AGENCIAS | La
dirigente de ETA Soledad Iparraguirre, Anboto, ha sido condenada en su
primer juicio en España a 122 años de prisión por ordenar el asesinato
del comandante del Ejército de Tierra Luciano Cortizo, en 1995 en León,
al explotar una bomba lapa bajo el asiento de su coche cuando conducía
junto a su hija, que resultó herida grave.
"Fijó el objetivo, facilitó los explosivos y dio instrucciones para la
fabricación y transporte de la bomba lapa y para su colocación en el
interior del coche, bajo el asiento, para asegurar la muerte del
objetivo sin riesgo para el autor", sostiene la sentencia de la
Audiencia Nacional. Los jueces destacan la "especial perversidad y falta absoluta de respeto por la vida
e integridad de las personas de la acción y de la afectación psíquica e
intenso sufrimiento causado a las víctimas".
El idilio de Anboto con la
organización terrorista arranca en 1981, cuando con apenas 20 años, su
novio José Manuel Aristimuño murió en un enfrentamiento
a tiros con la policía. Frente al féretro de su pareja, cubierto con el
anagrama de ETA, una ikurriña y varias flores, juró odio eterno.
Miembro en los inicios del comando Araba, se enroló tras su
desarticulación al comando Madrid y ascendió como la espuma, 15 asesinatos mediante. Su primera muerte fue la del cartero Estanislao Galíndez, en Amurrio (Álava).
Seguirían muchas más. En su relato de hechos probados, la Sala relata cómo, tras la crisis sufrida dentro de ETA a raíz de la detención en 1992 de su cúpula en Bidart
(Francia), la organización terrorista se reorganizó, pasando Anboto a
formar parte de los altos mandos. En 1993, se hizo entonces cargo de
diversas labores dentro del aparato militar de la banda en Francia,
entre ellos el control y coordinación de los llamados "comandos
legales", término que hace referencia a los miembros de la banda que no
estaban fichados por las fuerzas policiales.
En aquella época, ejercía
como lugarteniente de Pedro José Picabea Ugalde, alias Larrún.En la sentencia, la Sección Primera de la Sala de lo Penal impone a Iparraguirre una pena de 30 años por un delito de asesinato terrorista
contra miembro de las Fuerzas Armadas, cuatro penas de 20 años por
asesinato terrorista frustrado por cada herido -la hija del comandante
que viajaba en el coche en el asiento del copiloto y tres transeúntes-, y
otros 12 años por tenencia de explosivos.
La Sala establece una indemnización para la mujer del fallecido de 300.000 euros
y de 160.000 para cada uno de los hijos por el fallecimiento de su
padre. Además, la hija deberá ser indemnizada con 92.100 euros por las
lesiones causadas y con otros 250.000 por las secuelas sufridas en el
atentado.
Su salto a la cúpula de ETA
En 2994, tras ponerle
las esposas a Picabea en Francia, Iparraguirre pasó a ocupar su puesto
como responsable de los "comandos legales", tarea que desempeñó hasta
cuatro años después. Desde ese puesto, indicaba los objetivos contra los que había que atentar,
daba instrucciones sobre la forma en la que debían perpetrarse las
acciones, les facilitaba el material necesario (explosivos y armas) y
les daba las instrucciones de fabricación y de su utilización, además de
suministrarles los fondos necesarios para su actividad.
Una de las acciones ordenadas por Anboto fue el asesinato del comandante
del Ejército de Tierra Luciano Cortizo, destinado en León. La Sala
considera probado que Iparraguirre ordenó ejecutar la muerte de dicho
militar a Sergio Polo Escobes, alias "Lur", que en
aquella época constituía él solo un comando de ETA. Para llevar a cabo
dicha acción, la acusada le entregó el material para la confección de
artefactos explosivos, entre ellos los precisos para la fabricación de
una bomba lapa, "dándole instrucciones precisas sobre la ejecución del
atentado, fabricación, transporte y colocación del artefacto explosivo,
tendentes a asegurar el resultado y evitar riesgos para el autor".
Sergio Polo, ya condenado en firme por estos hechos, guardó los
explosivos en un piso de Pasajes de San Pedro (Guipúzcoa), fabricó la
bomba lapa y se trasladó de San Sebastián a León, donde durante unos días vigiló a su objetivo.
El miembro de ETA observó que la víctima utilizaba un vehículo para sus
desplazamientos y en la noche del 21 al 22 de diciembre de 1995 colocó
bajo el asiento del conductor una bomba lapa, "como le había ordenado
María Soledad Iparraguirre". Al día siguiente, cuando el comandante y su
hija se desplazaban en el vehículo, el artefacto explosionó, causando
la muerte del militar, de 44 años, y heridas de gravedad a su hija, de
18, que se encontraba en el asiento del copiloto.