ÁNGEL VARELA | ¿Qué extraña criatura surgía en el tránsito entre el doctor Jekyll y míster Hyde? Quizás nunca lo sabremos. Lo único cierto es que, en contra de lo que creyeron los investigadores de la época, los desmanes que supuestamente protagonizaron los personajes de Robert Louis Stevenson, fueron atribuibles a un tercero en discordia. Un sirviente, de origen canadiense, que trabajó durante una temporada en la casa del doctor, confirmó esa hipótesis.
El que salía por la puerta era míster Hyde, pero el que cometía los atropellos era siempre el otro. Mary Louis Fletcher, la joven prostituta que fue ultrajada por el alter ego del científico, contribuyó con su testimonio a fortalecer esa teoría. La muchacha reveló, en su día, que Hyde no era más que un monigote anulado por la poderosa personalidad de la criatura que lo manipulaba.
Aunque hay mucha gente que desconfía de la veracidad de sus revelaciones, Mary Louis reveló incluso que Robert Louis Stevenson escribió su célebre novela presionado por ese siniestro desconocido. Ese fue, sin duda, su gran triunfo. Se aseguró la más absoluta impunidad, haciendo creer a todo el mundo que sus fechorías eran, simplemente, producto de la ficción.
¿Fue obligado entonces el escritor a crear sus populares personajes? Si hemos de creer el testimonio de la meretriz, es evidente que esa es la teoría más plausible. Sir Malcolm Scott, una de las más influyentes personalidades políticas de la época, miembro del partido conservador y amigo íntimo de Stevenson, admitió ante varios periodistas que la huida del escritor a las islas del Pacífico Sur estuvo motivada por causas de fuerza mayor.
A un requerimiento de los informadores, que no se habían mostrado muy satisfechos con su respuesta, sir Malcolm había añadido que su amigo tenía un miedo atroz a que alguien lo asesinase. En opinión del ilustre político, Stevenson había entablado una agria disputa con un desconocido, a quien le había confiado el desenlace de su célebre novela.
Al parecer, el narrador se mostraba partidario de acentuar la dualidad del personaje central de la historia. Sin embargo, su desconocido interlocutor discrepaba abiertamente de ese planteamiento. Posteriores investigaciones policiales confirmaron, para desgracia de Stevenson, que mientras éste exponía de forma ingenua un argumento puramente literario, la persona a quien se lo había confiado pensaba cuál sería el mejor modo de rentabilizarlo en la vida real.
¿Qué mejor tapadera para un delincuente que la fachada de un probo ciudadano que, en el fondo, oculta los impulsos primarios de un ser degenerado? Nunca, en el peor de los casos, podrían llegar a inculparlo de nada. El pobre Hyde y su pésima reputación salvaguardarían su impunidad para siempre. Esa inmejorable coartada, según sir Malcolm, fue la causa de que su amigo escritor decidiese escapar a un recóndito lugar del Pacífico Sur. Stevenson temía, con razón, que el desconocido le arrebatase el manuscrito por la fuerza para tratar de ponerlo en práctica.
Un nuevo testimonio vino a reforzar una teoría tan inquietante como sorprendente. Lawrence Alcott, un miembro de Scotland Yard que durante mucho tiempo le siguió el rastro a Hyde, admitió que había algo muy raro en su trayectoria criminal. En opinión del detective, el trasunto del doctor Jekyll solía sufrir frecuentes accesos de angustia. Además, tenía dificultades para recordar los detalles de los asaltos que protagonizaba. Y rara vez reconocía a sus víctimas, a pesar de que intimaba con algunas de ellas.
La desaparición de un informe médico y psiquiátrico elaborado por el Círculo de Highbury, un prestigioso grupo de galenos estrechamente vinculado a los tories, impidió arrojar algo de luz sobre la compleja personalidad del criminal. Y su providencial hallazgo, muchos años después, permitió desvelar una parte insignificante de la verdad.
El citado informe ponía de manifiesto que Hyde, lejos de padecer algún tipo de psicopatía, era en realidad un tipo simple incapaz de hacer daño a una mosca. De sus declaraciones a los médicos, se desprendía un reiterado y obsesivo temor a ser eliminado por aquel a quien servía. Al parecer, el alter ego del doctor Jekyll se refería a un individuo que ejercía una maligna influencia sobre él. Por mucho que lo intentaron, los expertos que lo examinaron no lograron nunca que les revelase su identidad.
Tampoco estaban muy claras las circunstancias que habían rodeado la desaparición del expediente médico, ni su sorprendente hallazgo al cabo de los años. Algunos vincularon el incidente a una estrategia de naturaleza exclusivamente política. Sin duda, la divulgación de las conclusiones médicas, elaboradas por el Círculo de Highbury, habría provocado un gran revuelo en el Londres victoriano de aquella época.
