ÁNGEL VARELA | Algunos de los títulos que optan al óscar a mejor película este año nos reconcilian con el mejor cine posible, aquel que deja un reguero perdurable de emociones en la retina y el alma del espectador. Afortunadamente, no todo está perdido. Y, a pesar de la vertiginosa y temible infantilización de buena parte del cine actual, aún resisten tras la empalizada del arte y la creación un puñado de realizadores que aún se esfuerzan por transmitir a los aficionados la idea de que aún es posible disfrutar de una buena historia hecha con talento, coraje y sensibilidad.
Sam Mendes, el director británico que aupó la franquicia de James Bond a sus mayores cotas de brillantez con dos títulos indispensables de la saga –“Skyfall” y “Spectre”- aspira a conseguir el óscar con “1917”, una película bélica ambientada en la Primera Guerra Mundial, rodada con una indiscutible solvencia técnica y apoyada en un excelente trabajo de fotografía y una soberbia banda sonora, que se ha convertido por merecimientos propios en una de las grandes favoritas.
El “Joker”, de Todd Phillips, reverso tenebroso de la progresiva infantilización de la franquicia de los superhéroes Marvel, es otro de los títulos de referencia de esta magnífica cosecha que, a base de talento, se impone sobre la ruidosa cacharrería de los espectos especiales y las historias más vacías que la cáscara de una nuez. La interpretación de Joaquín Phoenix, prodigiosa, es sin duda uno de sus mejores avales.
No podía faltar a esta estupenda cita el último trabajo de Martin Scorsese. “El irlandés”, con los bad boys de antaño, ahora retocados digitalmente para la ocasión por exigencias del guión, es otra de las películas indispensables de la temporada. Es un privilegio ver en la gran pantalla a gente como Al Pacino, Robert de Niro, Joe Pesci o Harvey Keitel. Todos ellos bordan su trabajo con tanta naturalidad que se diría que han sido gángsters toda su vida.
Y para completar este soberbio póker comparece finalmente Quentin Tarantino con “Érase una vez en Hollywood”, otro título que también sobrevivirá, con el paso de los años, a la resaca de cine vacuo y tontorrón que ahora, a mayor gloria de la parroquia adolescente, se apodera sin remisión de la agenda cinematográfica.