El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

La incertidumbre del frío

17-01-2020 12:03:32

ÁNGEL VARELA | El avión de Air Europa aterrizó en Barajas a las nueve menos cuarto de la mañana. Mi hermano Alfredo fue a recibirme al aeropuerto. Fue precisamente él quien me había comunicado la trágica noticia por teléfono un día antes. Aún no acababa de creérmelo. Susana, mi amiga íntima de toda la vida, había fallecido en un accidente de circulación muy cerca de Madrid, en la carretera de La Coruña. Al parecer, el coche que conducía se había estrellado de frente contra un camión. Su muerte había sido instantánea.

Alfredo me recibió con el rostro desencajado. Sabía lo mucho que quería a Susana. Lo primero que hizo al verme fue propinarme un fuerte abrazo. Se dispuso a ayudarme con las maletas, pero yo decliné su ofrecimiento. Mi equipaje se reducía tan sólo a una bolsa de viaje en la que había guardado, de forma apresurada, un traje de franela gris, un par de camisas, una muda y una corbata.

Mientras caminábamos hacia el aparcamiento, Alfredo creyó oportuno referirme todas las circunstancias que habían rodeado la muerte de Susana. Según el informe de atestados, el conductor del camión había perdido inexplicablemente el control del mismo, invadiendo el carril contrario y estrellándose de frente contra su turismo, que a causa del impacto había quedado completamente destrozado.

Alfredo, al borde del llanto, me dijo que los bomberos habían tenido que emplearse a fondo para rescatar su cuerpo del amasijo de hierros en que se había convertido el automóvil. Mi desesperación crecía por momentos. Llegamos hasta la plaza del aparcamiento en la que tenía estacionado su BMW, nos subimos a él y arrancamos dejando atrás el aeropuerto.

¿Qué puede uno decir cuando pierde a un ser querido en tan dramáticas circunstancias? No paraba de darle vueltas a la pregunta en mi cabeza. Y lo que más me atormentaba, lo que más me preocupaba, es que no encontraba respuestas.

Alfredo me dijo que el entierro sería a las cinco de la tarde en La Almudena. Después se atrincheró en un silencio tan triste como el mío. Camino de su domicilio, en Moncloa, evoqué todos los momentos inolvidables que había disfrutado en mi niñez junto a Susana. Con treinta y ocho años recién cumplidos, tenía dificultades para recordar vivencias que se me antojaban muy lejanas en el tiempo. Era como si miles de hormigas se apoderasen de mi memoria y ésta se convirtiese en un leve rastro de azúcar.

No obstante, recordaba con especial nitidez los buenos ratos que había pasado con mi vecina de enfrente, que así era como llamaba a Susana cuando los dos teníamos trece años. Lo nuestro había sido siempre la crónica de un desencuentro sentimental. Nos habíamos conocido de niños, habíamos seguido tratándonos de adolescentes y habíamos consolidado nuestra amistad en los agitados años de la universidad.

A pesar de la fortaleza de nuestra relación, jamás habíamos permitido que los sentimientos interfiriesen lo más mínimo en nosotros. Yo flirteaba con todas las chicas que se ponían a mi alcance y Susana hacía lo mismo con otros compañeros de facultad. Hasta los dieciocho años, mucho tiempo después de haberla conocido, no dejé de referirme a ella como la vecina de enfrente. 

Su presencia me inspiraba tanto respeto que consideraba una osadía llamarla por su nombre. Ella, en justa correspondencia con el tratamiento que le otorgaba, hacía lo mismo conmigo y, de ese modo, yo era a sus ojos el vecino de enfrente. Durante nuestra etapa universitaria estrechamos los lazos de amistad que nos unían. Frecuentamos juntos interminables veladas literarias y numerosas sesiones cinematográficas.

Fue en esa época cuando el respeto que me infundía derivó peligrosamente hacia otro tipo de sentimiento. Yo, influenciado quizás por múltiples lecturas poéticas, no tardé en advertir que su físico me atraía. En muchas ocasiones estuve a punto de confesarle cuánto me gustaba. Sin embargo, nunca llegué a descubrir mis cartas, probablemente por temor a que pudiera interpretar mis declaraciones como una muestra de debilidad despreciable.

En ese terreno, ella había tenido el acierto de jugar sus bazas mucho mejor que yo. Susana jamás había llegado a insinuarme algo que pudiese trascender el sentimiento de la pura amistad, ni tan siquiera en aquellos momentos en que ambos habíamos intercambiado numerosas confidencias. Ella solía ponerme al tanto de sus decepciones amorosas, de sus ilusiones, pero todo se detenía ahí. 

Yo, por mi parte, le confesaba cuáles eran mis preferencias más íntimas o con quién me gustaría acostarme. Pero también me esforzaba para que no advirtiese en mí la más mínima sospecha de debilidad hacia su persona.