Además, el hecho de que los galenos que integraban el selecto club fuesen de marcada tendencia conservadora, habría acentuado el escándalo. Muy pocos lograrían entender que, en una sociedad rígidamente encorsetada y ferviente defensora de los valores tradicionales, un grupo de profesionales de prestigio accediese a brindar atención sanitaria a un paria como Hyde.
Lo cierto es que Stevenson desapareció en alguna isla del Pacífico Sur, el doctor Jekyll se recluyó en la soledad de su laboratorio y su socio siguió cometiendo todo tipo de fechorías.
Eleanor Jenkins, otra de las mujeres supuestamente ultrajada por Hyde, contribuyó a perfilar, con su testimonio, los ángulos oscuros de la historia real. La joven reconoció que había sido violentada, pero no logró identificar al autor de la agresión. Las pesquisas policiales confirmaron, posteriormente, que en el asalto había participado una segunda persona. La mujer, presa de un ataque de nervios, sólo había logrado reconocer al atacante que la sujetaba mientras el otro consumaba el acto sexual.
Los agentes de Scotland Yard se enfrentaban a un criminal inteligente y escurridizo, con un potencial delictivo infinitamente superior al que se le presuponía al alter ego del doctor. Transcurrió bastante tiempo sin que se produjesen apenas novedades importantes en la investigación. Durante algún tiempo Londres recuperó una engañosa tranquilidad. El regreso de Stevenson a Inglaterra tampoco sirvió para esclarecer el asunto.
La policía estaba desconcertada y no sabía qué hacer. Sin embargo, de la época de su retorno data una carta que, por su interés, se reproduce aquí textualmente. Estaba escrita y firmada por Samuel Henshaw, ilustre polígrafo británico y reconocida autoridad en el conocimiento de las lenguas clásicas. En ella se ofrecía al narrador la alternativa de reconducir una situación que se le había ido de las manos hacía mucho tiempo.
El tono de la misiva, a juzgar por lo que dicen los que tuvieron ocasión de leerla, era desapasionado pero apremiante, como si su autor pretendiese, de esa manera, reforzar un propósito puramente altruista.
Querido Robert:
He seguido con impaciencia todas las circunstancias que han rodeado la gestación de su célebre relato. No le digo nada nuevo si le aseguro que me honro con su amistad y disfruto con su exquisito ingenio intelectual. Sé que ha tenido problemas últimamente con dos de sus personajes más queridos.
Espero que disculpe mi atrevimiento, pero si le escribo estas líneas es porque considero que estoy en condiciones de ofrecerle una alternativa para que resuelva, de forma airosa, el problema que se le presenta.
Sé, por experiencia propia, que no hay nada más doloroso para un creador que la rebelión de los hijos literarios que ha engendrado. Causa una profunda desazón, no tanto que cobren vida propia, como que renieguen de la voluntad del escritor que los alumbró. Más ponzoñosa que la mordedura de la serpiente resulta la ingratitud. Sin embargo, la solución que le brindo pondrá punto final a sus padecimientos. Estoy seguro de ello.
Desde mi humilde discernimiento, el hecho de que se plantease una segunda parte de la novela garantizaría la normalidad de una situación que, por lo que me cuentan sus allegados, en estos momentos está lejos de satisfacerle.
No quiero forzarle con ello a nada que no esté dispuesto a hacer. Pero si he de serle franco, la idea de que sus personajes dispusieran de una segunda oportunidad, aunque sólo fuese en el plano de la ficción, le proporcionaría como autor la alternativa de reconciliarse con una realidad por la que, ahora mismo, sus personajes literarios campan a sus anchas.
En esa segunda parte, previa ponderación de las circunstancias concurrentes, podría incluso reinventar el argumento y otorgarle a Hyde las virtudes humanas que, a mi juicio, no muestra ni por asomo en la historia original. De ese forma, lograría al menos que los ciudadanos de bien se congratulasen del cambio.
No le oculto que cada vez son más las personas que buscan al doctor Jekyll, recluido en la soledad de su laboratorio, para que intervenga y ponga coto a los desmanes de su siervo. Por desgracia, mucho me temo que la naturaleza pusilánime de su carácter le impedirá proceder del modo que todos esperan.
Estoy convencido, por lo tanto, de que sólo usted puede, con su intervención, lograr que las aguas vuelvan a su cauce. Perdone si mi exposición ha resultado demasiado prolija, pero considero que la importancia del asunto bien lo merece. Espero y deseo que reflexione sobre todo cuanto le he propuesto en estas líneas. Sé muy bien, porque lo conozco, que sabrá estar a la altura de las circunstancias y de su privilegiada inteligencia.
