El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

Miranda por siempre

18-10-2019 19:34:21

ÁNGEL VARELA | Los seres con clase son incapaces de exteriorizar sus sentimientos. Los ocultan con sigilo y los proyectan después con infinita generosidad sobre las existencias de los demás. En sus vidas se atisban ciertos indicios de desolación, como si todos los sueños se les hubiesen muerto entre los brazos. Hay quien sostiene incluso que son náufragos de sus propias conductas y sólo aspiran a un desenlace sin escombros.

Miranda Leblanc pertenecía a esa estirpe de seres fascinantes. Sus despedidas producían el mismo efecto que un aldabonazo en el corazón. De hecho, yo siempre creía que su ausencia dejaba en el aire una estela de remordimiento, una sinfonía magullada de reproches. Lo supe el día en que me despedí de ella en la estación de ferrocarril de Birmingham. Es curioso, pero aquella tarde tuve la certeza de que nuestras vidas eran como dos trenes nocturnos que se cruzaban en la oscuridad para no volver a coincidir nunca.   

Ahora, con esa perspectiva reposada que te otorga el paso del tiempo, sé que jamás volveré a encontrarla. ¿Qué extraña confluencia de circunstancias propició que los dos llegásemos a conocernos? ¡Quién lo sabe! El caso es que yo intuí, desde el primer momento, que ella siempre giraría sobre los goznes de mi destino.   

Lo nuestro –ahora puedo decirlo al cabo de los años- fue una relación de encuentros y desencuentros, de viajes en tren de un lado a otro del país. Miranda Leblanc tenía la edad de la ternura en las mejillas. En este preciso instante la recuerdo como un cuerpo ahogado por el deseo, con mis besos grapados en sus labios de fruta y mis caricias sembradas por la delicada geografía de su piel.   

El día que le dije adiós averigüé que el hombre aprende a todo menos a despedirse. Ella iba vestida de azul. Yo traté de eludir su mirada para no fundirme en su inmensa blancura. Sin embargo, ya era tarde. No había modo alguno de evitar aquella situación. Yo me encontraba frente a ella expuesto a mis temores más íntimos, despojado para siempre de su afecto.   

Quise abrir la boca, pronunciar algo inteligible, pero no pude. Me quedé mirándola como un náufrago varado en mitad del océano mientras ella subía al tren, al último tren. Sé que después improvisé un torpe gesto con la mano derecha que pretendía ser una despedida. Pero ella ya se alejaba, se diluía entre la niebla que le otorgaba un aspecto fantasmagórico a la estación.

Desde entonces he vuelto infinidad de veces a aquel escenario. Al anochecer, cuando los enamorados se atrincheran en la oscuridad, suelo pasear entre los andenes solitarios y contemplo los trenes detenidos en las vías como cetáceos de hierro desperezándose entre jirones de humo.   

Fue precisamente en uno de ellos donde coincidí por primera vez con Miranda Leblanc. Ambos nos desplazábamos a Londres con el exclusivo propósito de ver el último montaje teatral de Lindsay Kemp. Un comentario casual con alguien que acababa de encontrarse en el pasillo del vagón fue suficiente para obrar el milagro. Escuché los elogios que dedicaba a la trayectoria del dramaturgo británico y, de forma espontánea, tercié en la conversación.   

No tardamos en darnos cuenta de que nuestros puntos de vista y nuestras sensibilidades artísticas coincidían. Animado por la conversación, la invité a que se pasase a mi compartimento y ella aceptó gustosa. Ese fue el comienzo de una amistad que se transformó con el tiempo y que me ha dejado una huella indeleble.   

Desde ese mismo día decidimos que nuestros encuentros tendrían invariablemente como escenario los vagones de un tren, de cualquier tren. De ese modo garantizábamos la confidencialidad de nuestra relación y, al mismo tiempo, evitábamos que mi existencia llegase a oídos de su marido, que trabajaba como analista en la Bolsa de Londres.   

Con el tiempo llegué a aprenderme de memoria las frecuencias horarias de todos los trenes que partían de Birmingham. Por eso cada vez que acudo ahora a la estación, tiro como un hilo del ovillo de la memoria y siento que ésta de desmadeja como una triste gavilla de recuerdos.   

No sé cómo explicarlo, pero tengo la certeza de que la estela de mis más íntimos anhelos se fundió para siempre con el recorrido de esos trenes. En el interior de sus vagones, entre gente anónima y trabajadores que regresaban a sus casas, fui sencillamente feliz.   

Miranda aceptaba sin dudar todo cuanto yo le proponía. Nuestras citas eran tan audaces como irreflexivas. En una ocasión, heridos de puro deseo, acabamos haciendo el amor en los servicios de un ferrocarril que se dirigía a Leicester. También solíamos disfrazarnos con pelucas y postizos, y después nos retábamos mutuamente a reconocernos entre el resto del pasaje.   

El caso es que lo nuestro era más propio de una fantasía adolescente que de una pasión adulta. Pero disfrutábamos, disfrutábamos como jamás lo habíamos hecho en nuestras vidas y eso era lo importante.

