ÁNGEL VARELA | Aquel viejo estaba muerto. Sin embargo, las historias que contaba sabían a gloria. Y yo le debo muchas cosas a ese anciano. Él me enseñó, por ejemplo, que ningún paisaje es más hermoso que cuando se contempla a la luz del alma. También me reveló que, tras esa niebla que acaricia los contornos con el tacto invisible de una caligrafía de humo, existe un mundo único y cerrado en sí mismo.
Lo cierto es que, desde que escuché su testimonio, disfruto caminando por el bosque. En el fondo, albergo la esperanza de que alguno de los personajes cuya existencia me reveló en sus relatos, se presente en cualquier momento ante mí. No obstante, para forzar su hallazgo es preciso perderse en el corazón de la espesura, contemplar cómo el bronce dorado del atardecer desgrana sus últimas cuentas de luz en los caminos heridos de frío y soledad.
Es probable que el olvido sea el destino final de los hombres, pero siempre quedará la memoria de la tierra, esa letanía de lluvia y olor a pino que acompaña el paso del tiempo. El viejo sabe que hay ciertos conocimientos que no figuran en los libros. Hay que resbalar en silencio por la belleza estancada de los paisajes, dejar que los sentidos se fundan en un gélido abrazo con la luz del invierno para adquirirlos.
Acato fielmente los consejos de mi interlocutor y sigo un itinerario que ya es más espiritual que geográfico. Quiero decir que, no sé si la ubicación exacta de los lugares que recorro, pertenece más al secreto inventario de mis anhelos que a los mapas. En cualquier caso, sé que ellos vendrán a mí. El día menos pensado me sorprenderán con sus singulares historias. Son muchos los nombres que están grabados en mi memoria. Me proporcionan unacomprensión de la realidad muy distinta de la que yo había tenido hasta ahora.
Ellos también tienen una cosa en común con mi viejo confidente: todos están muertos. Pero el relato de sus extinguidas vidas me facilita las claves secretas para zambullirme en un mundo mágico e invisible. Por decirlo de alguna manera, pongamos que son difuntos que gozan de una excelente salud. Y es que en mi tierra nada es lo que parece. En ella conviene creer sólo un cuarto de lo que se cuenta y la mitad de lo que se ve. Si uno se tiene a esa ajustada proporción, es posible que llegue a comprender ciertas cosas.
De todos los personajes que he tenido la fortuna de conocer –gracias a la providencial intervención del anciano- hay algunos que aún me conmueven cuando evoco su historia. Lucrecia, por ejemplo, una niña que tenía la edad de la ternura en sus mejillas, estaba fascinada por el cuento del príncipe azul, que su madre le contaba a la luz de la lumbre en las duras noches de invierno.
Hasta tal punto llegaba el influjo que solía pelar cebollas todos los días para facilitar la secreción de las lágrimas. Después las guardaba con mimo en un diminuto recipiente de cristal y salía al bosque a capturar ranas. En cuanto se encontraba una, destapaba el envase y con un cuentagotas vertía un par de ellas sobre el cuerpo del batracio. Tras realizar la operación, permanecía un buen rato ante la rana, mirándola extasiada, con la secreta esperanza de que ésta se convirtiese en el príncipe azul del que su madre hablaba en las historias.
Al cabo de los años, Lucrecia se convirtió en una mujer hermosa y deseable. Y su príncipe azul, que a juzgar por la rudeza de sus modales tenía más de sapo que de rana, resultó ser un viajante de zapatos de un pueblo cercano. Jamás le confesó a nadie en vida el secreto de los batracios. Sólo después de muerta accedió a revelarle al viejo el relato que posteriormente éste me transmitió.
Al parecer, en las noches de luna llena, alrededor del nicho en el que guardan reposo los restos de Lucrecia, suelen congregarse numerosas ranas de todos los tamaños que acuden inexplicablemente al cementerio. De todos modos, yo creo que son meras supersticiones que no merecen demasiado crédito. Al fin y al cabo ¿Quién iba a querer verla allí si nunca está en su sitio? Me refiero a que, si he de hacer caso al viejo, aún camina por la fraga derramando sus lágrimas sobre las ranas incautas.
