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José Manuel López García
Cartas al Director
Mi rincón

La frontera del abandono

10-08-2026

Ceuta, la frontera de Europa no puede convertirse en la frontera de la indiferencia. Hay momentos en los que la política debería guardar silencio para dejar paso a la humanidad. Ceuta vive uno de ellos. 

Mientras los titulares suceden y los partidos cruzan reproches, miles de personas, entre ellas un elevado número de menores, permanecen atrapados en una situación de incertidumbre que constituye uno de los mayores dramas humanitarios que ha conocido España en los últimos años. Detrás de cada cifra hay un niño, una madre, un padre o un joven que un día tomó la decisión más difícil de su vida, abandonar su hogar porque quedarse significaba renunciar al futuro. 

Reducir esta tragedia a un simple problema de fronteras es un grave error. También lo es contemplarla exclusivamente desde el prisma de la seguridad. Una democracia madura debe proteger sus fronteras, sí, pero sin olvidar jamás que está tratando con seres humanos y no con mercancías. 

Las mafias existen, se enriquecen explotando la desesperación ajena y deben ser perseguidas con toda la contundencia que permite el Estado de derecho. Pero convertir a quienes huyen en sospechosos por el simple hecho de buscar una oportunidad sería una injusticia difícilmente compatible con los valores que Europa proclama defender. 

España ocupa una posición geográfica privilegiada y, al mismo tiempo, extraordinariamente compleja. Es una de las principales puertas de entrada a la Unión Europea. Sin embargo, ser frontera exterior no puede equivaler a soportar en solitario una responsabilidad que corresponde a veintisiete Estados. 

No es razonable exigir que España afronte sola una presión migratoria de semejante magnitud. Tampoco resulta aceptable que algunos gobiernos europeos miren hacia otro lado mientras la crisis se concentra en los países de primera entrada. La solidaridad europea no puede limitarse a discursos solemnes pronunciados en Bruselas. Debe traducirse en recursos, cooperación, corresponsabilidad y decisiones eficaces. 

Del mismo modo, dentro de España, las diferencias políticas nunca deberían prevalecer sobre la protección de menores que llegan completamente solos. Discrepar sobre la gestión es legítimo, negarse sistemáticamente a colaborar cuando existe una emergencia humanitaria plantea un debate que transciende la política y entra de lleno en el terreno de la responsabilidad institucional. 

Tampoco ayudan los bulos ni los mensajes que buscan alimentar el miedo. Uno de los más repetidos consiste en afirmar que quienes llegan a España podrán votar inmediatamente y alterar el resultado de unas elecciones, es sencillamente falso. La legislación española establece con claridad quién tiene derecho al voto y en qué condiciones. Entrar en territorio español, sea de forma regular o irregular, no convierte a nadie en elector. En una democracia seria, las leyes se cumplen y las opiniones no pueden sustituir a los hechos. 

La desinformación solo beneficia a quienes viven de enfrentar a unos ciudadanos con otros. La inmigración exige un debate sereno, sustentado en datos, en la legalidad y en el respeto a la dignidad humana, no en consignas ni en mensajes diseñados para obtener un rédito político inmediato. 

Pero tampoco sería honesto ignorar otra realidad, los países de origen y de transito tienen responsabilidades que no pueden eludir. Mientras millones de personas continúen viendo la inmigración como la única salida posible a la pobreza, la falta de oportunidades o la inseguridad, las crisis migratorias seguirán repitiéndose. Invertir únicamente en reforzar fronteras sin actuar sobre las causas profundas equivale a poner un dique de arena frente al mar. 

Europa necesita una política migratoria común, firme contra las mafias, eficaz en el control de sus fronteras y profundamente respetuosa con los derechos humanos. Estas tres ideas no son incompatibles, al contrario, deberían formar parte de la misma estrategia. 

Ceuta no representa un fracaso exclusivamente español, representa el fracaso colectivo de una comunidad internacional que aún no ha sido capaz de ofrecer respuestas proporcionadas a uno de los mayores desafíos del siglo XXI. 

Porque la verdadera pregunta no es cuántas personas llegan a nuestras fronteras. La verdadera pregunta es cuántas se han visto obligadas a abandonar su hogar para intentar encontrar, al otro lado del mar, aquello que cualquier ser humano debería tener garantizado desde el día en que nace, la posibilidad de vivir con dignidad.

Conchi Basilio


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