EFE | Beatriz cuenta las horas para salir del encierro que mantiene en su
apartamento en Yiwu, en la provincia China de Zhejiang, donde desde hace
once días solo ve a una persona: la trabajadora que cada tarde toma su
temperatura corporal y anota el registro en un cartel en la puerta de
casa, a la vista de sus vecinos.
Esta profesora de español de 28 años está en su casa en una de las
regiones chinas más afectadas por el coronavirus. No tiene síntomas de
la enfermedad, pero está en cuarentena preventiva desde que regresó a
China el 29 de febrero procedente de España, pues las autoridades,
cuenta, quieren cerciorarse de que no trae de vuelta el virus ahora que
han conseguido controlarlo.
Ya solo le quedan tres días para salir de su domicilio y volver a
retomar contacto con el mundo exterior, aunque en el fondo, explica en
conversación telefónica con EFE, la ciudad sigue sin actividad, con los
colegios, los cines y los bares cerrados al público, y buena parte de la
gente que sale a la calle solo cuando es imprescindible.
En estos días, Beatriz Pérez se refugia en Internet, donde trata de
entender los "enfoques opuestos" de los Estados para hacer frente a la
enfermedad y vive con angustia ambos polos: tanto el recorte a las
libertades individuales que a su juicio opera en China, como su propio
"miedo" a que se contagien en Madrid sus padres y abuelos ante unas
políticas públicas menos restrictivas.
"No comprendo cómo he llegado hasta aquí pero me he ido acostumbrando a
esta situación. Mi casa es bonita, la tengo decorada, me siento a gusto y
puedo ir cambiando de estancia...", relata Beatriz Pérez, envuelta en
la nostalgia de ponerse unas botas y salir a pasear bajo la fina lluvia
que -dice- ve desde su ventana.
Todos los días imparte una hora y media de clase online a los
estudiantes de su instituto, un gesto con el que consigue que su centro
educativo le pague el 95 por ciento de su salario. También sus jefes
ejercen sobre ella -cuenta- control desde la distancia: cada día debe
remitir al centro educativo por la mañana y por la tarde su temperatura
corporal.
Dice a EFE que lleva mejor la soledad que la sensación de estar
"marcada": en la puerta de su casa han colocado una silla con la que se
siente señalada en su cuarentena. Cada día le dejan en ella el desayuno,
la comida y la cena. A la hora prevista, Beatriz se asoma al vestíbulo y
recoge sus alimentos.
Además, en el día 8 de su encierro, acudieron de imprevisto a su casa
para avisarla de que, por orden del gobierno, habrá un papel colgado en
su puerta que notifique su temperatura corporal. "¿Cuál es la finalidad?
No creo que tenga la respuesta nunca", asegura.
Beatriz no se siente comprendida por los ciudadanos del país en el que
reside desde hace tres años en la rabia y el sentimiento de libertad
condicionada que le generan estas medidas a las que se ha sometido sin
siquiera tener síntomas de padecer el COVID-19. "Ellos viven las restricciones como algo necesario, como una lucha
conjunta para derrotar al virus. Tienen mucho miedo, apenas salen a la
calle, y, si lo hacen, van siempre con mascarilla", explica esta
profesora madrileña tan influenciada por su experiencia china que ahora
recomienda encarecidamente a sus abuelos que salgan a la calle en Madrid
con este elemento de protección.
"Aquí lleva mascarilla todo el mundo... Si no la llevas, te miran como si estuvieses desnudo", se justifica. Porque ahora las tornas han cambiado y es ella la que mira desde su
"refugio" chino cómo evoluciona el COVID-19 en la Comunidad de Madrid,
donde residen prácticamente todos sus familiares y amigos.
Y donde, asegura, volverá si la normalidad no retorna pronto a la ciudad
china en la que vive, que lleva dos meses paralizada por el virus. "A
mi me gusta mi rutina, ir al trabajo, al gimnasio, salir a cenar o a
tomar algo con mis amigos... Pero si la situación sigue así, yo creo que
me vuelvo a Madrid", explica Beatriz. Lo que está por ver es cómo evolucionará de aquí a entonces el día a día en su ciudad natal.