La filosofía de Spinoza, este pensador del siglo XVII, constituye uno de los sistemas filosóficos más originales, provocadores e impactantes de la modernidad. Su panteísmo sostiene que todo cuanto existe es, en realidad, la expresión de una única sustancia infinita que él identifica con Dios o la Naturaleza, Deus sive natura en latín. De esta forma, la divinidad no es un ser trascendente, separado del mundo, sino la realidad misma en su totalidad. Desde su perspectiva ontológica, todo lo que existe es divino. Además, rompe con el planteamiento tradicional de un alma individual inmortal que sobrevive a la muerte del cuerpo. Está plenamente convencido de que no existe una vida personal después de la muerte del cuerpo. Solo vivimos una sola vida que es la terrenal. Cada ser humano, desde su enfoque racionalista, es un modo finito de la única sustancia infinita que es Dios. Spinoza deja muy claro en sus escritos que cuando el cuerpo muere, también lo hace la mente como entidad individual y no existe un intelecto agente o inteligencia universal única, compartida por todos los seres humanos y que podría existir después de la muerte, desde la perspectiva interpretativa de Averroes en su comentario de la teoría del conocimiento aristotélica. Spinoza considera que es una especulación sin fundamento racional. En lugar de esto, propone una forma distinta de “eternidad”: la mente, en la medida que conoce verdades necesarias, participa de lo eterno, pero no como conciencia personal que persista después de la muerte.
El racionalismo de Spinoza busca eliminar la ambigüedad y alcanzar conclusiones necesarias, como sucede con el método matemático y geométrico de Padua que le parece el modelo perfecto basado en la demostración. También rechaza el dogmatismo y el criterio de autoridad.
En cuanto a los afectos, insiste en que la alegría es una de las pasiones fundamentales de la vida humana. Es un indicador del incremento de nuestra potencia vital. Cuando experimentamos alegría, nuestra potencia de actuar se ve reforzada, lo que nos acerca a un estado de mayor autonomía y comprensión racional. En cambio, las pasiones tristes disminuyen esa potencia. Además, la alegría es un afecto o una pasión que fortalece e impulsa la libertad humana. La culminación de este proceso es el amor intelectual de Dios, una forma de alegría estable basada en el conocimiento adecuado de la realidad. Considera que somos seres de deseo y esto es positivo. Por medio del deseo buscamos aquello que aumenta nuestra potencia de actuar, como la alegría, el saber o las relaciones que nos fortalecen. El deseo puede ser guiado por la razón.
Para Spinoza, no se trata de reprimir los deseos, sino de entenderlos y ordenarlos racionalmente. Por eso, ser seres de deseo no es una debilidad, sino la base de nuestra libertad y de una vida más plena.
La racionalidad ocupa un espacio central en su filosofía. No se trata de una razón abstracta y desvinculada de la vida, sino de una herramienta para transformar nuestra existencia. Conocer adecuadamente la realidad implica reconocer la necesidad que rige todas las cosas y, en consecuencia, aceptar lo que sucede. La felicidad, desde su perspectiva racionalista, no es un premio futuro, sino el resultado de una vida vivida con inteligencia. Aunque su método ha sido discutido especialmente en la actualidad, la profundidad de su pensamiento continúa desafiando y enriqueciendo a quienes se acercan a él.
La influencia de Spinoza en la filosofía alemana y en el pensamiento actual es profunda y decisiva. En el gran filósofo idealista Schelling, la huella de Spinoza es evidente en su concepción de la naturaleza como un todo dinámico y absoluto. Schelling retoma la idea de una única sustancia, pero intenta integrarla con la noción de libertad. Por su parte, Fichte reacciona críticamente: considera que el sistema spinozista conduce al determinismo y trata de superarlo colocando al yo como principio activo y autónomo. Hegel reconoce en Spinoza un momento fundamental de la filosofía: sostiene que “ser spinozista es el punto de partida de todo filosofar”. Pero critica que su sistema no dé suficiente cabida a la subjetividad y al devenir histórico, elementos centrales en su propia dialéctica. Goethe admiraba especialmente la serenidad intelectual de la filosofía spinoziana. Incluso Karl Marx recoge elementos del rechazo de la trascendencia divina, aunque los reformula en clave materialista e histórica. Spinoza actúa como un punto de partida común para estos pensadores y para otros muchos, ya sea para desarrollarlo o superarlo.
Spinoza no fue un autor especialmente prolífico en términos de volumen de obras publicadas. Sus principales libros, como la Ética, el Tratado teológico político y el Tratado de la Reforma del entendimiento suman aproximadamente entre 200.000 y 300.000 palabras en total. La Ética que es su libro principal y más influyente, destaca por su estilo geométrico, con definiciones, axiomas y proposiciones lo que dota a esta obra de una gran densidad conceptual. Su producción escrita pone de manifiesto que poseía una mente rigurosa y aguda, enfocada en la claridad, la coherencia lógica y la búsqueda de verdades universales. Ver video
José Manuel López García