Atentamente suyo
Samuel Henshaw
En contra de lo que muchos esperaban, Stevenson no prestó demasiada atención al consejo de su amigo. Es cierto que leyó la carta y reflexionó acerca de lo que en ella se decía, pero tenía un propósito claro e inquebrantable. Quería alejarse de aquella historia como fuese, olvidarla lo antes posible. Para ello resolvió que lo mejor sería regresar a su refugio en el Pacífico Sur, alejarse de la civilización y de las preocupaciones que ésta conllevaba.
Partió una mañana del puerto de Londres en un barco que lo llevaría directamente a la tierra anhelada. Sus amigos y conocidos se resignaron, por fin, a la idea de que no podrían contar con él para nada. Su incomparable talento literario había alumbrado una pareja de personajes célebres. Sin embargo, por razones que se le escapaban a todo el mundo, éstos habían cobrado vida propia en compañía de un tercero en discordia, y ahora no estaban dispuestos a renunciar a su independencia.
Los nuevos desmanes protagonizados por Hyde volvieron a agravar la situación. Sus actuaciones delictivas provocaron tanta alarma que las autoridades de Londres se vieron de nuevo obligadas a intervenir. El problema trascendía así el marco policial para convertirse en una cuestión de orden social.
Los responsables de Scotland Yard, apremiados por el alcalde, estaban a punto de volverse locos. Su sacrificada labor se veía obstaculizada, con frecuencia, por un principio jurídico universal: In dubio pro reo. Ellos no ignoraban, por supuesto, que era preferible dejar libre a un culpable, por falta de pruebas, que condenar a un inocente. Esa circunstancia añadía una considerable dosis de dificultad a su trabajo.
Se veían obligados, a menudo, a descartar líneas de investigación y trazar otras nuevas, lo que propiciaba una lentitud en su tarea que chocaba con los resultados que exigían, de forma apremiante, desde el ayuntamiento. Sabían que Hyde estaba detrás de la mayoría de las fechorías que investigaban. Sin embargo, no podían probarlo porque los testimonios de las víctimas aludían siempre a la existencia del agresor desconocido que lo acompañaba.
Tras numerosas reuniones se constituyó una comisión ciudadana. Sus cuatro integrantes se desplazaron hasta el domicilio del doctor Jekyll. Pretendían convencerlo para que éste hiciese entrar en razón a su violento alter ego. Como cabía esperar, el encuentro resultó infructuoso. El doctor, harto de las correrías nocturnas de Hyde, se había hecho fuerte en el interior de su casa y no estaba dispuesto a abandonarla fácilmente.
De nada sirvieron las continuas apelaciones de los miembros de la comisión al mantenimiento del orden. Su anfitrión no depuso su actitud en ningún momento y los remitió directamente a la policía. Sin alcanzar un acuerdo concreto, abandonaron su domicilio descorazonados. Mientras tanto, Hyde siguió haciendo de las suyas.
El testimonio de otra de las víctimas evidenció hasta qué punto podía llegar su crueldad. Margaret Green, una menor de edad con las facultades mentales disminuidas, tuvo la desgracia de cruzarse en su camino en una de las múltiples callejuelas que desembocaban en el puerto.
Como ya había ocurrido en anteriores ocasiones, el informe de Scotland Yard decía que el ataque a la menor había sido obra de dos hombres. Según la versión policial, Hyde se había limitado a sujetar a la víctima mientras su acompañante perpetraba la brutal agresión.
El ataque a la chiquilla provocó una verdadera conmoción en Londres. El alcalde y los principales responsables de la investigación dimitieron. Se constituyó una segunda comisión con el propósito desesperado de lograr sacar al doctor Jekyll de su voluntaria reclusión. Le enviaron varias cartas e intentaron, sin éxito, contactar con él en su domicilio. Alertados por el hecho de que no diese señales de vida, decidieron regresar a su casa acompañados por varios agentes. Tras franquear la puerta de entrada de su residencia se encontraron con una macabra escena. El doctor había puesto fin a su vida colgándose de una de las vigas del techo.
Su desaparición supuso un duro golpe para todos. Tras su muerte, nadie estaba en condiciones de pronosticar cuál iba a ser el desenlace de la historia. Inicialmente, todos responsabilizaron a Hyde de su trágica desaparición. Sin embargo, cuando éste también apareció muerto flotando en las aguas del puerto, la perplejidad se apoderó de los investigadores. Y su desconcierto se acentuó aún más al comprobar cómo, tres meses después de fallecer ahogado, alguien seguía perpetrando ataques similares a los que él había protagonizado.
Cinco mujeres más corrieron la misma suerte que las víctimas que se contabilizaban hasta entonces. Se constituyó entonces un comité de urgencia integrado por prestigiosos psiquiatras y varios médicos, alguno de los cuales pertenecía al Círculo de Highbury. Como la respuesta policial había fracasado de forma estrepitosa, las autoridades volvieron de nuevo los ojos hacia el mundo de la ciencia, en un desesperado intento por resolver el enigma.
