ÁNGEL VARELA | No sé si Scorsese llegó a leer El Quijote alguna vez pero, en cualquier caso, sí decidió asumir como suyo el compromiso épico del entrañable hidalgo de la Mancha cuando, siendo consciente de la polémica que suscitaría, se atrevió a calificar las películas de superhéroes de la Marvel y de DC cómics de parques temáticos que no tenían nada que ver con el cine.
El director italoamericano, renovador esencial del cine americano junto a gente como Coppola, Schrader, Spielberg o Brian de Palma, tuvo la gallardía de enfrentarse a los actuales gigantes del entretenimiento y emitió su certero diagnóstico. A su juicio, las actuales películas de superhéroes, desprovistas de su carísimo envoltorio y de sus apabullantes efectos especiales, quedan tan vacías como la cáscara de una nuez.
El veterano realizador, con películas en su haber que forman parte de la historia mayúscula del séptimo arte, regresa ahora a las salas comerciales gracias a Netflix y lo hace a lo grande. Su último título, El irlandés, a pesar de su abultado metraje -205 minutos- es una delicia que se disfruta y reconcilia al espectador más exigente con el mejor cine.
Además de un apasionante fresco histórico sobre un determinado período de Estados Unidos, la película de Martin Scorsese es un auténtico festival de interpretaciones prodigiosas. Todos sus chicos están a la altura y deslumbran con sus infinitos registros. Quizás no están todos los que son, pero si son todos los que están: Robert de Niro, Al Pacino, Harvey Keitel, Joe Pesci. Casi nada.
La violencia cruda y expansiva que está tan presente en su cine, y que obliga incluso a veces a apartar los ojos de la pantalla, aquí apenas aparece. Sin embargo, esa circunstancia no le resta un ápice de mérito a la función. Con saltos continuos en el tiempo, Scorsese domina con maestría los distintos meandros narrativos de la cinta y, casi sin darnos cuenta, nos envuelve de forma gozosa en la historia de un asesino a sueldo cuya nacionalidad proporciona el título a la película.