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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

Al borde de un abismo

30-03-2026

En un tiempo que se proclama moderno, avanzado y globalizado, la humanidad asiste, sin embargo, a una inquietante regresión moral y política. Lejos de consolidarse como una era de estabilidad, el presente se dibuja con trazos de incertidumbre, miedo y una creciente sensación de descontrol. Las guerras, lejos de apagarse, resurgen con una intensidad que no solo destruye territorios concretos, sino que sacude los cimientos de la convivencia internacional. 

Conflictos como los de Ucrania o los que asolan Oriente Medio han dejado de ser episodios aislados para convertirse en piezas de un tablero mucho más amplio, donde las tensiones geopolíticas, los intereses económicos y las ambiciones de poder se entrelazan de forma peligrosa. 

Ya no hablamos únicamente de enfrentamientos localizados, sino de crisis que repercuten de manera directa en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. El encarecimiento de la energía, la subida de los alimentos o la inestabilidad de los mercados son solo algunas de las consecuencias visibles de una situación que parece lejos de encontrar solución. 

En este contexto, resulta inevitable recordar las advertencias de quienes, a lo largo de la historia, vislumbraron el riesgo de una nueva gran guerra. La posibilidad de un conflicto global, que durante décadas pareció un fantasma lejano, vuelve a instalarse en el imaginario colectivo. No porque haya estallado formalmente una Tercera Guerra Mundial, sino porque los elementos que podrían propiciarla comienzan a alinearse de manera inquietante, bloques enfrentados, conflictos enquistados, discursos cada vez más agresivos y una escalada de tensiones que no encuentra freno claro. 

Lo más desconcertante es la aparente incapacidad de la comunidad internacional para detener esta deriva. Organismos creados con el propósito de garantizar la paz se ven limitados por intereses cruzados, vetos y equilibrios de poder que paralizan decisiones urgentes. Mientras tanto, líderes que en su día prometieron estabilidad o incluso el fin de los conflictos contribuyen, en la práctica, a intensificarlos, alimentando una espiral difícil de contener. 

Sin embargo, reducir la responsabilidad a una sola figura sería simplificar en exceso una realidad profundamente compleja. Detrás de cada conflicto se esconde una red de intereses estratégicos, económicos y políticos que transciende a cualquier individuo. La guerra en demasiadas ocasiones, deja de ser un fracaso para convertirse en un instrumento útil para determinados fines, sostenido por industrias, alianzas y silencios que perpetúan su existencia. 

A ello se suma un fenómeno aún más inquietante, la progresiva normalización del horror. Las imágenes de destrucción, sufrimiento y muerte se repiten con tal frecuencia que corren el riesgo de perder su capacidad de conmover. La tragedia se convierte en rutina, y la indignación inicial se diluye en una resignación peligrosa. Es en ese punto donde la humanidad corre el mayor riesgo, cuando deja de reaccionar ante el dolor ajeno. 

Y, sin embargo, a pesar de este panorama sombrío, existe un freno que, aunque incomodo, sigue actuando, el temor a las consecuencias irreversibles de una confrontación global. La capacidad destructiva acumulada por las grandes potencias ha generado un equilibrio basado en la disuasión, donde nadie puede permitirse cruzar determinadas líneas sin poner en riesgo su propia existencia. Es una paz frágil, sostenida más por el miedo que por la voluntad, pero que hasta ahora ha evitado un colapso total. 

La gran incógnita de nuestro tiempo no es solo si seremos capaces de evitar una guerra de dimensiones globales, sino si lograremos hacerlo sin seguir pagando el precio insoportable de conflictos prolongados y vidas truncadas. La historia ha demostrado que incluso las crisis más profundas pueden encontrar una salida, pero también que el coste de la inacción suele ser devastador. 

Quizá la única certeza que nos queda es la necesidad de no caer en la indiferencia. 

Comprender que, aunque los conflictos se desarrollen en lugares aparentemente lejanos, sus efectos nos alcanzan a todos. Y recordar que la paz no es un estado permanente, sino una construcción frágil que exige vigilancia, compromiso y, sobre todo, una firme defensa de la vida frente a cualquier forma de destrucción.

Conchi Basilio


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