únicamente lo que hace quien ostenta el poder, sino el silencio de tantos otros. ¿Dónde están los dirigentes que deberían alzar la voz? ¿Dónde están los frenos democráticos que se supone que existen para evitar estos atropellos? ¿en qué momento se decidió que mirar hacia otro lado era una opción aceptable? 

La historia nos ha enseñado, una y otra vez, que el mayor peligro no es el autoritarismo en sí, sino la normalización del mismo. Cuando se empieza a justificar lo injustificable, cuando se minimiza el dolor ajeno, cuando se acepta que “así son las cosas”, se cruza una línea de no retorno. Y esa línea no debería cruzarse nunca. 

No se trata de atacar a una persona concreta, sino de defender un principio universal, la vida humana no es opcional. La ley no puede ser un instrumento al servicio del ego. Y el poder, sin limites éticos, se convierte en una amenaza para todos. 

Decir basta no es radicalismo, es responsabilidad. Señalar la barbarie no es exageración, es conciencia. Callar, en cambio, sí es una forma de consentimiento. 

Este no es un llamamiento ideológico ni una consigna vacía, es un grito humano. Un recordatorio urgente de que el planeta no puede permitirse otra guerra, y mucho menos una tercera guerra mundial que no dejaría vencedores, solo ruinas, silencio y generaciones marcadas para siempre. La historia ya nos ha enseñado el precio del odio y de la fuerza desatada, ignorarlo sería una irresponsabilidad imperdonable. 

La violencia no puede seguir siendo la respuesta a los conflictos creados por el ego y la ambición de unos pocos. No podemos permitir que el mundo avance hacia un abismo empujado por discursos incendiarios. Amenazas constantes y decisiones tomadas sin reflexión ni humanidad. Parar esto no es un gesto de debilidad, es un acto de madurez colectiva. 

Hoy más que nunca, es necesario exigir diálogo donde se impone el miedo, diplomacia donde se agita la fuerza, y paz donde algunos solo saben sembrar confrontación. No se trata de rendirse, sino de defender con firmeza aquello que nos hace humanos, la palabra, la razón y el respeto mutuo. 

Este llamamiento es para todos, sin excepciones, gobernantes, instituciones, medios, ciudadanía. Nadie puede mirar hacia otro lado. El futuro no se construye con amenazas, ni con muros, ni con armas, sino con voluntad política, conciencia ética y coraje moral. 

Porque aún estamos a tiempo, porque la paz no es una utopía ingenua, sino la única salida posible. Y porque si dejamos que la fuerza sustituya al dialogo, no perderemos solo la estabilidad del mundo, perderemos nuestra propia humanidad. Porque si renunciamos a eso, si aceptamos que la fuerza sustituye a la razón y el miedo a la justicia, entonces no habremos perdido solo derechos, habremos perdido el alma.Y un mundo sin alma es un mundo que ya ha empezado a fracasar.

Conchi Basilio


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