El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | CUENTO

El itinerario

29-04-2020 16:46:51

ÁNGEL VARELA |  Yo siempre lo había tenido muy claro. “Viajo a través de tí para conocer mi propia geografía”, solía decirles a aquellas mujeres con las que compartía ocasionalmente el lecho. El cuerpo femenino, cualquier cuerpo femenino, constituía para mí algo más que una mera referencia carnal.

Entregado a la inercia puramente animal de mis sentidos, cada vez que me desplomaba sobre los muslos inflamados de alguna amante, creía trazar un apasionante itinerario interior del que definitivamente quedaba excluida la rutina. Los besos, las caricias o los dulces mensajes susurrados al oído no eran sino medios para alcanzar un fin trascendente: huir de este mundo gris y sin sentido a través del goce de la carne.

Sabía, además, que esa era la única alternativa que me quedaba para guiarme en un entorno hostil y ajeno a mí. El cuerpo de la mujer aparecía ante mis ojos como el último recurso para sortear la muerte con éxito. Siempre actuaba con arreglo a la máxima que, hace ya muchos años, me había revelado mi abuelo: “Recuerda, Lucas, que no hay mujeres frías. Sólo hombres estúpidos que no saben tocar las cuerdas de la guitarra que tienen entre manos”.

Para mí, una amante insatisfecha suponía una pérdida de equilibrio interno, un despiste imperdonable a la hora de seguir el camino que firmemente me había marcado. Durante mucho tiempo amé por igual a mujeres jóvenes y maduras, hermosas y feas. Lo realmente importante, en mis escarceos amorosos, era avanzar a través de ellos, surcar el misterio que constituían los cuerpos de mis amantes para profundizar en su autoconocimiento. Disfruté de momentos de gran esplendor.

La historia que cambió radicalmente mi existencia comenzó a gestarse en un café situado a las afueras del puerto. En ese establecimiento, a altas horas de la madrugada, solían coincidir tipos cuya mirada parecía derrapar en cualquier curva del pasado. Y mujeres con un poso de ternura en el borde de sus labios.

Yo frecuentaba el café un par de días a la semana. En más de una ocasión la velada nocturna me había resultado propicia y había logrado intimar con alguna dama. Aquella noche, la que recordaría para siempre, llovía con furiosa obstinación sobre la ciudad.

Salí de mi domicilio y cogí un taxi que me llevó, directamente, hasta el local del puerto. Una vez traspasada la entrada del mismo, el ritual se repetía invariablemente: pedía un gin tonic, me acodaba en la barra y dejaba que los minutos transcurriesen sin prisa. A veces también entablaba alguna conversación desinteresada con alguno de los dos camareros.

Aquella noche mi estado de ánimo estaba en consonancia con la tormenta que azotaba la ciudad. A mis numerosas dificultades en el trabajo, había que añadir la inoportuna enfermedad de mi padre, circunstancia que me obligaba a pasar bastante tiempo con él cuidándolo ya que era viudo.

Ahora, con esa reposada perspectiva que le otorga a uno el paso del tiempo, no soy capaz de recordar en qué momento de la madrugada la vi a ella, mezclada entre la clientela. Era una joven atractiva de aspecto aniñado y tez morena. La miré de soslayo y no tardé demasiado tiempo en sentirme atraído por ella. En apenas un par de minutos, nuestras miradas se cruzaron como un relámpago que arrancó destellos de un deseo de animal herido.

Antes de que ambos nos diésemos cuenta, estábamos uno junto al otro en la barra charlando animadamente y disfrutando de la velada. Cuando los camareros anunciaron el cierre del establecimiento, me ofrecí a acompañarla hasta su casa. La joven, que se llamaba Ofelia, no me puso ninguna objeción. Vivía a escasa distancia del puerto. Yo pensé que aquel ofrecimiento haría el recorrido más agradable.

Fuimos caminando sin darnos ninguna prisa porque ya había dejado de llover. Al llegar al portal del edificio en el que residía, la joven intercambió una mirada de complicidad conmigo. Yo sentí la necesidad de besarla, de apurar hasta el final el deseo que me provocaba su cuerpo de golosina. Sin cruzar una sola palabra, entendí el gesto de Ofelia al instante.

Entramos en el edificio y subimos en el ascensor. Yo notaba cómo mi corazón bombeaba sangre con fuerza. Al llegar al tercer piso, el ascensor se detuvo y ya no pude esperar más. Me abalancé sobre ella, la estrujé contra mi pecho y le mordí los labios. Ofelia se abandonó dulcemente a la presión que ejercían mis brazos, cerró los ojos mientras ronroneaba como una gata en celo.

