A Michael Jackson no le ha hecho falta morirse para convertirse en leyenda. Ya lo era desde que con apenas nueve años lideraba junto a sus hermanos los "Jackson Five". Era el más pequeño en edad y en estatura, pero su carisma, su voz y su actitud de niño superdotado para la escena eclipsaba a los demás. Su talento no pasó desapercibido, y las discográficas decidieron lanzarle en solitario, como una apuesta segura para el éxito. Los que sabían de esto del negocio musical intuían que se convertiría en una estrella mundial, y no se equivocaron.
"Jacko", como le llamaban sus fans, ya era leyenda cuando se presentó en una fiesta de la Tamla Motown, con sus guantes y calcetines de lentejuelas, moviéndose al ritmo trepidante de "Billie Jean", una imagen que le convirtió en icono y que acompañó a una generación que se rindió a sus pies. Su video clip "Thriller" marcó un antes y un después en lo que a videos musicales se refiere. Dio la vuelta al mundo y el album se convirtió en el más vendido de la historia, con más de cien millones de copias hasta hoy. Todo lo que Michael Jackson hacía se convertía en récord. Luego llegaron los premios, nada menos que ocho Grammys, las giras multitudinarias alrededor del mundo, los contratos publicitaros millonarios, el delirio cada vez que aparecía en público... La vorágine de la fama se abalanzaba sobre él, un joven que no había llegado a la treintena y que cargaba a sus espaldas con una infancia de abusos, exceso de trabajo, poco cariño, es decir, todo lo que no debe ser una infancia.
Él sabía que era un mito, y lejos de incomodarle luchaba por incrementar esa popularidad. Había llegado a lo más alto y no quería bajarse de ahí. Llegaron las excentricidades, las operaciones de cirugía estética, el cambio de color de su piel, las mascarillas, los ejércitos de guardaespaldas, las cámaras hiperbáricas, y toda una espiral de locuras que llenaban periódicos y fomentaban rumores, pero que a buen seguro vaciaban el corazón del cantante.
Trató siempre de superarse a sí mismo, pero "Thriller" había dejado el listón demasiado alto. ¿Qué hacer cuando has llegado a la cima y sabes que lo que hagas a partir de entonces no podrá superarlo? Luego llegó "Bad", "Dangerous", "History", "Invincible" y "Blood on the dance floor", discos con mayor o menor fortuna, siempre a la sombra del album que marcó su vida. Su carrera discográfica continuaba paralela a los escándalos sobre su vida, y el punto de inflexión llegaría con una denuncia sobre supuestos abusos sexuales a niños, que nunca fue demostrada y que incluso llegó a ser retirada por los padres a cambio de un cheque lleno de ceros. Culpable o no, su imagen quedó maltrecha, igual que su economía. Llegaron las deudas, las demandas de los abogados y el embargo de su mansión "Neverland Valley".
En los últimos años lo habíamos visto mucho por los Emiratos Árabes, quizás en busca de contratos con jeques del petróleo que aliviaran su situación. Por fin vio la luz al final del túnel cuando este año contrató una nueva gira, que anunció en Londres a bombo y platillo hace unos meses. Sus fans nunca le habían abandonado, y las entradas se agotaron en pocas horas. La leyenda volvía, o quizás nunca se había ido.
Michael vio que ésta era su última oportunidad de demostrar al mundo que seguía siendo "El Rey del Pop" y no quería defraudar. La presión se incrementaba porque necesitaba el dinero. Se estaba preparando a conciencia, pero los años también pesaban y se dañó una vértebra y se rompió una pierna durante los ensayos. Pero no podía parar. Buscó refugio en los medicamentos para calmar sus dolores. Tenía que estar al cien por cien porque sólo faltaba un mes para reaparecer ante el mundo. ¿Se pasó con las pastillas como insinuó ayer el abogado de la familia, Brian Oxman? Jacko quería recuperarse rápidamente, y puede que eso fuera precisamente lo que le mató. La autopsia lo confirmará.
De todas formas no le tocaba morir, se fue demasiado pronto, como decía una de sus canciones: "Gone too soon". Pero queda su música, sus bailes, su magia.
Cristina de la Peña