En el último año de carrera Susana conoció a Gerardo, el hombre que, con el transcurrir de los años, habría de convertirse en su marido. Su noviazgo, que duró algo más de diez meses, me obligó a ocultar aún más mis sentimientos. Si me había jurado a mí mismo que no iba a permitir que algún día descubriese lo que sentía por ella, menos lo iba a hacer en el momento en que Susana iniciaba su vida conyugal.

Lo nuestro, como siempre, debía mantenerse en el estricto plano de la amistad. Su marido, al que había tenido también ocasión de frecuentar en nuestra etapa universitaria, me acogió como si fuese un miembro más de la familia. Tolerante y educado, conocedor de la estrecha relación que me unía a Susana, bendijo nuestra amistad con todo tipo de parabienes.

Me estremecí al pensar qué iba a decirle, dentro de unas horas, cuando lo encontrase en el cementerio. La muerte acababa de arrebatarnos algo muy preciado a ambos, probablemente lo que más queríamos. Al lamentar la soledad de Gerardo, lo que hacía, en realidad, era dejar constancia de la mía.

Aunque es cierto que, tras la boda de Susana, había mantenido varias relaciones más o menos estables, ninguna de ellas había sido lo suficientemente sólida como para plantearse algo definitivo. El caso es que seguía soltero y, quizás por pereza, ya me había acostumbrado mal que bien a ese estado.

En el fondo me resistía a admitirlo, pero el matrimonio de Susana, lejos de apaciguar lo que sentía por ella, había contribuido a avivar ese fuego interior que amenazaba con abrasarme el corazón y reducirlo a cenizas.

A medida que su relación conyugal se consolidaba, yo deseaba confesarle a gritos la urgencia creciente de mi secreto, sentía la ferviente necesidad de comunicarle a Susana cuánto la reverenciaba. Sin embargo, la presencia de su esposo me inhibía y neutralizaba cualquier posible acercamiento por mi parte.

Con su nuevo estado civil, Gerardo y Susana comenzaron a espcomenzaron a volcarse uno en el otro y construyeron su íntimo refugio para protegerse de la intemperie, del frío de vivir. No obstante, su vida hogareña tampoco fue óbice para que yo siguiese frecuentándolos a ambos.

Todos los fines de semana acudía a cenar a su casa. Con cierta periodicidad, organizábamos animadas sesiones nocturnas en torno a una partida de trivial o de cualquier juego de mesa. Lo que en su día había considerado debilidad despreciable, ahora se volvía una necesidad inaplazable.

Barajé incluso la posibilidad de forzar un encuentro secreto con Susana, alegando cualquier disculpa para revelarle mis sentimientos. Cuanto más reparaba en la naturaleza descabellada e irreflexiva de esos pensamientos, más me veía obligado a actuar de forma impulsiva y alocada.

La posibilidad de aceptar una interesante oferta de trabajo lejos de Madrid neutralizó, de forma momentánea, mis obsesiones. Una empresa ubicada en Londres anunciaba en la prensa la contratación de un licenciado en Informática. Pretendía elaborar una serie de estudios relacionados con las más modernas tecnologías de la comunicación. Decidí que me presentaría a la selección. No sólo reunía los requisitos adecuados, sino que además sabía que un cambio de destino podría contribuir a que me olvidase de Susana y de su matrimonio. Así pues, viajé a Londres, me presenté en la sede social de la empresa y, durante dos días, realicé las pruebas correspondientes con quince candidatos más.

Al final, tuve menos dificultades de las previstas para conseguir el puesto. Había llegado a la última prueba con otro español que procedía de Santander. Mi dominio perfecto del inglés y el francés resultó determinante para que los responsables de la empresa recomendaran mi contratación.

Regresé a Madrid satisfecho. Tras comunicarle la noticia a mis padres y a mi hermano, llamé por teléfono a Susana. Le dije que, en cuarenta y ocho horas, trasladaría mi domicilio a Londres. Ella se alegró mucho. Me invitó esa misma noche a su casa para celebrar una cena de despedida. Iba a decirle que no, alegando cualquier pretexto, cuando unas últimas palabras suyas provocaron que cambiase repentinamente de decisión.

Gerardo, según acababa de decirme, se encontraba fuera de Madrid. Al parecer, la empresa en la que trabajaba como químico lo había enviado a Valencia a unos cursos de formación. Estaría ausente al menos cinco días. Al escuchar aquello, sentí como el cielo se abría sobre mí. Por fin iba a tener la oportunidad de estar a solas con ella. Y esa alternativa se me presentaba a sólo cuarenta ocho horas de que abandonase, de forma indefinida, la ciudad. Era evidente que ni podía ni debía dejarla escapar. Si iba a iniciar una nueva etapa de mi vida en Londres, quería al menos estar seguro de sus sentimientos hacia mí. Le contesté afirmativamente y le dije que estaría en su casa a las nueve y media de la noche.