Yo me despeñaba por el rotundo abismo de sus caderas, fondeaba ansioso en el remanso azul de su mirada y creía perderme en ella para siempre.   

Ahora sé que aquellos trenes realizaban algo más que un simple trayecto físico con sus desplazamientos. Estaban trazando el imprevisible itinerario de nuestras vidas.   

Solíamos frecuentar también varios ferrocarriles que atravesaban la campiña inglesa. El paisaje era como un brochazo salpicado de abedules y robles sobre una inmensa lengua de hierba. A  veces la niebla emergía entre la espesura como grumos de algodón, creando formas caprichosas a su alrededor, envolviendo las ramas de los árboles con su apretada cinta de gasa.  

En el momento en el que la noche se desplomaba como un enjambre oscuro sobre nosotros, abandonábamos el pasillo del vagón y nos recluíamos en el refugio de nuestro compartimento. Si el viaje era largo, alquilábamos coche-cama y así evitábamos cualquier interferencia. Al cabo de un tiempo, habíamos recorrido media Inglaterra en tren.   

Aquellos viajes eran, en realidad, una inmejorable posibilidad para resarcirnos de unas existencias mediocres que en ningún caso nos satisfacían. Cada vez que subía al tren yo dejaba atrás el limitado horizonte académico en el que me movía. Mi experiencia como profesor de español en un instituto de Birmingham, lejos de agradarme, me sumía en un estado de absoluta indolencia. No me gustaba el modo en que se abordaba la enseñanza de mi lengua ni congeniaba demasiado con el resto de los profesores, que me consideraban poco menos que un intruso por atreverme a ejercer la docencia en su país.

Por su parte, Miranda lograba olvidar momentáneamente un matrimonio gris y rutinario que, tras diez años de duración, ya no le aportaba nada. Cuando partíamos de una estación, de cualquier estación, no nos dirigíamos realmente hacia ningún sitio concreto, sino que viajábamos al interior de nosotros mismos.   

Durante aquellas inolvidables jornadas descubrí que el nombre no es nada, que es tan sólo lo que busca. Por desgracia, aprendí igualmente que todo tiene un desenlace. Ni yo ni Miranda nos atrevíamos a ponerle una fecha de caducidad a la relación. Sabíamos que, tarde o temprano, lo nuestro acabaría del mismo modo en que había empezado. Sin embargo, no queríamos hablar de eso por temor a poner de manifiesto lo que era evidente.   

Como era de esperar, el final llegó por sorpresa. Tras uno de nuestros encuentros, Miranda me comunicó entre sollozos que su marido había recibido una oferta profesional difícil de rechazar. Una importante entidad bancaria quería ficharlo para su sede en París. Naturalmente, la aceptación de la oferta pasaba por trasladar el domicilio familiar a la capital francesa. Al parecer, su esposo ya se había tomado la libertad de responder afirmativamente sin consultarla.   

Tras escuchar a Miranda, esbocé una sonrisa de circunstancias y traté de animarla. Nos despedimos en silencio y fijamos fecha para nuestro último encuentro. Ahora recuerdo aquella cita como algo imborrable. Era noviembre. El atardecer se derramaba a nuestro alrededor como una pincelada de oro. Yo la esperaba impaciente en el andén de la estación, a solas con mis pensamientos.

En cuanto la vi caminando hacia mí, supe que ninguna mujer es más hermosa que cuando dice adiós. Una luz serena le impregnaba el rostro y le otorgaba a su semblante una dulzura casi intemporal. En aquel preciso instante supe que la belleza tenía su nombre.   

No dijimos nada, simplemente nos miramos a los ojos. Después nos cogimos de la mano y subimos al tren por última vez. Recuerdo que era un cercanías cuyo recorrido concluía en un pueblecito cercano a Birmingham. Buscamos un compartimento vacío y allí hicimos el amor por última vez. Ni tan siquiera temíamos que alguien pudiera sorprendernos. Sencillamente, no nos importaba.   

En cuanto llegamos a nuestro punto de destino, Miranda me besó lentamente en los labios y dejó caer en mi mano un papel antes de irse. Alguien había ido a buscarla en coche al apeadero, una amiga de confianza. Yo me quedé mirando cómo ambas se alejaban sin moverme. Cuando salí de mi aturdimiento, miré el papel que aún conservaba en mi mano izquierda. Era la dirección y el teléfono de su hermano Alfredo.   

Regresé a mi casa completamente desmoralizado. No hacía ni una hora que me había separado de ella y su ausencia ya me pesaba como una losa difícil de soportar. Intenté adaptarme de nuevo a la vida que había llevado antes de conocerla. Me resultó imposible. Las clases se me hacían intolerablemente aburridas. Además, ni mis alumnos ni yo poníamos el más mínimo interés en que éstas saliesen como debían.   

Por si eso no fuese suficiente, el resto de los profesores seguían tratándome con descortesía, incluso con beligerancia. Tras meditarlo con calma, decidí que no podía continuar soportando aquella angustia. Me acordaba de Miranda a todas horas. Aunque inicialmente me había mostrado reacio a hacerlo, tomé la determinación de llamar por teléfono a su hermano.