Sin dejar de prodigarnos carantoñas, entramos en el apartamento en el que ella vivía sola. Pasamos por el salón sin detenernos y fuimos directamente a la habitación. Por el camino quedaron, de forma precipitada, mis ropas y las suyas.

“Quiero que sepas que viajaré a través de tu cuerpo para conocer mi propia geografía”. Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de que nos fundiésemos en un interminable beso sobre la cama. Deletreé con ternura la suave caligrafía de su piel, me enrosqué entre las verdes algas de su mirada.

Cuando estaba a punto de entrar en ella, sentí que había ocurrido algo que había alterado el desarrollo normal de los acontecimientos. No supe concretar en qué preciso instante había sucedido. Pero sí tenía la certeza de que el cuerpo de Ofelia se presentaba ahora ante mis ojos como un laberinto extraño en el que no me reconocía. Intenté sobreponerme a esa situación, pero me resultó imposible.

Comencé a cabalgar de forma furiosa el cuerpo que yacía bajo el mío, desorientado y confuso. Descubrí, con creciente inquietud, que cuanto más placer le proporcionaba a mi amante, más lejos me sentía yo de disfrutar del mío. Ahora ya no viajaba a través de aquella mujer, como había hecho antes con docenas de amantes.

A medida que ambos saciábamos la tormenta del deseo, sospeché que cada vez se iba alejando más y más de mi propio cuerpo, de mi propia geografía carnal. Y de repente, como si la verdad me hubiese sido revelada a través de un relámpago, lo entendí todo y tuve miedo, mucho miedo.

Ofelia se retorcía en violentos escorzos, se revolvía como una perra en celo y gemía de puro placer. Mientras tanto, yo asistía perplejo a la consumación de un coito en el que sólo tenía asignado un papel de comparsa. Por primera vez, supe que tendría que recurrir a mi memoria para salir airoso de aquel trance.

Levanté ligeramente la cabeza y lo que vi me llenó de espanto. Frente a la cama había un espejo en el que se reflejaba mi propia figura, observando cómo le hacía el amor a Ofelia. Me dijo a mí mismo que eso no podía estar ocurriendo. Si el espejo me devolvía la imagen de mi figura, en estado vigilante y en absoluta verticalidad. ¿Quién era entonces el que, en ese preciso instante, hacía gozar a mi amante sobre la cama?

Tras una breve vacilación, supuse que era yo desprovisto de conocimiento. Es decir, sin toda la sabiduría y experiencia que me otorgaba el haber besado antes otros labios, el haberse apoderado del íntimo secreto de muchas mujeres. Ahora estaba atrapado en medio de un largo y tortuoso camino. Y mi propia figura, que no dejaba de reflejarse en el espejo cada vez que la miraba, empezaba a observarme con un gesto no exento de cierta conmiseración.

Ofelia me había arrebatado todo lo que sabía. Entre los tentadores meandros de su cuerpo se habían diluido, para siempre, mi memoria de amante y mi sabiduría. Me sentía como un niño desvalido e indefenso, huérfano de referencias sentimentales. No había mapas ni cartas esféricas para navegar por el cuerpo de una mujer. Yo lo sabía muy bien. Tendría que arreglármelas solo para regresar al punto de partida, para recuperar mis conocimientos.

Miré de soslayo a mi propia figura, que seguía observándome imperturbable desde la bruñida superficie del cristal. Mientras tanto, Ofelia, ajena por completo al conflicto, se arrebujó entre las sábanas y emitió un prolongado suspiro. Estaba agotada, satisfecha y un profundo sueño reparador comenzaba a apoderarse de ella.

Yo traté de recordar anteriores episodios sentimentales de mi existencia. Ahora ignoraba por completo cómo se besaba a una dama, cómo se la acariciaba. La mujer que se encontraba a mi lado había absorbido toda mi experiencia como una esponja. Mi mente se había quedado completamente en blanco.

La sensación de impotencia que me embargaba empezó a convertirse en un sentimiento de furia incontrolable. Medité las consecuencias de lo que me disponía a hacer. Y vi la mirada de espanto de mi propia figura reflejada en el espejo. “¡No lo hagas, no lo hagas, por el amor de Dios”!, parecía decirme desde la distancia.

Pero mi resolución era firme. Había tomado una decisión y me disponía a asumirla hasta el final. Ofelia dormía plácidamente a mi lado e ignoraba el peligro que se cernía sobre ella. Se despertó bruscamente agobiada por una creciente sensación de asfixia. Mis manos apretaban su cuello y la presión era cada vez mayor.

Quiso gritar y le resultó imposible. De sus ojos brotó una desesperada expresión de súplica, pero yo me encontraba totalmente fuera de sí. Antes de que el espejo se hiciese añicos, llevándose el reflejo de mi propia figura por delante, me sorprendí a mí mismo llorando. Y después todo fue oscuridad.





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