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Mi rincón

¿Quién mueve los hilos?

20-08-2026

Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que demasiadas cosas están ocurriendo simultáneamente como para limitarse a mirar hacia otro lado. Guerras, fronteras, petróleo, gas, minerales estratégicos, rutas marítimas, migraciones masivas y disputas territoriales. Piezas aparentemente separadas que, cuando se colocan sobre el mismo tablero, obligan a hacerse una pregunta incómoda, ¿quién mueve realmente las fichas y quién termina pagando la partida? 

El estrecho de Ormuz es probablemente el ejemplo más evidente. Por él circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una cantidad decisiva de gas natural licuado. No es una carretera privada ni existe un peaje internacional por atravesarlo, es una de las grandes arterias marítimas del planeta. Sin embargo, cuando una guerra convierte ese paso estratégico en una zona de peligro, el problema deja de ser exclusivamente militar. Se convierte en inflación. 

El petróleo sube, el transporte se encarece, aumentan los costes de producción, la electricidad recibe el impacto, los alimentos terminan absorbiendo parte de esa cadena de incrementos. Y el ciudadano, que jamás decidió aquella guerra, acaba pagando una factura que no ha firmado. 

¿Es justo que las decisiones de unos pocos terminen condicionando la economía de cientos de millones de personas? La historia, además demuestra que las guerras no siempre producen el resultado que sus estrategas esperan. Existe la tentación de pensar que una presión militar suficiente obligará a un país a rendirse, pero los pueblos tienen memoria, orgullo y sentimiento nacional. Una sociedad puede estar profundamente enfrentada a sus gobernantes y, sin embargo, rechazar que una potencia extranjera pretenda imponerle su futuro. 

Cuando esa resistencia aparece, el conflicto puede prolongarse, extenderse y alcanzar nuevos escenarios. Y entonces las consecuencias dejan de estar contenidas en un mapa. Miremos hacia el norte de África. Ceuta y Melilla están geográficamente en África, pero su soberanía española se remonta a varios siglos. Melilla pasó a la Corona de Castilla en 1497 y Ceuta quedó bajo soberanía española en el siglo XVII. El actual Estado marroquí no existía entonces como Estado independiente en su configuración contemporánea. Sin embargo, las reivindicaciones territoriales continúan. 

Y en medio de esta tensión asistimos recientemente a una entrada masiva y extraordinaria de decenas de miles de personas en Ceuta en prácticamente un día. No se trata de convertir al inmigrante en culpable, sería injusto y miserable, la pregunta sería otra: ¿Cómo es posible que decenas de miles de personas puedan concentrarse simultáneamente ante una frontera internacional y atravesarla en semejante magnitud? 

¿Falló el control? ¿Hubo una relajación deliberada? ¿Fue una movilización espontánea alimentada por las redes sociales? ¿Existió instrumentalización política de la migración? ¿Quién tenía información previa y quién no?Son preguntas, no acusaciones. 

Pero precisamente porque son preguntas, deben poder investigarse. Y aparece entonces otra pieza todavía más sensible, Gibraltar. 

Los grandes estrechos se han convertido en auténticas arterias estratégicas. Ormuz conecta los grandes productores energéticos con los mercados internacionales. 

Gibraltar conecta el Atlántico y el Mediterráneo. Quien comprende la importancia de estos pasos comprende también que el control, la seguridad y la estabilidad de los estrechos tienen un valor geopolítico extraordinario. 

Por eso resulta preocupante que en el debate internacional comiencen a aparecer referencias a Gibraltar precisamente cuando Ormuz se encuentra en el centro de una crisis mundial. ¿Casualidad? También, ¿coincidencia? También. 

Pero cuando hablamos de geopolítica, las coincidencias merecen ser examinadas. 

Porque detrás de las guerras contemporáneas ya no solamente están los territorios. Están el petróleo, el gas, los minerales críticos, las tierras raras, las rutas comerciales, los puertos, las infraestructuras y el control de las cadenas de suministro. 

Y mientras los grandes actores juegan su partida, la ciudadanía contempla cómo su salario o su pensión pierde capacidad de compra. Ese es quizá el aspecto más cruel de todo. 

Los dirigentes deciden, los mercados reaccionan, las empresas calculan, los inversores ganan o pierden. Y el ciudadano abre la factura de la luz, llena el depósito, va al supermercado, y descubre que todo cuesta mucho más. Por eso no hace falta creer en conspiraciones para exigir transparencia. Tampoco hace falta acusar a nadie de tener un plan secreto, basta con mirar los hechos y formular las preguntas que corresponden. 

¿Quién se beneficia de cada crisis? ¿Quién controla los recursos? ¿Quién controla las rutas? ¿Quién obtiene poder cuando otros países se debilitan? Y, sobre todo, ¿quién paga el precio? 

Porque si el mundo termina convertido en un tablero donde unos pocos mueven las piezas y millones de personas soportan las consecuencias, entonces el problema ya no será solamente una guerra, una frontera o un estrecho. Será algo mucho más grave, la pérdida de control de nuestras propias vidas frente a decisiones que jamás hemos tenido la oportunidad de tomar. Ellos mueven las piezas, nosotros pagamos la partida.

Conchi Basilio


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