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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

La violencia no es el camino

02-03-2026

Vivimos en un momento convulso. Basta con abrir cualquier periódico para comprobar que el mapa del mundo parece un tablero en permanente tensión. La guerra de Ucrania, la espiral interminable de violencia entre Israel y Palestina, los conflictos olvidados en regiones de África, la creciente tensión en zonas estratégicas de Asia, las últimas intervenciones en diferentes países… 

El escenario internacional parece dominado por una lógica peligrosa, la de la fuerza como argumento. 

Sin embargo, la historia humana debería habernos enseñado algo elemental, la violencia nunca resuelve los conflictos de fondo. Puede imponer silencios provisionales, puede modificar fronteras sobre el papel, puede incluso ofrecer la ilusión de una victoria. Pero no construye paz. La paz verdadera no nace del sometimiento, sino del reconocimiento mutuo y el respeto hacia los demás.  

El problema que atraviesa hoy el orden internacional no es únicamente militar, es moral. Se ha normalizado un lenguaje en el que la demostración de poder se presenta como garantía de seguridad. Se habla de “disuasión”, de “respuestas contundentes”, de “líneas rojas”. Y, sin embargo, cada escalada deja tras de sí un rastro de desplazados, de familias rotas, de generaciones marcadas por el trauma. Ninguna nación, por fuerte que sea, puede proclamarse vencedora cuando el precio es la deshumanización. 

Cada pueblo posee una identidad, una memoria histórica, unas aspiraciones legítimas. El principio de soberanía no debería ser un concepto flexible al servicio de intereses estratégicos. Nadie es dueño fuera de sus fronteras. Ningún Estado, ninguna alianza, ningún liderazgo político puede arrogarse el derecho de decidir por la fuerza el destino de otros. Cuando eso ocurre, se siembra una semilla de resentimiento que germina durante décadas. 

La violencia, además, tiene un efecto multiplicador. Un ataque genera una represalia, la represalia, una nueva respuesta, y así se alimenta una cadena que parece no tener fin. Se pierde de vista el origen del conflicto y solo queda la dinámica del castigo. En ese punto, el dialogo se percibe como debilidad, cuando en realidad es la expresión más elevada de responsabilidad política. 

Resulta paradójico que, en un mundo globalizado donde las economías dependen unas de otras y donde la tecnología ha acortado todas las distancias, sigamos recurriendo a métodos propios de épocas que creíamos superadas. Nunca la humanidad había estado tan interconectada, y sin embargo nunca había sido tan frágil el equilibrio internacional. Las decisiones tomadas en un despacho pueden alterar la vida de millones de personas a miles de kilómetros de distancia. 

Frente a esta realidad, conviene recordar que el entendimiento no es ingenuidad. Dialogar no significa ceder principios esenciales, sino buscar marcos comunes donde la dignidad de todas las partes sea reconocida. La diplomacia exige paciencia, escucha activa y voluntad de renuncia compartida. Es un camino más lento que el de las armas, pero infinitamente más fértil. 

La fuerza no puede imponer un alto el fuego, solo el acuerdo puede consolidar la convivencia. La imposición genera obediencia, el respeto genera estabilidad. Y si algo necesita el mundo hoy no es más demostraciones de poder, sino más muestras de sensatez. 

La violencia es la peor consejera porque actúa desde el impulso y el orgullo. Rara vez deja un final feliz. Allí donde se abre paso, el dolor se convierte en herencia. Si de verdad aspiramos a un futuro distinto para las próximas generaciones, debemos rechazar sin ambigüedades la idea de que la guerra es una opción válida. No lo es bajo ningún concepto. 

El desafío de nuestro tiempo no consiste en demostrar quién puede más, sino en probar que somos capaces de convivir con nuestras diferencias. La auténtica fortaleza de las naciones no reside en su capacidad de destruir, sino en su capacidad de construir acuerdos duraderos. Solo cuando la razón sustituya definitivamente a la fuerza podemos hablar de un orden internacional verdaderamente humano. 

La violencia podrá imponerse, pero jamás vencerá en la memoria de los pueblos ni en la conciencia de la humanidad.

Conchi Basilio


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