Hay padres que se educaron en la creencia de que amar era endurecer, corregir, exigir. Padres que confundieron la rectitud con frialdad y la autoridad con la ausencia de ternura. Cumplieron con lo material, pero descuidaron lo esencial, el afecto, la escucha, la comprensión. Nunca aprendieron a abrazar sin condiciones ni a mirar sin juzgar.
Durante años ejercieron su papel desde una certeza absoluta. Nunca dudaron, nunca revisaron sus actos, nunca se permitieron la fragilidad de reconocer un error. Ser padres, para ellos, equivalía a estar siempre en posesión de la verdad. Como si la paternidad otorgara una autoridad moral incuestionable y eterna.
El conflicto aparece cuando los hijos crecen y deciden por sí mismos. Cuando eligen caminos propios, a menudo sensatos y responsables, pero distintos de los que sus padres habrían imaginado. Entonces surge la desaprobación. No como diálogo ni como preocupación amorosa, sino como juicio constante, como desautorización, como castigo emocional.
Hay padres que no se limitan a cuestionar, actúan. Y lo hacen, muchas veces, para tapar sus propias carencias profundas. Problemas nunca afrontados, adicciones ocultas, ludopatía, conductas destructivas que se esconden bajo una apariencia de normalidad. Para que no se sepa, para que no transcienda, para que el entorno siga creyendo en una imagen intachable, recurren al argumento más perverso, “el qué dirán”.
Ese miedo a la mirada ajena se convierte en coartada moral. Todo se justifica en nombre de las apariencias. Incluso lo injustificable, incluso apropiarse de bienes que pertenecen a un hijo. Incluso traicionar su confianza, incluso causar un daño irreversible mientras se repite, sin pudor, que todo se hace “por su bien” o “ por la familia”.
El “qué dirán” sirve para silenciar, para ocultar, para tapar. Para que no se hable de lo que duele, de lo que avergüenza, de lo que exigiría asumir responsabilidad. Y en ese silencio impuesto, el único que pierde siempre es el hijo. Pierde lo material, sí, pero sobre todo pierde algo mucho más profundo, la sensación de ser amado, protegido, respetado.
Estos padres ven con facilidad la paja en el ojo ajeno, pero jamás la viga en el propio. Señalan errores ajenos con dureza, mientras niegan los propios con obstinación. Nunca un “te he hecho daño”, nunca un “perdóname”. Porque pedir perdón implicaría aceptar que fallaron. Y aceptar eso supondría derrumbar la imagen que tanto esfuerzo les costó sostener.
Lo más desvastador para muchos hijos no es solo la pérdida económica, sino la pérdida emocional total. La certeza de que no habrá reparación, de que no llegará una palabra sincera, ni un gesto de reconocimiento del dolor causado. De que el vínculo fue sacrificado en el altar de la apariencia y del orgullo.
Con el tiempo, muchos hijos comprenden, entienden miedos heredados, carencias antiguas, vidas mal resueltas. Pero comprender no es justificar, y aceptar no significa olvidar. Las heridas que se tapan en lugar de nombrarse no desaparecen, se enquistan y acompañan toda la vida.
Pedir perdón no debilita a un padre. Lo humaniza, pero hay quienes prefieren mantener intacta una autoridad vacía antes de reconstruir un vínculo roto. Prefieren la imagen al amor, el silencio a la verdad, el “qué dirán” a la dignidad de sus propios hijos.
Y así, el hijo carga con todo, con la pérdida afectiva, con la incomprensión y con el peso de un perdón que nunca llegó. Porque cuando un padre nunca pide perdón, lo que deja no es solo distancia, sino una ausencia que duele para siempre.
Quizá no haya mayor pobreza que un hogar sin perdón. Porque cuando un padre no pide perdón, no solo rompe un vínculo, deja a un hijo aprendiendo a vivir sin amor, sin reparación y sin respuesta. Y cuando además le arrebatan lo material, lo deja completamente indefenso, despojado de todo, con nada más que el cielo sobre la cabeza y la tierra bajo los pies para aprender a seguir viviendo.
Conchi Basilio