Había otros muchos personajes que también merecían ser recordados. Todos, sin excepción, tenían algo que contar. El bueno de Guzmán, obsesionado con sus antepasados, salía todas las semanas a buscarlos. Después de varias jornadas de infructuosa búsqueda, regresaba a casa descorazonado.
Un día se cansó de tanta frustración y desapareció para siempre en el corazón del bosque. Su padre lo encontró, cuarenta ocho y horas después, ahorcado en la rama de un pino. Había empleado para colgarse una cuerda de las que se utilizan para llevar las vacas a pastar. Nadie supo jamás qué motivo le había inducido a suicidarse.
El viejo me contó que, cada vez que se cruzaba con el fantasma de Guzman, éste le susurraba con voz grave: “Ahora sí, ahora sí voy a recibir órdenes de mis antepasados”. No todo el mundo podía vanagloriarse como él de tener hasta tres suicidas en la familia. Su hermano pequeño, un primo y el cuñado habían tenido el mismo destino. Los dos primeros se habían volado la cabeza con una escopeta de caza y el tercero también había optado por la soga.
La creencia popular atribuía su desaparición a ese viento del norte que, a juicio de muchos, anula el sentido común de las personas y las empuja a cometer todo tipo de locuras. De todos ellos, con quien mejor relación tenía mi interlocutor era con el cuñado de Guzmán. Los dos solían mantener frecuentes conversaciones en las que disertaban sobre lo divino y lo humano.
Cuando el viejo le preguntaba si no se cansaba de estar muerto, éste exhibía una sonrisa enigmática, chasqueaba la lengua y le respondía: “Algo bueno tendrá la muerte porque todos los ahorcados morimos empalmados”.
Algo parecido debía pensar Gabriel, el hijo del molinero, que no creía en las meigas pero, por si las moscas, prefería no hablar con ellas para que no cogiesen confianza. Un buen día se perdió en el monte y, tras caminar un buen rato, se detuvo ante un gran pino. Miró con detenimiento sus gruesas ramas y consideró que aquel era el árbol perfecto para cumplir su cometido.
Sin pensárselo dos voces, extrajo la cuerda que llevaba bajo la camisa y pasó uno de los extremos por encima de la rama que estaba más a su alcance. Luego hizo un lazo e introdujo su cabeza por él. Y a continuación ajustó el nudo corredizo hasta conseguir que éste le ciñese el cuello.
Tras concluir la operación, miró a su alrededor y no vio a nadie. Agosto ardía en su memoria y el cadáver despechado del invierno no era más que un lejano recuerdo. Esperó unos segundos sin moverse. De vez en cuando miraba a un lado y a otro.
Cuando estaba a punto de consumar su propósito, escuchó un ligero ruido a su derecha. Una expresión de perplejidad se dibujó en su rostro. Un cuervo, negro como las fauces de la noche, se posó sobre su hombro izquierdo. Emitió dos graznidos y abandonó su punto de apoyo para comenzar a revolotear con furia a su alrededor. Gabriel averiguó, al instante, que aquella era la señal que estaba esperando.
Comenzó a tirar con fuerza de la soga, pero su propio peso le impedía elevarse. Mientras tanto, el cuervo agitaba sus alas muy cerca de él. Realizó un nuevo intento para suspenderse en el aire y tampoco lo consiguió. La presencia del cuervo comenzó a irritarlo.
-¿Y tú? ¿Qué estás mirando?- le espetó con desprecio mientras trataba de tirar de la cuerda.
Por toda respuesta, el cuervo volvió a graznar y continuó revoloteando a su alrededor. Durante diez minutos más intentó colgarse sin éxito. Al cabo de ese tiempo, la rama se desgajó del tronco y cayó sobre él golpeándole la cabeza. Comenzó a sangrar a borbotones y se desplomó sobre el suelo alfombrado de hierba y agujas de pino.