Según me indicaba en el papel, Alfredo Leblanc vivía a escasa distancia de mi domicilio. Pensé que una simple llamada bastaría para que él me contase algo sobre su hermana. Llevaba más de un mes sin tener noticias suyas y la situación era insostenible.    

Esperé a que acabasen las clases y llamé desde mi despacho. Tuve suerte porque su hermano no tardó en ponerse al aparato. Tras unas breves palabras de cortesía, me identifiqué como un buen amigo de Miranda. Él acogió mi presentación con reservas. Permaneció unos segundos en silencio al otro de la línea y yo no pude evitar un ligero sentimiento de vergüenza. Luego carraspeó y me invitó a que pasase por su casa. Acordamos que le haría una visita a la mañana siguiente.   

A juzgar por la zona residencial en la que vivía, Alfredo Leblanc debía gozar de una posición económica desahogada. Nada más verlo, también percibí en él las mismas maneras aristocráticas que distinguían a su hermana. Aunque se empeñaba en solaparlo, su carácter mundano se ponía continuamente de manifiesto en sus ademanes corteses y exquisitos.   

Me recibió junto a la imponente verja de hierro que circundaba su casa. Se trataba de una lujosa construcción de dos plantas, labrada en piedra, y con dos amplias zonas ajardinadas que flanqueaban la edificación. A pesar de su edad –el hermano de Miranda debía rondar los cincuenta años-  exhibía aún el frescor propio de la lozanía juvenil. Vestido elegantemente con un terno azul marino, su complexión atlética dejaba entrever cierta querencia por la vida sana y el ejercicio físico.   

Recorrimos el trecho que mediaba hasta la casa y me invitó a pasar a un pequeño salón. Su comportamiento era irreprochable. Sin embargo, había algo en su actitud que me inspiraba una ligera desconfianza. Por momentos tenía la impresión de que su aparente hospitalidad no era más que una pose forzada por las circunstancias. Me acomodé en un sillón y él permaneció de pie frente a mí. Me preguntó si quería beber algo y negué con la cabeza. Lo único que deseaba, en realidad, era que me suministrase información sobre el paradero de Miranda y cuanto antes mejor.   

Transcurrieron unos segundos antes de que empezase a hablar que se me antojaron francamente incómodos. Como suponía que él sabía muy bien lo que me había llevado hasta su domicilio, dejé que tomase la iniciativa. Alfredo Leblanc comenzó a pasear de un lado a otro del salón como un león enjaulado. Advertí que en su rostro se había dibujado una mueca de impaciencia.   

-¿Qué es lo que quiere saber exactamente?- me preguntó mientras me escrutaba con su penetrante mirada.   

-Algo sobre Miranda- respondí con espontánea sinceridad. –No sé … Qué hace ahora, dónde se encuentra, cómo le va con su marido.   

Lejos de apaciguarlo, mis palabras contribuyeron a que su incipiente malestar se hiciese más ostensible. El gesto relajado de su semblante se había convertido ahora en una mueca crispada que le transfiguraba el rostro. Resopló como un jabalí herido y clavó su mirada en mí, que no acababa de entender qué le producía semejante excitación. 

-Verá … Mis padres y mi hermana Miranda perecieron hace quince años en un horrible accidente de tráfico.-Sus palabras surtieron el mismo efecto que una fuerte bofetada en mi cara.

–Por desgracia, usted no es el primero ni será el último. Me revolví en el sillón y parpadeé con perplejidad. Estaba tan aturdido por lo que acababa de oír que no acertaba a reaccionar.   

-Pero … ¿Pero cómo? ¿Qué dice?- logré preguntar por fin.   

Alfredo Leblanc ya no me tuvo en cuenta a partir de eso preciso instante. Siguió hablando, absorto en sus pensamientos, como si se estuviese contando aquella increíble historia a sí mismo.   

-Desde aquella fatídica fecha hasta hoy más de una docena de caballeros se han dirigido a mí contándome siempre la misma historia. ¡Estoy harto de esa monserga: que si la conocieron en un tren, que si les facilitó mi dirección! No sé quién puede odiarme tanto como para hacerme esto. ¡Me está destrozando los nervios!   

-¡Pero eso es imposible!- me levanté del sillón como si con aquel gesto pretendiese restituir una cordura que parecía definitivamente perdida- ¡Yo me despedí de ella en la estación de ferrocarril hace algo más de un mes!   

-¡Muerta! ¡Le digo que está muerta!- el hombre que acababa de conocer unos minutos antes era ahora una patética caricatura arrasada por las lágrimas.   

De repente sentí que las piernas comenzaban a pesarme horriblemente. Un sudor frío me perlaba la frente y los nervios se enroscaban en mi estómago como una serpiente. Dejé a Alfredo Leblanc plantado en medio del salón y abandoné la vivienda. Necesitaba respirar, llenar mis pulmones de aire fresco para reponerme de la impresión.    

Mientras me alejaba de aquella lujosa edificación, una pregunta insistente, obsesiva, repiqueteaba en mi cabeza y golpeaba mis sienes como un percutor: ¿Me había convertido en el amante de un fantasma?





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