EFE | Marcela
Rodríguez, Miriam Amaya y Montserrat González nunca permitieron que
nadie les dijese lo que podían o no podían ser y hacer. Sobrevivieron al
franquismo, al odio, al fascismo, a la represión, e incluso al rechazo
del propio colectivo gay.
Hoy, en el Día Internacional de la Memoria Trans, estas tres
supervivientes se han sentado en el Parlamento de Canarias, en una mesa
testimonial, para visibilizar la realidad del colectivo trans durante la
dictadura franquista y denunciar la repercusión de las represiones
vividas durante esos años.
“Muchas veces oigo decir: ¿Cómo saben los niños que son
diferentes? Lo saben. Un niño que se siente diferente y que siente que
su cuerpo no le corresponde, lo nota, porque yo de niño lo noté”,
comienza Montserrat González, presidenta del Colectivo Gamá.
Las tres mujeres han resaltado que no tuvieron niñez, “porque si
nosotras notábamos que éramos diferentes, ellos también”, lo que
provocaba que las apartaran, que no las dejaran jugar con los otros
niños y que perdiesen credibilidad cuando les pegaban o se querían
defender.
De hecho, a Montserrat de pequeña, su madre
siempre le decía dos cosas: que no se dejase pegar y que estuviera
atenta por si había piedras cerca de donde estaba jugando. “Y gracias a
ella no me pudieron pegar, porque no me dejé”, añade la presidenta de
Gamá. Las activistas critican que la Constitución
española recoja, desde hace más de 41 años, que ostentan los mismos
derechos que cualquier otro ciudadano español, y que sin embargo, esa
misma Constitución no se haya aplicado al colectivo LGBTI.
En referencia
al auge de la ultraderecha a nivel mundial, las tres mujeres coinciden
en que se acercan “tiempos turbios”, aunque también se reafirman en que
no tienen miedo. Ya no.“Si con Franco no tuvimos
miedo, con estos menos”, remarca Miriam Amaya, quien, no obstante, se ha
mostrado “decepcionada” con las juventudes de hoy en día y su falta de
“lucha”.
“Hemos ganado pequeñas batallas, pero no la guerra. Hay mucho
por lo que tenemos que seguir luchando, como tener derecho a un trabajo
digno. ¿Por qué tenemos que estar siempre con la prostitución?”, ha
criticado Amaya. A este respecto, Montserrat
denuncia que las personas trans que ahora se acercan a la tercera edad
carecen completamente de recursos, pues al no permitírseles trabajar en
el pasado no han podido cotizar los quince años necesarios para poder
percibir una paga. Por eso, Marcela Rodríguez ha
instado al Gobierno central y a las instituciones a que cree centros de
mayores para personas transexuales, y ha confesado que ella misma se
tuvo que divorciar de su marido para poder lograr una paga no
contributiva “y poder vivir”.
“Me tuve que divorciar
por una paga de mierda, porque no me dejaron cotizar en los años en lo
que sí podía. Por gorda y por maricón”, relata Marcela, con lágrimas en
los ojos. Amaya, además de transexual es gitana, lo
que, asegura, le valió una doble discriminación. La activista reconoce
haber perdido la cuenta de las veces que ha entrado en una comisaria,
“unas mil y pico de veces desde los 14 años”, aunque hay una ocasión que
recuerda especialmente. Ocurrió los días posteriores a la primera manifestación{/strong} en favor de los derechos de los homosexuales de 1977, en Barcelona.
“Recuerdo
que el día de la manifestación no nos hicieron nada, porque estaban
todos los medios de comunicación, pero los días siguientes vinieron a
por nosotras, porque no nos podíamos esconder ni pasar desapercibidas”,
relata Amaya. A muchas de ellas no solo las
encarcelaron, sino que las sacaban a las cuatro o cinco de la mañana de
sus celdas para echarle zotal, un producto que se usa como desinfectante
y que ahoga la respiración. “Era como si te pusiesen en una cámara de
gas”, recuerda Amaya. Montserrat también quiso
recordar a “todos los maricones que mandaron al cementerio por
electroshock”, tanto en Fuerteventura como en Valencia.
“A muchos los electrocutaron hasta la muerte, pero de eso no se habla, nadie los nombra. Y eso es memoria histórica”, afirma.