No tardó en darse cuenta de que la herida era profunda, pero no lo suficiente como para provocarle la muerte. Sin poder moverse, aturdido por los efectos del golpe, empezó a sollozar. La situación ya le resultaba patética. El peor castigo de un suicida era vivir, contra su voluntad, para poder contarlo.
El cuervo, que había contemplado toda la escena a prudente distancia, se alejó volando. Antes de perder definitivamente el sentido, Gabriel fue incapaz de discernir si lo que resonaba en el aire eran sus graznidos o las carcajadas de una meiga.
Según el viejo, todos estos testimonios, que formaban parte ya de la memoria de la tierra, no estaban registrados en ningún lugar. Aseguraba que, intentar archivarlos, sería tan infructuoso como escribir el nombre de una mujer en el agua o tratar de explicar el triste autismo de la lluvia.
¿Y qué decir de Micaela? Esa anciana que, tras asistir a un entierro, regresaba a su casa y se tomaba una aspirina con medio vaso de agua. Micaela, que era persona humilde y sin estudios, albergaba muchos temores con respecto a la dama de la guadaña.
Por eso procuraba compartirlos con sus vecinas cada vez que acudía a un sepelio. De ese modo, el miedo siempre tocaba a menos.
Durante más de diez años su nieta había observado esa costumbre que la tenía intrigada. Un día se armó de valor y, por fin, se atrevió a preguntarle a su abuela por qué tomaba una aspirina cada vez que regresaba de un entierro. Micaela carraspeó, miró fijamente a su nieta y le dijo en tono confidencial: “Sólo la tomo para que no me vengan unas décimas de muerte”. Mi interlocutor se emocionaba cuando me contaba su historia. Intuyo que le tenía mucho cariño a esa anciana.
El viejo, que almacenaba en su memoria cientos de anécdotas, también me hablaba de determinadas características de la tierra. Recuerdo que solía decirme que la lluvia es algo que siempre ocurre en el pasado. Su húmeda obstinación configura, por completo, nuestra forma de ser. Su presencia resulta tan poderosa en nuestras vidas que hay quien afirma que el organismo de los gallegos está compuesto sólo de sangre, agua y melancolía.
Llegado este punto, el anciano me refería invariablemente la historia de Freija, la joven que llegó con la lluvia y se marchó con ella. Freija apareció un buen día en la orilla de la playa, varada en la arena como un náufrago, sin que nadie supiese su procedencia. Los que llegaron a frecuentarla, aseguran que tenía alma y corazón de pez.
Gran aficionada al cine, le gustaba mucho acudir a la única sala que había en el pueblo y disfrutar de las antiguas películas en blanco y negro, esas películas que, según decía, obraban el milagro de transfigurar la ficción en experiencia vivida, palpitante y fecunda.
Por supuesto, nadie entendía lo que quería decir con eso, pero a la gente le encantaban sus parlamentos.
Freija era una mujer esmerada y culta. Esa circunstancia acentuaba aún más su atractivo. No había un solo hombre en todo el pueblo que no estuviese perdido por ella. Aunque era de naturaleza extrovertida y le gustaba mezclarse con la gente, tenía una costumbre que desconcertaba a más de uno.
A Freija le encantaba que el agua empapase su cuerpo. Siempre que llovía con fuerza, abandonaba la habitación del hostal en el que residía y salía a la calle con gran alborozo. Ante el asombro de todos los que corrían a refugiarse en sus casas para protegerse del diluvio, ella hacía precisamente lo contrario. Exultante de felicidad, daba grandes brincos en la calle mientras imploraba al cielo, con los brazos abiertos, como si quisiera dar las gracias por recibir tanta lluvia. El día que desapareció para siempre reponían una película musical en el cine del pueblo.
Al llegar esta parte del relato, el viejo fruncía el ceño y su voz adquiría un tono deliberadamente grave. Creo que, con su actitud, quería darme a entender que esa historia era una de las que más le habían impresionado.
