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José Manuel López García
Mi columna

El mundo de las especias

11-05-2026

La historia del comercio de las especias es especialmente fascinante. Quizás no haya otra equiparable en cuanto a las causas, los condicionantes y los efectos que la rodearon; estos últimos de alguna manera -y con diferente intensidad- presentes en el mundo actual. En ella hay botánica, innovación tecnológica, guerra, control de rutas y territorios y, por supuesto, codicia. Esta última palabra la utiliza conscientemente Jack Turner en su libro Las especias, cuando como subtítulo recurre a un más que elocuente “Historia de una tentación”. Como bien dice en el prólogo de su obra: “La existencia misma del comercio de especias, los viajes de Colón en busca de las fantasmales especias de las Américas, el descubrimiento… de semillas de clavo con 4.000 años de antigüedad en el desierto sirio, son acontecimientos sobre los que los expertos…pueden seguir debatiendo incesantemente… y aun así es fácil pasar por alto la pregunta de la que derivan todas las demás: por qué existió el comercio (de las especias). Todo brotó del deseo”. 

La aventura portuguesa en las Molucas (y por extensión en todo el sudeste asiático) no puede sino caracterizarse como una auténtica proeza. Podemos encontrar cierta analogía con ese “arrojarse al mar” de los griegos de Ática en el Mediterráneo, pero la dimensión de lo conseguido por los portugueses no admite parangón. Su éxito también fue la semilla de su fracaso, aunque parcialmente paliado por lo logrado en último término en Macao -después de innumerables penurias y sufrimientos, eso sí-. El error portugués (el error por antonomasia occidental, y de plena actualidad) fue -por así decirlo- pensar que allí “no había nada”. Por nada me refiero a habilidades, intercambios, cultivos, manufacturas, creencias, jerarquías, tradiciones e, incluso, un sofisticado arte de las “relaciones públicas”. Esa creencia estuvo en el origen de una actitud que acabaría sumiendo a los ibéricos en un creciente mar de rencores que, finalmente, acabaría por desbordarse y desbordarlos. Su empecinamiento en montar una especie de imperio en aquellos lares sería sustituido más adelante por el puro pragmatismo de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Un pragmatismo que, exento de cualquier tipo de escrúpulos, pronto le costaría caro a los habitantes de aquellas islas (y por extensión, a grandes extensiones de la actual Indonesia). 

Una de las primeras cuestiones a desentrañar en este fenómeno tiene que ver con las causas por las que el siglo XVI asiste a una desenfrenada lucha por hacerse con el comercio de la nueva oleada de las especias (concretamente nuez moscada, macis y clavo). Por supuesto, la respuesta más simple -que no por ello falsa- tiene que ver con el enorme margen de beneficio que dejaba a sus comercializadores. Pero lo cierto es que las cosas del mercadeo no son tan simples. Antes de las tentativas de Colón y del periplo de Magallanes, las especias viajaban desde Indonesia hasta Europa a través de la gran franja del islam. Cada etapa implicaba el correspondiente recargo, siendo el resultado final un precio exageradamente inflado. Ante esta evidencia, surge la necesidad de evitar el pago de altos intereses al “infiel”. Durante un cierto tiempo, y siguiendo el camino de este espejismo, la aventura americana buscaría sin descanso a las Molucas imaginarias en las américas reales. Al cabo de unas décadas de tozuda búsqueda -en la que no pocas tribus emplazaban a los conquistadores a un más allá inalcanzable- el resultado fue ciertamente raquítico: vainilla y chile. Nuestra Ítaca americana dejaría por el camino aciertos y errores, todavía pendientes de una madura y sensata asunción por nuestra parte. 

El asunto de las especias tiene un más que interesante correlato en el comercio de la seda, aunque con una notable diferencia: mientras que en el primer caso hablamos del comercio de materia prima, en el segundo nos encontramos con una más que sofisticada manufactura. El protagonismo en su elaboración y comercio por parte de las comunidades de judíos está ampliamente documentado. ¿Por qué los judíos no estuvieron presentes de una manera tan relevante -y recalco lo de tan- en el comercio de las especias? Según nos explica Robert Lanquar en su Los judíos en las rutas de la seda, las comunidades judías solían compartir un precepto religioso-cultural (fenómenos que con frecuencia van acompañados) y que no era otro que vivir del fruto de su trabajo manual -el prestamismo aparecería más tarde-. En esto se acabarían apartando de sus “primos” descendientes de Agar, anticipando una fisura que el tiempo no ha hecho sino agrandar, manifestándose en la vocación de ambas comunidades a lo largo de la historia. 

Admitámoslo: a los ojos del hombre contemporáneo, y con la frialdad de un análisis aséptico (“racional”, si lo prefieren) apostar con tanto frenesí por algo que hoy en día permanece con bastante indiferencia en la estantería de nuestro especiero -y con un uso bastante ocasional, muy por debajo del ajo o el perejil- resulta en último término incomprensible. Aunque los mecanismos del comercio sean explicables, la pertinaz aspiración al más y más, ya no lo es tanto. A menos que admitamos que todos tenemos algo de ese Sancho Panza que tan bien describe Manuel Alcántara en El oficio del político -y a propósito de su insaciable ambición-: “Conseguir el gobierno de una ínsula hace seguir a Sancho las locuras de su caballero andante. Sancho manifiesta explícitamente su ambición y explica sus razones y desvelos: alcanzar el gobierno supone…una posibilidad de enriquecimiento, pero también la satisfacción por el poder en sí mismo”. 

Así es la vida: deseo, aspiración, sueño con el que rellenar este espacio de tiempo que nos ha tocado vivir. Fermentos nada ajenos al mundo que conformó las especias y que, en cada época, encuentra un nuevo tótem al que asirse. Como bien decía Lacan: el deseo no tiene objeto -y por eso nada termina por satisfacernos plenamente-.

Lucas Ricoy


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