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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

La sociedad del ombligo

04-06-2026

Nunca antes la humanidad había tenido un acceso tan amplio a la información y, sin embargo, nunca había resultado tan fácil difundir la ignorancia. Cada día circulan miles de opiniones, rumores, acusaciones y juicios precipitados que son aceptados y repetidos por muchas personas sin el menor esfuerzo por comprobar si son ciertos o falsos. 

Lo preocupante no es únicamente la existencia de la mentira. La mentira ha acompañado al ser humano desde el comienzo de los tiempos, lo verdaderamente inquietante es la facilidad con la que algunas personas la adoptan, la hacen suya y la transmiten como si fuera una verdad indiscutible. Escuchan una afirmación, una crítica o una acusación y la repiten inmediatamente, sin contrastar datos, sin analizar las circunstancias y sin preguntarse siquiera si están perjudicando injustamente a alguien. 

Esta actitud revela una preocupante renuncia al pensamiento propio. Pensar exige esfuerzo, requiere escuchar distintas versiones, reflexionar, analizar y, en ocasiones, aceptar que nuestras primeras impresiones pueden ser erróneas. 

Resulta mucho más cómodo limitarse a repetir lo que otros dicen, de ese modo, la responsabilidad parece diluirse entre la multitud, aunque las consecuencias sigan siendo reales. 

A este fenómeno se suma otro rasgo cada vez más visible, el individualismo extremo. Muchas personas viven encerradas en sus propios intereses, preocupadas únicamente por aquello que afecta directamente a su vida. Lo que sucede a los demás apenas despierta su atención, salvo cuando puede convertirse en objeto de comentario o entretenimiento. La empatía, que debería ser uno de los pilares de cualquier convivencia sana, parece perder terreno frente a una visión del mundo centrada exclusivamente en el propio beneficio. 

Cuando el egoísmo se une a la falta de pensamiento crítico, el resultado puede ser especialmente dañino. Los rumores se convierten en verdades aparentes, las sospechas pasan a considerarse pruebas, las opiniones se disfrazan de hechos. Y quienes son objeto de esas habladurías pueden ver lesionada injustamente su reputación sin haber tenido siquiera la oportunidad de defenderse. 

Pero existe un paso todavía más preocupante. Algunas personas no se conforman con repetir rumores o informaciones dudosas, amparadas en el anonimato o en la distancia que proporcionan las redes sociales, se permiten insultar, humillar y atacar a otros con una agresividad que difícilmente mostrarían cara a cara. La pantalla se convierte entonces en una máscara detrás de la cual desaparecen la educación, el respeto y, en algunos casos, la propia humanidad. 

Resulta difícil encontrar justificación para ese comportamiento. El desacuerdo es legítimo, la crítica razonada forma parte de cualquier sociedad libre. El insulto, en cambio, no aporta argumentos ni construye soluciones. Simplemente revela una incapacidad para dialogar desde el respeto y una preocupante falta de consideración hacia la dignidad ajena. 

Las redes sociales han amplificado este problema, pero no lo han creado. Lo que hacen es mostrar con mayor claridad ciertas carencias que ya existían. Detrás de cada comentario ofensivo, de cada calumnia y de cada descalificación gratuita hay una decisión personal. Nadie está obligado a difundir una mentira ni a faltar al respeto a otro ser humano. 

Por eso, quizá una de las responsabilidades más importantes de nuestro tiempo sea recuperar el valor de la reflexión, aprender a verificar antes de compartir, escuchar antes de juzgar, pensar antes de hablar, y recordar que detrás de cada nombre, de cada fotografía y de cada perfil existe una persona real, con sentimientos y con una dignidad que merece ser respetada. 

La calidad moral de una sociedad no se mide por la velocidad con la que circulan las noticias, sino por la capacidad de sus ciudadanos para distinguir la verdad de la mentira y el respeto de la ofensa. En un mundo lleno de ruido, pensar por uno mismo sigue siendo un acto de responsabilidad y, también, de valentía. 

“La mentira no tiene dueño, hoy puede señalar a otro; mañana puede llevar su nombre”.

Conchi Basilio


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