La joven había llegado puntual a la sala y se había acomodado en una de las primeras filas. No cabía un alfiler en el cine. Don Gregorio el propietario se había preocupadote promocionar debidamente la película a lo largo de la semana. La proyección transcurrió con normalidad hasta que un hombre comenzó a ejecutar unos pasos de baile bajo la lluvia. Con una agilidad sorprendente, giraba sobre sí mismo como una peonza y sorteaba los charcos mientras cantaba con gracia inigualable.
Aunque sostenía un paraguas en su mano derecha, no daba la impresión de que éste le prestase mucho servicio. El actor realizó un escorzo inoportuno, perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre la acera. Don Gregorio lanzó un exabrupto desde el fondo de la sala. Había visto aquella película media docena de veces y, desde luego, el protagonista no resbalaba ni en aquella secuencia ni en ninguna otra.
Sintió que un sudor frío comenzaba a perlar su frente. Era evidente que, con el bailarín lesionado, se acababa la película y adiós negocio. Cuando estaba a punto de interrumpir la proyección ocurrió algo inesperado. Freija estaba tan inmersa en la historia que no dudó en tomar el relevo del actor. Se incorporó rápidamente de la butaca, dio un brinco y se introdujo en la pantalla. Luego recogió el paraguas del suelo y empezó a bailar como si no hubiese ocurrido nada.
Los espectadores, emocionados, la obsequiaron con una prolongada salva de aplausos. Su providencial intervención evitó que la sesión se suspendiese. Mucho después de que la película hubiese concluido y de que el último espectador hubiese abandonado la sala, Freija aún continuaba bailando y cantando.
El viejo me reveló que nunca más se supo de ella. En el pueblo aseguran que se quedó atrapada para siempre dentro de la pantalla, prisionera de una ilusión que había resultado ser más poderosa que su vida, que la realidad que la circundaba. El cine de don Gregorio apenas sobrevivió un par de años a aquel suceso. La vertiginosa irrupción del vídeo y la progresiva disminución de público precipitaron su cierre.
La sala fue adquirida después por un consorcio privado, con el propósito de convertirla en un centro de ocio juvenil. Y alguien tuvo la ocurrencia de ponerle a la cafetería del citado centro el curioso nombre de “El paraguas de Gene Kelly”. En la entrada del establecimiento, justo en el lado izquierdo de la puerta, había una vitrina de cristal en cuyo interior se exhibía un paraguas de colores alegres que daba nombre al local. Según me confió mi interlocutor, don Gregorio aseguraba que era el mismo que Freija había utilizado en la película antes de desaparecer para siempre.
Y si la historia de Freija resultaba sorprendente, tampoco le iba a la zaga la de Lucas, el labrador al que los cuervos habían ocasionado graves pérdidas en sus sembrados. Todos los días, sin excepción, veía impotente cómo al menos una docena de ellos se dejaban caer sobre sus tierras causando grandes estragos.
Lucas empleó dos días y otras tantas noches en construir la que sería su arma definitiva. Al cabo de ese tiempo comenzó a sentirse satisfecho. El espantapájaros que había creado tenía apariencia verdaderamente humana. Con su cuerpo de paja y trapo, ataviado con una camisa de franela a cuadros y un raído pantalón, y tocado con un sombrero de fieltro, él sería el encargado de vigilar sus sembrados.
Impaciente por el envite, Lucas colocó el espantapájaros en una de sus fincas y comenzó la cuenta atrás. Todos los días se asomaba, por la ventana de su casa, para cerciorarse de que la presencia de su aliado resultaba disuasoria.
Los cuervos desaparecieron durante una semana. No logró ver ni uno. Sin embargo, regresaron al cabo de ese tiempo para estropear de nuevo sus sembrados. Y ya no eran una docena, sino mucho más. Lucas contempló, con estupor, cómo los invasores, lejos de sentirse amenazados por la presencia del monigote, lo desafiaban abiertamente. Los cuervos no se inmutaban e incluso se atrevían a aproximarse al espantapájaros.
Se dijo a sí mismo que tenía que resolver la situación como fuese. Se puso su mejor traje y se dirigió al pueblo. No tardó en encontrar a Clarisa, la mujer que todos tenían por meiga en el lugar.
