EFE | Cuando
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firmaron esta semana su pacto para una
coalición de Gobierno hubo un gesto que marcará para siempre ese
momento: El abrazo que se dieron ambos líderes y que aparentemente ponía
fin a meses, si no años, de desconfianza y desencuentros.
Un abrazo que puso la guinda a un acto rápido, simple y sin apenas boato
a pesar de su trascendencia, porque puede desembocar en el primer
Gobierno de coalición de la democracia. Y un acto, en definitiva, que se parece muy poco a la
firma que tres años atrás protagonizó Sánchez con un aliado bien
distinto a Iglesias, el entonces líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Pues bien, si el éxito de un pacto es inversamente proporcional al de
su escenografía, Sánchez tiene, en esta ocasión, la investidura
asegurada.
La antesala del comedor de gala. Ni
siquiera el propio comedor. Y en un chaflán. Ésa fue la estancia del
Congreso elegida por PSOE y Unidas Podemos para que sus líderes firmaran
de pie, en una mesa instalada para la ocasión, su compromiso de diez
puntos. La culpa fue de la prisa, el secretismo o la
improvisación. O de las tres cosas, porque muy pocos de cada partido
sabían, hasta pocas horas antes, lo que iba a ocurrir. Y quienes se encargaron de montar el acto no lo supieron hasta muy poco tiempo antes de que se convocara.
Por eso no es de extrañar que cuando estaba ya todo listo y se acercaba
el momento de la firma faltara lo esencial: Los bolígrafos. Minutos de
nervios, hasta que personal del Congreso acabó facilitándolos.
Firmaron, hablaron poco -explicando cada uno de forma breve las razones
de su pacto-, se abrazaron entre sí y a los suyos y no comparecieron
ante la prensa para responder a sus preguntas.
Nada que ver con lo que pasó el 24 de febrero de 2016
Aquel día, la sala Constitucional del Congreso, con los retratos de los
padres de la Carta Magna como testigos, fue el lugar elegido por PSOE y
Ciudadanos para que sus líderes firmaran, con toda la solemnidad
posible, el acuerdo que debía hacer presidente a Sánchez. Algo que por cierto no fue posible, entre otras cosas, porque Pablo Iglesias se negó a facilitar aquella investidura.
Sentados, en una mesa en el centro de aquella estancia, firmaron
Sánchez y Rivera aquel acuerdo de doscientas medidas. Se levantaron y
estrecharon las manos ante el largo aplauso de dirigentes de ambos
partidos. Después llegó el abrazo, aunque pictórico.
Porque de allí ambos líderes se fueron hasta el vestíbulo de uno de los
edificios de la Cámara Baja en el que está colgada la obra "El abrazo"
de Juan Genovés.
Y allí dieron sus explicaciones a los medios, con ese
cuadro, símbolo de la Transición, como imagen de fondo. Hasta el último detalle se cuidó entonces. Y muy pocos detalles ha habido ahora.
Salvo el abrazo. Ese gesto que Iglesias improvisó y al que Sánchez se
prestó sin resistencia, en un intento por mostrar ambos una cercanía que
hasta entonces casi nadie veía posible. Tan distinta ha sido en definitiva la escenografía como el contexto político de los dos momentos.
En febrero de 2016, España no sabía aún lo que es una repetición
electoral tras el fracaso de los partidos para pactar, aunque lo
comprobó pocos meses después, en junio de ese año.
Ahora, el hartazgo de la ciudadanía es más que notable, la repetición ya
se ha producido y en lugar de despejar dudas solo ha hecho más
complicadas las sumas. Hace tres años, Sánchez era el
candidato alternativo porque el ganador de los comicios, Mariano Rajoy,
había declinado la propuesta del Rey de intentar la investidura.
Después vendrían las elecciones de junio de 2016, la dimisión de
Sánchez al frente del PSOE en octubre de ese año por no querer
abstenerse en la investidura de Rajoy, su regreso triunfal en las
primarias y la victoria en la moción de censura que le llevó a La
Moncloa en junio de 2018. Y vendrían también las
elecciones generales del 28 de abril de este año que dieron la victoria
al PSOE, pero tras las que Sánchez no logró -o no quiso lograr, como
siempre han apuntado sus rivales- los apoyos para ser investido y
desembocaron en los nuevos comicios del pasado domingo.
Ahora, cualquier suma es más difícil; Sánchez e Iglesias tienen menos
diputados; Albert Rivera -el firmante de 2016, que podría haber llegado a
ser vicepresidente- ha dimitido como líder de Ciudadanos ante el
desplome de su partido; el PP ha subido pero no lo que esperaba y Vox ha
doblado sus escaños. La volatilidad política es, si cabe, mayor. Eso sin olvidar la crisis en Cataluña.
Por eso esta vez Sánchez e Iglesias no han querido esperar más. Y por
eso tal vez, también, la firma ha sido tan sencilla y al mismo tiempo
tan significativa. A la espera de que otros -el
independentismo, por ejemplo- decidan si el preacuerdo de Sánchez e
Iglesias acaba en Gobierno, esta semana ha servido para recordar otras
imágenes de los dos líderes de la izquierda. Como la de aquel 30 de marzo de 2016, cuando Sánchez intentó sin éxito por última vez que Iglesias permitiera su investidura. Seguro que si acaban gobernando volvemos a verles bajar juntos la
Carrera de San Jerónimo como lo hicieron aquel día. Porque ninguno de
los dos lo puede negar: Les encanta una buena foto.