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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

HABLEMOS DE CINE

Érase una vez el oeste

24-01-2020 11:45:06
Sala de cine.

ÁNGEL VARELA | Para hablar sobre “Pioneras”, la novela de Silvia Coma ambientada en el salvaje oeste y editada recientemente por la Esfera de los Libros, es conveniente antes dejar constancia de un breve apunte biográfico. La autora de la novela es hija de Javier Coma, un gran especialista del séptimo arte y al que le debemos, entre otras muchas publicaciones de referencia, una serie de magníficos diccionarios sobre los géneros clásicos del cine norteamericano: el western, el cine negro, el de aventuras y un cuarto sobre films míticos. 

La propia escritora declaraba, en una entrevista publicada en un diario, que había crecido viendo westerns clásicos y escuchando música del oeste. Y, a juzgar por sus declaraciones, no hay duda alguna de que, ya desde la primera página de su novela, se percibe una evidente fascinación por el amplio imaginario visual del western. 

Silvia Coma, que se declara una ferviente admiradora de “Centauros del desierto”, la obra maestra de John Ford, despliega en las páginas de su novela una notable erudición cinematográfica que nos remite, en algunos de sus pasajes, a títulos inolvidables del género. 

Por el andamiaje argumental de “Pioneras” no sólo pueden rastrearse las huellas manifiestas de “The searchers”, -el título original de “Centauros del desierto” que hacía referencia a los hombres que buscaban a la niña raptada por los comanches- sino que también pueden percibirse ecos del “Río Bravo”, de Howard Hawks, con ese inequívoco enaltecimiento de la camaradería masculina en un mundo despiadado y fronterizo, e incluso la alusión explícita a “Degüello”, la melodía que los mejicanos del general Santa Ana les tocaban a los norteamericanos asediados en El Álamo para desmoralizarlos. Además, se perciben igualmente en sus páginas influencias inequívocas de “ Los comancheros”, uno de los mejores westerns de Michael Curtiz. 

Amena y ágil de lectura, “Pioneras” no desdeña además una apreciable vocación etnográfica y alcanza sus más notables logros narrativos cuando proporciona valiosa información sobre los comanches. Y, muy especialmente, cuando nos habla de algunas de las atroces torturas que las indias de esa tribu infligían al enemigo ya que, aunque parezca sorprendente, eran las mujeres y no los guerreros las encargadas de idear los tormentos que aplicaban a los que caían en sus manos.

El principal protagonista masculino de la novela, ese hombre duro e introvertido que se dedica a rescatar cautivos de los indios, es un trasunto de ese otro personaje que hemos visto en algunos de los mejores westerns del género: John Wayne en “Centauros del desierto”, Randolph Scott en “Estación Comanche”, Robert Redford en “Las aventuras de Jeremías Johnson” o Richard Boone en “Rio Conchos”. 

Como muy bien apuntaba Ángel Fernández Santos en su excelente libro “Más allá del oeste” –título imprescindible para los aficionados al género-: “ Infinidad de hombres torvos y atormentados transitan de un lado a otro en la rugosa cartografía del western. Huidizos, herméticos, lacónicos, esos hombres nunca se quedan a donde llegan, siempre están de paso y su comportamiento esquivo tiene algo de tapadera de un abismo sin fondo, inaccesible. 

Cabalgan, cabalgan sin descanso y, mientras lo hacen, ocultan algo. En la vasta mitología del cine del oeste nos encontramos, con frecuencia, con sujetos que deambulan, aparentemente sin rumbo, en busca de una oscura rehabilitación”. 

Los personajes que aparecen en la novela de Silvia Coma participan también de ese planteamiento, de hondas raíces clásicas, que nos remite nada más y nada menos que al legendario Ulises que, tras tomar parte en la mítica guerra de Troya, transita sin descanso para regresar a Ítaca, la isla en la que le espera su amada Penélope. 

En “Pioneras” también está muy presente la admiración por la naturaleza, las fascinación por esa tierra dura e inhóspita que, sin embargo, depara ocasionalmente a sus sufridos moradores momentos de una belleza íntima y convulsa. En algunas de las páginas de la novela laten, con fuerza, ecos del pensamiento de Henry David Thoreau o Waldo Emerson.





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