-Dime Clarisa- se atrevió a preguntarle por fin. -¿Por qué los cuervos no le tienen miedo a mi espantapájaros?
La mujer, a la que le faltaban todos los dientes, exhibió una mueca de sorpresa y resopló fatigosamente.-¡Es un invento de Belcebú!
¡Es un invento de Belcebú!- exclamó agitando los brazos como si pretendiese esculpir los límites del aire.
-Pero … ¿Qué dices condenada?- inquirió Lucas, que no estaba para demasiadas bromas.-
Ese monigote no es de este mundo- le susurró la vieja Clarisa al oído. –Cuando los cuervos picotean tus tierras, él tuerce la cabeza y prefiere mirar para otro lado.
-¿Qué me dices insensata?- le gritó Lucas mientras se alejaba corriendo.
Clarisa exhibió una vez más su desvencijada sonrisa y le respondió.
-¡Es curioso, pero tu espantapájaros tiene alma de cuervo!
El caso es que Lucas regresó abatido a su casa. No quería creer lo que Clarisa acababa de revelarle. ¿A quién podía ocurrírsele semejante tontería? Un espantapájaros que, en lugar de cumplir con su cometido, prefería morir para otro lado cuando los cuervos arrasaban sus sembrados. Aquello no tenía sentido.
Empujado por la curiosidad, se aproximó hasta la finca en la que había plantado el monigote. Lo miró con incredulidad y, a medida que se aproximaba a él, comenzó a observarlo con recelo. Permanecía allí ante él, con los brazos en cruz, varado en medio de la tierra.
-Ojalá pudieras hablarme- dijo Lucas mientras le volvía la espalda y empezaba a alejarse.
En ese preciso instante, un ruido le hizo girarse. Se acercó de nuevo al lugar en el que se encontraba el espantapájaros. Percibió algo extraño en su cuerpo de trapo y paja. Con un intenso brillo en los ojos, temiéndose lo peor, Lucas puso su oído izquierdo sobre el pecho del monigote, tratando de auscultarlo.
Sintió como un sudor frío empezaba a empaparle todo el cuerpo. No supo si atribuirlo a los nervios o al estado de ansiedad que le embargaba. Lo cierto es que lo último que escuchó, antes de huir despavorido en dirección a su casa, fueron los latidos de un corazón que no era el suyo.
Otro de los singulares personajes cuya existencia me refirió el anciano era Eusebio, el marinero apócrifo. Jamás en su vida había abandonado la tierra firme. Sin embargo, solía relatarle a todos cuantos se le acercaban sus magníficas proezas en los mares del Sur. A juzgar por el testimonio de los que le escuchaban, Eusebio contaba tan bien y con tanta gracia las mentiras que, precisamente, por eso le prestaban atención.
Un coro nutrido de parroquianos seguía al detalle sus peripecias cada vez que se dejaba caer por la taberna. No obstante, nada suscitaba tanto entusiasmo entre sus oyentes como su particular interpretación del mito de Ulises. Eusebio afirmaba que, cada vez que bordeaba la costa en su barco, tenía que atarse al mástil para evitar que la llamada traicionera de los percebes lo arrojase contra los arrecifes. Y es que, a diferencia del mítico héroe de Homero, al imaginario pescador no lo tentaban las sirenas, sino los percebes que crecían en las rocas.
Si he de hacerle caso al viejo, Eusebio adornaba con tanta elocuencia su relato, le imprimía tanta agilidad a la narración que su audiencia solía obsequiarlo con una cerrada ovación cada vez que concluía una de sus historias. Tras escucharlo, algunos regresaban a sus casas entre confusos y sorprendidos. Se preguntaban cómo era posible que alguien –en este caso el marinero imaginario- llegase a adquirir tanto conocimiento sobre el mar como para discernir incluso el sexo de los percebes.