Pasé todo el día nervioso, pensando cómo se desarrollarían los acontecimientos. Me presenté en su domicilio a la hora convenida. Ella salió a recibirme al portal más hermosa que nunca. Aunque hablamos de muchas cosas y no permitimos, en ningún momento, que nuestro ánimo menguase, lo cierto es que ambos interpretamos esa cena como la crónica de una despedida anunciada.

Durante el postre creí reunir el coraje necesario para confesarme ante ella. Sin embargo, mi impulso inicial dio paso a un ridículo balbuceo que, posteriormente, me sumió en un irritante silencio. Susana, cuya aguda intuición no había disminuido ni un ápice desde los lejanos años de la adolescencia, me preguntó con insistencia qué era lo que me preocupaba.

Yo, dispuesto a contradecir por fuera lo que me mortificaba por dentro, le mentí diciendo que el inminente traslado a Londres me tenía muy ocupado. De ese modo desperdicié una ocasión inmejorable para sincerarme con ella. Después la conversación derivó hacia otros derroteros y, cuando nos despedimos en el portal de su casa, el reloj marcaba ya las dos y media de la madrugada.

Los dos sabíamos que aquella era una despedida momentánea, que yo regresaría a Madrid siempre que el trabajo me lo permitiese. Pero, en el fondo, albergaba el temor de que aquel traslado marcase un punto de inflexión en nuestra amistad, y no precisamente para fortalecerla.

Ahora, dos años después de aquella despedida en el portal, me esfuerzo por evocar los últimos minutos de aquel encuentro. Si es cierto, como aseguran algunos, que la infinita piedad de la memoria conserva sólo los buenos momentos y rechaza los malos, entonces sí puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Susana me reveló algo con su mirada aquella madrugada en el portal que no llegó a salir de sus labios. Fue quizás un destello imperceptible, una súplica ahogada en el embravecido océano azul de su mirada. El caso es que yo la dejé allí, sumida en la penumbra, y mientras entraba en el ascensor tuve el presentimiento de que jamás volvería a verla.

Todas mis reflexiones llegaron a su punto final cuando estacionamos el coche frente al portal de la casa de mis padres, en el centro. El tráfico y un accidente en Gran Vía habían provocado que el trayecto desde Barajas se hubiese prolongado más de lo habitual. 

Subimos en el ascensor con la tristeza amartillada en el alma. Alfredo daba muestras de encontrarse tan afectado como yo. Nuestros padres estaban esperándonos ya en el descansillo de la escalera. Nos recibieron con un gesto de hondo pesar. Tras abrazarlos, entré en casa y avancé a través del pasillo reconociendo olores, recordando momentos pasados.

Fui directamente a mi habitación. En mi fuero interno albergaba la esperanza de encontrar algo que me recordase a ella. No resultaba tan descabellado. Los dos habíamos pasado tardes enteras allí cuando éramos apenas unos adolescentes, esperando a que mi madre nos sirviese una suculenta merienda.

Todo estaba como yo lo había dejado en el momento de desplazarme a Londres: la bicicleta de montaña junto a la pared, mi hucha de barro sobre la mesilla de noche y el póster de Al Pacino sobre la cabecera de la cama. Me aproximé hasta el escritorio y abrí uno de sus cajones. Tras revolver un par de minutos en su interior, encontré por casualidad un cuaderno escolar que debía llevar mucho tiempo allí. Al abrirlo al azar por una de sus primeras páginas, comprendí al instante quién había sido su propietaria.

Susana acostumbraba a olvidar sus estuches de lápices y sus cuadernos en mi casa. El que ahora sostenía con emoción entre mis manos, a juzgar por las fechas que aparecían escritas en su interior, tenía más de veinte años de antigüedad.

Comencé a leer con el corazón encogido. Antes de que el llanto me desbordase, recordé que nadie nos enseña a sufrir en la infancia. La vida ya se encarga, mucho tiempo después, de aprobar esa asignatura pendiente. El texto, trazado con una inequívoca caligrafía adolescente, decía:

Hola, me llamo Susana y mi vida es maravillosa, es casi un sueño del que no quiero despertarme. Mis padres me quieren, mis compañeros de clase me quieren y todo el mundo en general hace que me sienta satisfecha y bonita. Tengo un secreto que no he descubierto ni a mis amigas más íntimas. Lo he dejado escrito en el cuaderno para no tener que confesarme con nadie, me daría muchísima vergüenza. Estoy locamente enamorada de mi vecino el de enfrente.





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