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Ernesto González Valdés
José Manuel López García
Mi rincón

Donde empieza la soledad

19-02-2026

Hay una pregunta que casi siempre hacemos por educación y casi nunca por interés real, ¿Cómo estás? La respuesta suele ser automática, “bien”. Y sabemos que la conversación ha terminado. 

La soledad moderna no empieza cuando faltan personas. Empieza cuando desaparecen las preguntas verdaderas. Vivimos rodeados de voces, de notificaciones, de encuentros breves y conversaciones rápidas, pero cada vez menos gente se detiene a escuchar una respuesta larga. La prisa se ha convertido en una forma social de cortesía, no incomodar, no profundizar, no entrar demasiado en la vida del otro. Nos tratamos correctamente, pero nos conocemos muy poco. 

Hoy es fácil pasar un día entero hablando sin decir nada importante. En el trabajo se comentan tareas, en casa se organizan horarios, en los grupos se comparten videos, en las comidas se repasan noticias. Todo funciona, todo es normal, todo parece suficiente. Sin embargo, muchas personas terminan la jornada con la sensación de no haber sido vistas. 

No ignoradas, eso sería evidente, sino simplemente no miradas. Nadie ha preguntado de verdad, nadie ha insistido cuando la respuesta fue corta, nadie ha notado el cansancio que no estaba en las palabras sino en el tono. Hemos aprendido a convivir sin implicarnos. No por frialdad, sino por hábito. La vida diaria se ha vuelto tan exigente que cada cual protege su pequeño espacio emocional para poder resistir. El resultado es una convivencia correcta y una cercanía superficial. Sabemos qué hace la gente, pero no cómo está. Y sin darnos cuenta, empezamos a desaparecer unos para otros. Existe una norma social no escrita, no cargar a nadie. 

La mayoría de las personas que se sienten solas no lo dicen, no porque no necesiten ayuda, sino porque creen que pedirla es molestar. Aprendieron a resolverlo todo sin incomodar, a restar importancia a lo que les ocurre, a responder “ya pasará” incluso cuando saben que no se pasa. Se puede vivir rodeado de afecto y aun así callar. 

Porque la soledad no siempre nace del abandono, sino de la contención. Cuando una persona empieza a resumir lo que siente para tranquilizar a los demás, deja de ser acompañado y pasa a ser tolerado. Nadie lo ha decidido así, pero ocurre. La conversación se vuelve ligera, la preocupación se vuelve privada, y el dolor, invisible. 

Hay momentos en los que la soledad cambia de forma. La enfermedad es uno de ellos. No hace falta que sea grave, basta con que altere la normalidad. Entonces el mundo exterior continúa a su ritmo y quien la padece descubre que la vida colectiva tiene poca capacidad para detenerse. Al principio hay interés sincero, luego prudencia, después silencio. No por falta de cariño, sino por miedo a no saber qué decir. Muchos enfermos terminan protegiendo a los demás, tranquilizan, restan importancia, acortan las explicaciones. Poco a poco dejan de contar lo que viven y pasan a informar solo de lo imprescindible. Ese día la compañía cambia de naturaleza, sigue habiendo gente, pero ya no hay conversación. Y cuando la experiencia no puede compartirse, aparece un aislamiento difícil de explicar, el de vivir algo importante sin testigos. 

Con los años llega otra forma de soledad, más lenta y menos visible. No siempre es abandono ni falta de familia, a veces hay visitas, cuidados y atención real, pero aun así surge una distancia. El mundo se acelera mientras la vida interior se vuelve más larga, los recuerdos ocupan más espacio que los planes, y muchas conversaciones giran en torno a un presente que ya no se reconoce del todo como propio. La persona mayor no queda fuera por decisión de nadie, sino porque el tiempo común se reduce. 

Se pierde la simultaneidad, vivir en la misma época ya no significa vivir en el mismo ritmo. Por eso algunos mayores hablan mucho del pasado, no es nostalgia únicamente, es la necesidad de permanecer en un lugar donde todavía todo ocurría a la vez para todos. 

Tal vez el problema no sea la falta de bondad, sino la falta de pausa. Queremos estar, pero sin detenernos demasiado. Nos preocupa el bienestar emocional, pero solo en la medida en que no altere el equilibrio diario. Nos cuesta preguntar cuando intuimos que la respuesta exigirá quedarse. Escuchar implica tiempo y el tiempo hoy parece el bien más escaso. Sin embargo, la mayoría de las soledades no necesitan soluciones extraordinarias, necesitan atención sostenida, una segunda pregunta, un silencio compartido sin prisa por llenarlo. La disposición a permanecer cuando la conversación deja de ser ligera. La compañía real empieza cuando desaparece la impaciencia. 

Casi todos, en algún momento, damos señales discretas de que algo no va bien. Un cambio de tono, una frase más corta, un cansancio repetido, una ausencia repentina de entusiasmo. No solemos pedir ayuda abiertamente, esperamos ser notados, y ahí se decide todo. Porque acompañar no consiste en estar cerca, sino en quedarse, en no retirarse cuando el otro deja de ser fácil. En soportar conversaciones imperfectas, silencios largos y preocupaciones sin solución inmediata. 

La soledad contemporánea no nace de vivir separados, sino de convivir sin detenernos. Quizá bastaría con recuperar una costumbre antigua, prestar atención sin utilidad, interesarse sin prisa y permanecer sin fecha de salida. No cambiaría el mundo, pero cambiaría muchas horas. 

A veces, lo único que alguien necesita para no sentirse solo, es que otro ser humano decida no marcharse todavía.

Conchi Basilio


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