REDACCIÓN | El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), creado por el franquismo para tratar de controlar la moralidad femenina y que recluyó a miles de jóvenes consideradas rebeldes o «desviadas» en reformatorios gestionados por congregaciones religiosas en toda España, enviaba también a las lesbianas a psiquiátricos donde recibían electrochoques y terapias con insulina.
Este aparato de control moral «castigaba la disidencia respecto al modelo de mujer sumisa y decente, vinculada al hogar. Quien se salía del molde era susceptible de entrar por denuncia externa», de una autoridad, un particular o un familiar, según la historiadora Carmen Guillén, autora del libro ‘Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la mujer’, ya en su cuarta edición.
El «silencio, oración y trabajo forzado» en talleres marcaban la cotidianidad durante periodos de internamiento de «entre seis meses y dos años», y hasta seis años cuando se fugaban y eran capturadas de nuevo.
Las homosexuales representaban «todo lo que el régimen quería evitar. Tenían instinto y deseo sexual, y lo resolvían con otra mujer, el peor escenario posible», por lo que eran reprimidas en espacios específicos.
Primero las llevaban al Patronato y, tras clasificarlas como lesbianas, eran «trasladadas a salas especiales de psiquiátricos, como el de Ciempozuelos (Madrid), que tenía el ala de ‘las patronatas’, donde estaban psiquiatrizadas», detalla Guillén, coincidiendo con la celebración del Orgullo.
«Todas juntas solo coincidíamos a la hora del patio y nos estaban vigilando», relata Consuelo García del Cid, una de las primeras en denunciar lo vivido y en documentar «la persecución lésbica» del reformatorio de las Adoratrices en Madrid, en contraste con la relativa libertad que tenían en el Buen Pastor en Barcelona, donde «las dejaban en paz».
Estaba prohibido manifestar «cualquier tipo de compañerismo; se interpretaba como lesbianismo cualquier cosa, incluso cuando no lo era», según García, que sitúa los psiquiátricos del Patronato en Ciempozuelos y Arévalo (Ávila).En Barcelona, «no llevábamos uniforme, te podías marcar personalmente y las lesbianas se marcaban como tal, no lo ocultaban».
Allí «estábamos las fugadas de toda España y el perfil de rebeldía era muy elevado», lo que hacía imposible imponer normas sin provocar un motín: «yo viví uno», añade. Leer más