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Ernesto González Valdés
José Manuel López García
Mi rincón

Cuando el ruido manda

30-01-2026

El debate público se ha convertido, demasiadas veces, en un campo de batalla. No se discuten ideas, se lanzan consignas. No se contrastan datos, se repiten sospechas. No se escucha, se responde antes de comprender. Las redes sociales han acelerado este proceso hasta extremos inquietantes, transformando espacios de conversación en tribunales improvisados donde se dictan sentencias en tiempo real. 

Vivimos rodeados de mensajes diseñados para indignar, titulares que buscan el impacto inmediato, frases recortadas hasta perder su sentido, vídeos fuera de contexto que se viralizan en minutos. En este clima, la complejidad resulta incómoda y la duda se interpreta como debilidad. Lo que no cabe en un tuit parece no existir. 

La polarización no nace sola, se alimenta de la necesidad de pertenecer a un bando, del miedo a quedarse fuera, del alivio que produce señalar a un culpable rápido. Convertimos la opinión y la identidad en trinchera. Desde ahí, cualquier matiz es visto como traición y cualquier pregunta como provocación. 

A esta dinámica se suma algo más peligroso, la manipulación deliberada. Retorcer la verdad, exagerar fragmentos, presentar hipótesis como hechos, convertir errores en conspiraciones. No siempre se trata de mentir abiertamente, a veces basta con seleccionar solo aquello que refuerza una narrativa previa y ocultar el resto. El resultado es el mismo, una realidad deformada que circula con una velocidad de vértigo. 

Lo inquietante es que muchas personas no se detienen a pensar, leen en diagonal, comparten sin verificar, creen lo que confirma su enfado o sus miedos. No porque sean ingenuos, sino porque el ritmo de la información no deja espacio para la reflexión. La avalancha constante cansa, y cuando uno está cansado, baja la guardia crítica. 

Así se crean corrientes de opinión imposibles de desmontar, incluso cuando chocan frontalmente con los hechos. Se convence a miles de personas de versiones que no resisten una comprobación mínima. Se instalan sospechas que después nadie sabe ya dónde salieron. Y mientras tanto, la conversación pública se empobrece. 

El daño no es solo político, es humano. La crispación se cuela en las comidas familiares, rompe amistades, convierte desacuerdos normales en conflictos irreconciliables. Se aprende a desconfiar del otro antes incluso de escucharlo. Se responde con ironía en lugar de con argumentos. Se caricaturiza al contrario para no tener que entenderlo. 

También hay una responsabilidad individual que no podemos esquivar. No todo es culpa de algoritmos, medios o líderes. Cada vez que damos por cierto un titular sin contexto, cada vez que insultamos en lugar de preguntar, contribuimos a ese ruido que luego decimos detestar. 

Tal vez ha llegado el momento de revindicar gestos simples y revolucionarios, leer despacio, contrastar fuentes, desconfiar de lo que nos enfada demasiado rápido, aceptar que la realidad suele ser más compleja de lo que nos gustaría. Preguntar antes de acusar, escuchar antes de responder, reconocer cuando no sabemos algo. Pensar se ha vuelto un acto contracultural. 

En un ecosistema que premia la reacción instantánea, detenerse es casi un desafío político y moral. Exige tiempo, humildad y la disposición a cambiar de opinión. No es cómodo, pero es imprescindible si no queremos que el ruido termine sustituyendo por completo a la verdad. 

Quizá no podamos frenar solos la maquinaria de la polarización, pero sí podemos decidir cómo participamos en ella. Si como eco acrítico o como ciudadanos que se toman en serio la tarea de comprender. Porque una sociedad que renuncia a pensar es una sociedad fácil de manipular. Y esa es, quizá, la mayor amenaza de nuestro tiempo.

Conchi Basilio


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