Otro personaje que a menudo llamaba la atención de mi interlocutor era Germán, el monaguillo de la iglesia de Santa Marta, que de tanto tocar las campanas en vida, había legado una sordera irreversible a su espíritu. Ahora se había convertido en una enamorado del silencio y cualquier ruido lo sobresaltaba. Por eso se perdía siempre en las profundidades de la espesura, para recuperar el sosiego del que no había disfrutado mientras vivía.
El espíritu de Germán sabía que el silencio podía modelarse de múltiples y variadas formas. También era consciente de que podía emplearse, como un bálsamo, contra aquellas heridas que no se ven, pero casi siempre duelen: las del alma.
El silencio no tenía una composición definida, ni tan siquiera tenía textura, olor o sabor. Y a veces era tan fuerte que las palabras se limitaban a expresarlo. Jamás pedía permiso para manifestar su poderosa presencia, hervía en las pasiones y en los recuerdos. Y, con cierta frecuencia, solía traspasar los corazones de los hombres.
En opinión del viejo, Germán nunca adoptaba una actitud concreta para ir a su encuentro. Siempre dejaba que viniese a buscarlo, sin prisas, sin grandes aspavientos. Casi sin darse cuenta, el sosiego se apoderaba de su alma como el vaho espeso que sale de los establos al atardecer.
Sus paseos por aquellos caminos remotos con fuentes de agua helada y cristalina le servían de inmejorable escenario. Y, en esos instantes, creía sentirse a salvo de todo, ajeno al inescrutable significado del azar. Sólo algunos pájaros incendiados en sangre aleteaban furiosamente en su memoria y avivaban la llama de sus recuerdos. Pero la agitación no tardaba en cesar. Oculto en el corazón del bosque, antes o después el silencio terminaba por protegerlo con su abrazo invisible.
Si la historia de Germán conmovía al anciano, la de Jacinto el carpintero no le sorprendía menos. Había luchado en la Guerra Civil del lado de los republicanos y, además, lo había hecho en uno de los frentes más cruentos: el del Ebro. El horror de la guerra y de la muerte lo habían convertido en un ser retraído. Los que lo conocían aseguraban que su carácter era atribuible a las traumáticas experiencias que le había tocado vivir. Nunca hablaba con nadie y siempre se le veía solo. Durante las fiestas de la parroquia Jacinto se volvía irritable. No soportaba el estruendo que producían los fuegos artificiales ni el rumor de la muchedumbre.
Durante los tres días que se prolongaban las fiestas patronales, deambulaba aturdido de un lado a otro, como un muerto viviente. Tanta jarana no iba con él, que prefería los lugares apartados y la única compañía de los pájaros del bosque.
Un buen día desapareció sin dejar rastro. Y nunca más volvió a saberse nada de él. Según sostiene el viejo, alguien lo vio en una fría tarde de diciembre caminando por el sendero que conducía al bosque. Al parecer, Jacinto llevaba puesto el uniforme con el que había combatido al lado de los republicanos. Aunque mi interlocutor afirma que no se puede creer todo lo concerniente a ese episodio, hay quien dice que fue, en aquel instante, cuando rompió por primera y última vez su mutismo.
Jaime de Rivas, que coincidió con él en uno de los caminos, asegura que cuando le preguntó adónde se dirigía y, aún sin esperar respuesta alguna, Jacinto exclamó muy serio:
-Voy a hablar con ellos, voy a reunirme con mis antepasados.
Traté, muchas veces, de localizar en los mapas el pueblo al que se refería el viejo. Sin embargo, jamás logré encontrarlo. En el lugar del que supuestamente hablaba, sólo había un cementerio circundado por una gran extensión de monte bajo. Recorrí aquella zona en coche durante un par de semanas y regresé a mi casa bastante decepcionado. Al final, llegué a la conclusión de que sólo existía en su memoria y en sus sueños.
Supongo que no hay constancia por escrito de todo cuanto me reveló. Aunque los muertos disponen de todo el tiempo del mundo, no creo que entre sus muchas ocupaciones figure la de legar algún tipo de testimonio para la posteridad. Un buen día mi interlocutor desapareció y nunca más supe de él. Lo último que recuerdo de su persona es que la sombra que proyectaba al alejarse era la de un cuervo.