Los miembros del comité sometieron la novela de Stevenson a varias lecturas. Escrutaron cada párrafo, cada capítulo. Albergaban la esperanza de encontrar alguna clave que les proporcionase la identidad del culpable. Todos sus esfuerzos resultaron estériles. Con Stevenson lejos de Inglaterra y con las muertes del doctor Jekyll y de míster Hyde se desvanecía cualquier posibilidad de resolver, de modo satisfactorio, el caso.
Durante varios años Scotland Yard continuó persiguiendo a un fantasma. Y cada vez se fue haciendo mayor el intervalo entre una agresión y la siguiente. Cuando su existencia no fue más que un mal recuerdo entre los londinenses, un médico de mediocre reputación y hábitos disolutos llamado Tobías Lardner pretensión, con escaso éxito, reabrir la historia.
El galeno en cuestión, que aseguraba haber pertenecido en su juventud al influyente Círculo de Highbury, juraba una y otra vez ante quien quisiera oírlo que conocía la identidad del misterioso agresor. Por supuesto, las autoridades no sólo castigaron sus advertencias con la más absoluta indiferencia, sino que incluso un comité médico dictaminó su ingreso urgente en un manicomio ante el serio trastorno de personalidad que, en su opinión, sufría el desdichado.
Confinado entre las cochambrosas paredes de una diminuta celda, con un esquizofrénico profundo por compañero que ni tan siquiera parecía oírle, tres días después de llegar al manicomio, comenzó a recitar un monólogo a modo de confesión que iba, en realidad, dirigido a sí mismo: -El mayor éxito del diablo consiste en hacernos creer que no existe. Ese fue, sin duda, su gran triunfo. Durante años garantizó su impunidad porque sabía que la pésima reputación de Hyde le protegía. Así me lo confesó en algunas de las charlas que mantuve con él en varias de las tabernas del puerto. Bebía mucho y lo odiaba. Sí, odiaba a su hermano con todas sus fuerzas y varias veces me juró que haría todo lo posible por hacerle daño, por vengarse de él. No soportaba sus ínfulas de gran caballero, su innegable talento para la fabulación. Mientras acumulaba reconocimiento y prestigio, él soportaba a duras penas un rencor que amenazaba con inflamarle las entrañas. Un buen día se dijo a sí mismo que también él alumbraría una obra maestra. ¡Y ya lo creo que la alumbró! La inteligencia creadora de su hermano le proporcionó las herramientas necesarias. ¡Un personaje que mostrase las dos caras de la condición humana y un estrecho pasadizo para deslizarse cómodamente entre ambas sin temor a delatarse!
Una mirada torva de su compañero de celda le empujó a callarse. Sin embargo, tras reponerse de la impresión, tragó saliva y continuó hablando:
-Podía seducir a una dama apelando para ello a la cultivada personalidad del Doctor Jekyll y, apenas cinco minutos más tarde, podía mancillar su honra sirviéndose para ello del perverso carácter de míster Hyde. ¡Qué acierto más extraordinario! Cometió su primera agresión empujado por el odio que sentía hacia aquel que también era de su sangre. Sin embargo, acabó creyéndose tanto su personaje que, al final, éste se apoderó de su personalidad por completo. Jamás pensó que el argumento de una historia, de un simple relato, pudiera proporcionarle un refugio tan seguro. ¡Qué lejos estaba su hermano de descubrir el arma tan formidable que, con su talento literario, le había facilitado! El doctor Jekyll salía por una puerta y míster Hyde entraba por otra. Pero el que siempre triunfaba en la calle era él. Llegó un momento en que vio amenazada su poderosa influencia y entonces obró con la contundencia que requería la ocasión. Intensificó la brutalidad de sus delitos, hasta el punto de que el propio creador se vio obligado a abandonar Inglaterra para evitar el escándalo. Después atacó violentamente al doctor Jekyll en su domicilio y se las ingenió para que pareciese un suicidio. En realidad, le resultó muy fácil acabar con él. Curiosamente, apuró los últimos instantes de su vida implorando la ayuda de Hyde. Eliminar al alter ego del doctor fue bastante más difícil. Era el único que amenazaba su dominio. Aunque opuso una feroz resistencia, finalmente logró arrojarlo a las frías aguas del puerto. Ahora tengo la certeza de que disfruta plenamente de su venganza. También él ha creado su propia obra maestra, aunque fuese a costa de destruir la de su propio hermano. Quizás te preguntes cómo se llama –el doctor exhibió una enigmática sonrisa y clavó sus ojos en su compañero de celda, que lo miraba babeando sin comprender nada.
-Pues bien, voy a decírtelo, infeliz. Se llama Alfred Stevenson y es … ¡Es el hermano bastardo de Robert Louis Stevenson!