El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

Loca de atar

04-06-2020 18:34:12

ÁNGEL VARELA |  Arturo recibió el encargo a regañadientes. “¿A quién se le ocurre encargarme algo así”, pensó mientras circulaba en su automóvil en dirección al psiquiátrico de Santa Catalina. Cinco años de Periodismo en la Complutense para acabar entrevistando a los locos del manicomio.

Cuando llegó al centro, su director estaba ya esperándolo y lo recibió con un sentimiento de franca hospitalidad:

-Buenos días, no me imaginaba que fuese usted tan joven.

-¡Lo que faltaba!- se dijo a sí mismo mientras estrechaba la mano del responsable de la institución.

-Pero, por favor, pase, pase- el director, que se llamaba Daniel París, lo invitó a que franquease el portalón de entrada.- Su jefe de sección me ha pedido que le dé todo tipo de facilidades para realizar su trabajo- una amplia sonrisa le ensanchó las facciones del rostro.

-Sí, bueno. Nuestro periódico está dispuesto a potenciar todos aquellos temas de interés humano que sean del agrado de nuestros lectores- respondió con cierta desgana.

-Tengo entendido que desea usted entrevistar a Amparito- el director de Santa Catalina no pudo evitar que un sentimiento de ternura le velase la mirada al pronunciar el nombre.

-Así es. Según los datos que me han facilitado en el periódico, Amparo Ojeda, setenta y siete años, se ha convertido en la interna más veterana de la institución. Lleva aquí más de treinta años no? 

-¡Hijo puta, dame una peseta, hijo puta!- un joven rechoncho con la mirada extraviada se cruzó con él en el pasillo, lo agarró por la solapa de la americana y Arturo no pudo evitar un gesto de aprensión.

Daniel París se interpuso entre el paciente y él y lo tranquilizó:

-No tema, Paco es inofensivo. Sufre trastornos esquizoides y últimamente le ha dado por pedir una peseta a todos los que visitan el psiquiátrico.

Arturo procuró restarle importancia y esbozó una ligera sonrisa. Entraron en un amplio despacho. El director se acomodó en su sillón y lo invitó a que tomase asiento-

-Volviendo al tema de Amparito. Supongo que no tendré problemas para charlar un rato con ella. Me refiero a si sus períodos de lucidez son lo suficientemente prolongados como para mantener una conversación coherente- a Arturo le desagradaba tanto aquel trabajo que lo único que deseaba era concluirlo cuanto antes.

-¡Claro que no! Amparito es un pedazo de pan. Todos los que trabajamos aquí la consideramos ya como parte de la familia.

-¿Qué enfermedad padece?

-La muerte de su hijo en un accidente de circulación, hace ahora treinta y dos años, le produjo un síndrome de estrés postraumático que, como usted bien sabrá, sufren aquellas personas que han pasado por experiencias muy duras e irreversibles- Daniel París hablaba ahora con el tono del profesional riguroso que domina a la perfección lo que dice.

-¿Y en todo este tiempo no ha abandonado Santa Catalina?- un atisbo de curiosidad se reflejó en los ojos de Arturo.

-Exactamente. Amparito se ha integrado por completo en la vida de la institución. Si sabe llevarla por buen camino, verá la cantidad de jugosas anécdotas que puede relatarle.

-¿Tiene alguna manía en particular?- ¿Hay determinados aspectos que deba omitir para no importunarla?- Arturo obsequió al director con una mirada cargada de suspicacias.

Daniel París pareció dudar un instante y luego respondió:

En absoluto. Bastará con que eluda usted cualquier cuestión relacionada con la muerte de su hijo. Bueno, últimamente le ha dado por una manía, pero no deja de ser algo anecdótico e intrascendente.

-¿De qué se trata?

-Ahora le ha dado por decir que mantiene un romance con el fantasma de Errol Flynn. Los enfermeros que la atienden soportan esa cantinela varias veces al día- el director de Santa Catalina puso cara de circunstancias. –Precisamente la segunda cadena emite este mes un ciclo con las mejores películas del actor y no se pierde ni una. Como excitaba demasiado al resto de los enfermos con su euforia, decidimos instalarle un pequeño aparato de televisión en su habitación. Hoy reponen una de sus películas favoritas. Creo recordar que es la del general Custer, eso es, “Murieron con las botas puestas”.

-¿Le parece pues que haga ahora la entrevista?- Arturo reviso su grabadora para cerciorarse de que no iba a fallarle.

