REDACCIÓN | La subida del precio de la almeja por el verano y los turistas está dando un respiro al marisqueo en la ría de Pontevedra que no es suficiente para levantar el ánimo de cara al futuro, ya que solo uno de los bancos está funcionando bien tras los temporales de lluvia del invierno.
Las playas de Lourido y Cabeceira, en Poio, se han convertido en su salvavidas y allí estuvieron el pasado viernes unas 250 mariscadoras de las tres cofradías de Pontevedra para aprovechar el único banco que les permite coger la cuota máxima de almeja, seis kilos por mariscador.
«Se trabaja en un solo banco porque los otros quedaron muy tocados después de las inundaciones», explica a EFE la presidenta de la agrupación de a pie de la Cofradía de San Telmo, Raquel Gómez.
Un día antes celebraron el Día del Carmen, patrona de la gente de mar, pero el mar no está produciendo lo que daba hace años.A principios de semana constataron la escasez de almeja en Combarro y, aunque realizan limpiezas y siembran la poca semilla que queda, sienten que les falta tiempo. «No vemos una salida tampoco para poder descansar este banco y regenerar el de Combarro», lamenta Gómez.
La presidenta y vicepatrona de la Cofradía de Raxó, Elena Padín, que también ha acudido a faenar en Lourido, alerta de que el banco de Combarro «no cría como criaba antes» y coincide en que las perspectivas «no son buenas».
Están estudiando los motivos de ese cambio en los bancos y habla de cambio climático y contaminación, «pero cuando vienen las lluvias no las puedes combatir».
Por ahora se resignan con lo que están ganando en verano gracias a los buenos precios que alcanza la almeja, unos 15 euros el kilo de japónica y entre 45 y 50 el de fina. Con ello pueden ganar unos mil euros al mes; meses atrás no pasaban de los 500 o 600 euros y en algunos como febrero quedaron a cero porque no pudieron faenar por los temporales. ç
La situación dista mucho de la que tenían hace años, cuando se les permitía sacar el doble de almeja que ahora: «Antes era vivir y ahora es sostener», relata Pureza, mariscadora desde hace 33 años, antes de coger su rastrillo y meterse en el agua.
Todas coinciden en lo mismo: sin otro sueldo o trabajo o cualquier otro apoyo financiero, una familia ya no puede vivir del marisqueo. Leer más