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José Manuel López García
Mi rincón

El peso del silencio

26-01-2026

Hay personas que no salen en las fotografías familiares. No porque no estén, sino porque siempre están detrás, pagando facturas, haciendo llamadas incomodas, acompañando al médico, cubriendo ausencias, apagando incendios que nadie quiere reconocer. Personas que sostienen la vida cotidiana con la discreción de quien ha aprendido que el ruido trae problemas. 

Suelen ser las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. Las que organizan, prevén, resuelven. Las que adelantan dinero sin hacer cuentas en voz alta, las que firman préstamos para que otros respiren, las que se quedan cuando los demás se van. Y, sin embargo, su trabajo no figura en ningún balance doméstico. No cotiza, no se agradece, no se nombra. Pero a la hora de jubilarse, el Estado le reduce la pensión, por haber recortado las horas de trabajo, en sus últimos años de cotización, para atender a todos los cuidados de los suyos, porque no tenía ninguna ayuda de nadie, era ella sola para todo. 

Lo más duro no es solo el esfuerzo material, es el silencio. Guardar secretos que no son propios, tapar errores ajenos, proteger reputaciones familiares, tragarse verdades para que no estalle una guerra interna que podría arrasar con todos. Vivir con la boca cerrada por lealtad, porque así se lo hicieron saber, por el que dirán, por no hacer daño a quien quizá ya ha hecho demasiado. 

Y en ese vacío informativo, creado precisamente por voluntad de proteger, aparece a menudo otra figura, el hermano que no carga, el pariente que vive lejos del problema real, pero que habla. El que cuestiona decisiones sin conocer los datos, el que desliza sospechas en sobremesas ajenas, el que convierte su ignorancia en relato, incluso levantando calumnias. No pregunta, no se ofrece, no contrasta, pero interpreta. 

Basta una frase lanzada al aire, para erosionar años de entrega silenciosa. La verdad compleja y dolorosa, queda sepultada bajo versiones cómodas. La persona que sostiene todo pasa a ser sospechosa. Y quien no ha movido un dedo se convierte, paradójicamente, en narrador de la historia. 

Desde fuera, la escena es cruelmente simple, reproches, miradas torcidas, comentarios envenenados. Se la acusa de ser fría, distante, incluso egoísta. Nadie imagina que detrás de ese gesto serio hay noches sin dormir, cuentas revisadas mil veces, conversaciones que nunca podrán salir a la luz. La calumnia se instala con facilidad cuando nadie se toma el trabajo de preguntar. 

Ese desequilibrio termina rompiendo por dentro. Porque cargar con todo no es heroico cuando se acompaña de sospecha, es devastador. El cuerpo sigue funcionando, pero algo se quiebra en lo profundo. Aparece el cansancio que no se explica, la tristeza sin nombre, la sensación de vivir para otros sin derecho a defenderse. La identidad se reduce a sostener, sostener y sostener. 

En muchas familias hay una figura así, casi siempre discreta, casi siempre imprescindible y casi siempre mujer. Personas educadas para no pedir, para no señalar, para asumir que su papel es aguantar. El sacrificio se convierte en costumbre y la costumbre en condena. 

Y lo más perverso es que el silencio protege tanto a quienes viven cómodamente dentro de la versión oficial, como a quienes prefieren opinar sin implicarse. Los que no preguntan porque temen escuchar respuestas incómodas. Los que juzgan desde la superficie sin sospechar que caminan sobre un suelo que alguien está pagando en soledad. 

Quizá ha llegado el momento de decirlo con claridad, no es legitimo criticar sin saber. No es justo levantar sospechas cuando no se ha querido preguntar, no es honesto construir relatos desde la distancia cómoda. Las familias, como las sociedades, se rompen no solo por lo que se hace mal, sino por lo que se murmura sin pruebas. 

Porque nadie debería vivir convertido en la columna vertebral de todos, mientras otros cuestionan su integridad sin tomarse el tiempo de escuchar. Nadie debería romperse en silencio para sostener una paz basada en la ignorancia ajena. 

Tal vez el primer gesto de justicia sea tan sencillo como difícil, preguntar antes de repetir. Mirar de frente antes de sospechar, sacar de la sombra a quienes llevan el peso y devolviendo algo que no cotiza, pero sostiene vidas enteras, el reconocimiento público y la única verdad.

Conchi Basilio


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