Cuando el joven soldado Dorin Marian Carlan dio un paso al frente el día de
Navidad de 1989, no podía imaginar que pocas horas después daría muerte al
dictador rumano Nicolae Ceausescu y a su esposa Elena.
Él, entonces un
suboficial de 27 años de edad, fue quien vio, minutos antes de ejecutarle,
lágrimas en los ojos de quien había regido los destinos de Rumanía durante 24
años de tiranía. "Sólo sabíamos que íbamos a una 'misión de grado cero', que
son las más arriesgadas que existen", relató Carlan a Efe en el bar de un
céntrico hotel de Bucarest.
Carlan, hoy mayor en la reserva, rememora la
confusión y la tensión de aquellas jornadas de hace 20 años, cuando la revuelta
popular y las conjuras internas acabaron con el régimen comunista.
Desde su
base del regimiento de paracaidistas de Boteni, Carlan y otros siete voluntarios
embarcaron en la mañana del 25 de diciembre en dos helicópteros Puma con destino
desconocido. "Volábamos como en una operación de comando, a unos 10 ó 15
metros del suelo y en zig-zag, para evitar posibles ataques", explicó
Carlan.
Las aeronaves aterrizaron cerca del estadio del Steaua de Bucarest,
donde recogieron a varios mandos, entre ellos el general Stanculescu, nombrado
por Ceausescu ministro de Defensa sólo unos días antes, y hoy día aún en prisión
por haber dirigido la represión en Timisoara en los primeras jornadas de la
revolución.
La comitiva aérea voló hasta la provincia de Targoviste, donde,
en una zona militar, Nicolae y Elena Ceausescu aguardaban arrestados su destino
desde el 22 de diciembre. "Con nuestro aterrizaje se creó una especie de
imagen apocalíptica. Se creó una nube de polvo, hojas... Todas las bocas de
fuego estaban dirigidas hacia nosotros. La tensión era extrema, y aún no
sabíamos a qué veníamos", rememoró Carlan.
Stanculescu convocó a los ocho
paracaidistas y les contó que los Ceausescu estaban arrestados y que iban a ser
juzgados y condenados por orden de la nueva autoridad.
"¿Puedo contar con
vosotros hasta el final?, les inquirió el alto mando. Todos los voluntarios
tuvieron que responder afirmativamente para despejar dudas sobre su
convicción.
El general eligió entonces a tres hombres, entre ellos a Dorin
Carlan.
En un cuarto oscuro y desangelado, que hacía las veces de sala de
documentación de la unidad militar, los Ceausescu fueron juzgados y condenados
en menos de dos horas en una siniestra farsa de juicio. "Plazo de recurso,
diez días. La sentencia se ejecuta de inmediato", escuchó Carlan desde dentro
cuando el juicio concluyó.
Los dos paracaidistas que acompañaban a Carlan
ataron a la espalda las manos de los Ceausescu. Elena pidió morir al lado de su
marido.
"Camino del paredón, él, Nicolae Ceausescu, se volvió hacia mí, que
iba detrás con el arma en la mano, y me miró durante algunos segundos. Vi
lágrimas en sus ojos", rememoró Carlan con gesto grave.
Recorrieron los 15
metros que distaban hasta el paredón y pusieron a la pareja mirando a la
pared. "¡Viva la Rumanía socialista, libre e independiente! ¡Muerte a los
traidores! ¡La historia me vengará!", gritó Ceausescu antes de comenzar a cantar
la Internacional.
Los tres paracaidistas abrieron fuego con sus
metralletas. "Él se levantó un metro del suelo al recibir los disparos. Murió
súbitamente de mis balas y de las de Boeru, el tercer miembro del pelotón",
indicó.
Elena no murió de inmediato, pese a haber recibido varios tiros en la
cabeza, explicó Carlan. "Hacía unos movimientos macabros", recordó. Entonces,
confiesa el ex militar, la remató de un disparo.