En el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, la cultura no es un concepto unívoco ni armónico, sino conflictivo y plural. De hecho, la economía impone en gran medida sus criterios a la sociedad, y las condiciones materiales determinadas por la infraestructura productiva condicionan decisivamente la cultura existente. Es cierto que no existe la cultura en abstracto, ya que es el resultado de la evolución de las culturas históricas concretas a lo largo del tiempo. Desde una concepción idealista, se considera que la cultura se identifica con valores espirituales elevados. En realidad, según el materialismo filosófico de Bueno, son las prácticas materiales e institucionales las que dan forma a las expresiones culturales en el sentido de que están limitadas por éstas. Es entendible que Gustavo Bueno critique la concepción idealista y humanista de la cultura. De todos modos, el humanismo existe, pero como producto histórico, no como fundamento último de la cultura. Bueno establece que toda cultura está ligada a estructuras de poder a lo largo de la historia, en la actualidad y también en el futuro. Confundir la cultura con la tolerancia de lo negativo o perjudicial es inadmisible. En cuanto a la idea de cultura universal, a juicio de Bueno es una construcción ideológica. Es evidente que existen múltiples y diversas culturas en el mundo, aunque la cultura occidental sea la dominante. En relación con el relativismo cultural es filosóficamente inconsistente, ya que no todo es aceptable en las diversas prácticas culturales. Ya que deben evaluarse desde criterios racionales y vitales, no desde una tolerancia acrítica que disuelva toda jerarquía de valores. Las culturas rivalizan entre sí por el predominio, y esto es algo que se puede observar al analizar la historia del mundo.
En cuanto a la identidad cultural no es esencial, sino histórica y procesual. Se gesta u origina a través de largos procesos que acaban cristalizando en formas determinadas, las cuales, con el paso del tiempo, también son transformadas en otra cultura. Los símbolos, normas, técnicas, saberes y ritos son lo característico de la cultura. Desde el planteamiento de Bueno, la filosofía de la cultura debe ser crítica y no celebratoria. En efecto, puede ponerse un ejemplo muy claro: una imprescindible reforma de los impuestos para que los pensionistas no vean elevadas retenciones en sus pensiones sin que se tengan en cuenta para nada sus circunstancias personales, lo que es catastrófico. Además, Bueno sostiene que la cultura no es un derecho absoluto, porque no puede situarse por encima de otras normas éticas, jurídicas o políticas. Evidentemente, las prácticas culturales deben someterse a criterios racionales y legales, si entran en conflicto con derechos básicos o con la convivencia y pueden ser limitadas por estas razones. Que la cultura es inseparable del Estado y de sus instituciones se observa, por ejemplo, en la publicación de libros con el ISBN, etc. La jerarquización de los elementos culturales por parte del Estado se concreta en la selección de estos según su función objetiva en la cohesión social, la racionalidad institucional y la estabilidad política. Aunque, a mi juicio, la libertad creativa debería ser el criterio fundamental, siempre partiendo del respeto a los derechos individuales de los ciudadanos. Para Bueno, la cultura no es un fin en sí mismo, ya que no constituye una realidad autónoma, autosuficiente, ni sacralizable. Desde esta perspectiva, la cultura es siempre medio y no fin. Sirve para organizar la vida social, transmitir saberes, formar ciudadanos y sostener instituciones. A esto habría que añadir la expresión de la potencia creativa y artística de los seres humanos, ya que es una dimensión clave en la formación de ciudadanos libres.
En el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, la cultura puede funcionar como una forma blanda de dominación. Es lo que se está notando y viendo en este siglo XXI de manera cada vez más clara. En lugar de imponer directamente el poder por la fuerza, se promueven lenguajes, estilos de vida, sistemas educativos, industrias culturales o narrativas históricas que favorecen los intereses estratégicos de ciertos Estados o corporaciones. De hecho, la aparente neutralidad cultural disimula relaciones asimétricas de poder que son opresivas. Para Bueno, este uso ideológico de la cultura es especialmente visible en organismos internacionales, fundaciones, políticas de cooperación o programas de “difusión cultural” que, en realidad, actúan como instrumentos de proyección geopolítica.
Además, la idea de cultura entendida como un valor absoluto no sirve para neutralizar o desactivar la crítica política. Si toda práctica cultural es respetable por definición, resulta ilegítimo cuestionar tradiciones, discursos o instituciones que buscan imponer intereses geoestratégicos concretos. Para Gustavo Bueno, la cultura no es un sujeto moral porque no actúa ni decide; carece de voluntad, responsabilidad y capacidad de elección. Solo los individuos y las instituciones políticas pueden considerarse sujetos morales. La cultura es un conjunto de prácticas y productos objetivos, no una conciencia. Tratarla como un sujeto moral conduce a sacralizarla y a bloquear el juicio ético y político. La filosofía de la cultura es una actividad crítica orientada a la realidad social e individual. Ver video
José Manuel López García