A veces, uno piensa que las viejas reminiscencias de la autarquía, no
del todo superadas, nos retrotraen a los tiempos berlanguianos de
"Bienvenido, míster Marshall"; leo y escucho cosas, relacionadas con la
visita a La Moncloa de Angela Merkel, que me recuerdan algunas
reacciones protagonizadas por los inolvidables Manolo Morán y Pepe
Isbert en el no tan imaginario pueblecito de Villar del Río.
Acomplejados como estamos, temo, los españoles recibimos, no sé si con
alegría, a los alemanes capitaneados por la canciller de terciopelo con
guantes de hierro. Y me da la impresión de quien así, empequeñecido,
afronta la estancia en la Unión Europea, sin duda comandada ahora por
Merkel y sus 'hombres duros', se equivoca: España es un gran país, con
capacidad de compra y venta, con unas infraestructuras -es verdad que
propiciadas por los fondos de cohesión Europeos, o sea, por la RFA_
sólidas, con una población muy preparada. A Alemania le interesa España
casi tanto como España a Alemania.
Esto puede parecer un tópico, sobre todo cuando colas de centenares de
jóvenes españoles se alinean frente a las academias de idiomas para
aprender rudimentariamente el idioma que les permita aspirar a un
trabajo en, pongamos, el land de Hesse. No lo es: la RFA vende más a
nuestro país que viceversa, las carreteras españolas están pobladas de
automóviles alemanes y nuestras casas de tecnología germana: seguimos
siendo un buen negocio para los exportadores germanos.
Merkel viene, confío, en lo que para ella no es sino una estación más de
sus incesantes recorridos por toda Europa, a tratar de arreglar lo
nuestro, incluso frente a Wolfang Schauble, el inflexible ministro de
Finanzas, incluso frente al presidente del Bundesbank, Jens Weidmann,
tan poco propicio a facilitar que el BCE compre deuda española y tan
pródigo a la hora de aconsejar al Gobierno de Rajoy que pida cuanto
antes el rescate/país. La broma/exageración, procedente de alguna prensa
francesa, según la cual la 'canciller de terciopelo' ha instaurado una
suerte de Cuarto Reich, sin bigotillo, sin botas, ni bayonetas, no deja
de ser una enorme 'boutade' alejada de cualquier realidad; pero es
cierto que Europa ha de ser redefinida, y que España y, por tanto,
Rajoy, tiene que tener mucho que decir en un proceso en el que nos va
mucho. Confiemos en que en las próximas horas diga algo, y algo
contundente.
Admito que, como periodista, daría mucho por asistir como interlocutor
privilegiado a la 'cumbre' hispano-alemana, con tantos pesos pesados de
nuestra economía, y ya no digamos al encuentro privado entre Mariano
Rajoy y Angela Merkel. Imagino la escena en la que ella felicita a su
interlocutor en la Moncloa por los recortes ya practicados, mientras le
insta a que siga metiendo en cintura a las autonomías -verdadera
obsesión en Berlín, donde consideran que cualquier comparación entre el
funcionamiento de sus länder y nuestras comunidades autónomas es,
simplemente, descabellado-. Y quisiera ver si Rajoy reacciona como un
estadista que sabe moverse como un pez resbaladizo entre el cercano (o
no...) Hollande y la deseada Merkel.
Reconozco que, hasta ahora, ha podido, más o menos, hacerlo, aunque,
para completar el cuadro, el presidente del Gobierno español debería
entender que le corresponde una mayor iniciativa, más protagonismo, a la
hora de tomar decisiones, en lugar de esperar a ver qué nos llega de
Berlín, París o Bruselas.
Cuanto me hubiera gustado que Rajoy hubiese recibido la visita de Merkel
mostrando que, para él, la política exterior comienza por la política
interior y, por tanto, con un importante paquete de reformas y acuerdos
domésticos, comenzando por el capítulo territorial, el más urgente y
peliagudo. No ha sido así, pero no quiero hablar de oportunidades
perdidas: afortunadamente, habrá más visitas y más encuentros. De
momento, bienvenida, frau Merkel.