-Perfecto. Un enfermero esperará a que termine su trabajo al otro lado de la puerta. Si tiene algún problema con Amparito, no dude en llamarlo- Daniel París lo acompañó hasta la zona en la que se encontraban las habitaciones de los internos. Le presentó a un enfermero que se llamaba Sancho, un hombre corpulento de unos cincuenta años de edad, y regresó a su despacho.

Caminaron hasta una de las habitaciones y Sancho volvió a decirle lo que unos minutos antes le había advertido el director:

-Si se pone muy pesada, avíseme y no se preocupe por nada.

Arturo franqueó la puerta de la habitación con el corazón en un puño. Amparito se encontraba recostada sobre la almohada, hojeando una revista. Una de las cosas que más le llamó la atención fue su aspecto aparentemente saludable. A pesar de tener cerca de ochenta años, la mujer que tenía frente a él daba la impresión de ser una persona despierta y jovial.

-¿Y tú qué quieres?- Amparito lo miró detenidamente de arriba abajo.

-Vengo del periódico. Sólo quiero hablar un ratito con usted- Arturo procuró que sus palabras desprendiesen la mayor naturalidad posible. En realidad, nadie le había enseñado en la facultad a entrevistar a una persona con las facultades mentales menguadas.

-Vale, vale. ¿No tendrás por casualidad un bocadillo de mortadela a mano?-la anciana soltó la revista y se encaró con él.

-Pues no, no lo tengo. Pero le aseguro que si responde a mis preguntas, los enfermeros sabrán recompensarla- Arturo puso cara de circunstancias y sacó la grabadora del bolsillo interior de la americana. Comenzaba a sentirse ridículo en esa situación.

-¿Y eso para qué es?- le preguntó Amparito al ver la grabadora. -¿Tú por casualidad no serás pariente de Errol Flynn?

Arturo resopló y entornó los ojos. Pensó que aquella mujer estaba majara perdida. Iba a resultar imposible hacer la entrevista. La culpa la tenía su jefe, que siempre tenía la manía de encargarle cosas raras.

-No señora, no soy pariente de Errol Flynn- le aclaró con paciencia. – Sólo he venido a hacerle unas preguntas. Si se porta bien, acabaremos esto en cinco minutos.

Amparito hizo caso omiso de sus palabras y siguió a lo suyo:

-Pues es una verdadera pena porque él va a venir esta noche.

-Vamos, por favor. Hable unos minutos conmigo, sólo unos minutos, y ya verá qué bien lo pasamos esta noche viendo la película.

-¿Película? ¿Qué película?- lo interpeló la anciana con un punto de irritación en la voz. Lo recibo en mi habitación, no tiene un bocadillo de mortadela y encima usted le llama película a eso?

Arturo decidió arrojar la toalla. Que lo despidiesen del periódico si querían. Se levantó de la silla en la que se había sentado, apagó la grabadora y se despidió de la anciana.

-¿Ya está?- el enfermero, que lo esperaba al otro lado de la puerta, se sorprendió al verlo salir tan pronto de la habitación.

-¡Imposible! ¡Es toda tuya, me rindo! ¡Lo único que ha hecho es hablarme del jodido Errol Flynn!

El enfermero sacudió la cabeza de un lado a otro y sonrió:

Amparito funciona por días. Se ve que hoy tiene uno malo.

Arturo estrechó su mano y se dirigió al despacho del director para despedirse de él. Para no prolongar aquella situación tan surrealista, le mintió diciendo que la entrevista había sido un éxito. Abandonó Santa Catalina cuando ya anochecía, preguntándose cómo alguien en sus cabales podía encargarle ese tipo de trabajos. Mientras tanto, Amparito se disponía a disfrutar en la soledad de su habitación con otra de las películas de su héroe preferido.

La emisión comenzó puntualmente a las nueve y media, tal y como anunciaba en el periódico la programación de la segunda cadena.

Vencida por el cansancio, Amparito se quedó dormida justo en mitad de la película. Despertó bruscamente en el momento en que el general Custer caminaba en la pantalla hacia una muerte casi segura. Los guerreros de Caballo Loco rodeaban al Séptimo de Caballería y eran muy superiores en número. En ese preciso instante, una flecha cheyenne alcanzó a Amparito en el brazo izquierdo. Empezó a pedir ayuda a gritos y el dolor se le hizo insoportable. Cuando uno de los enfermeros entró apresuradamente en su habitación, la pradera de Little Big Horn era ya un inmenso escenario natural de muerte y destrucción.





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