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Mi rincón

Pagamos más; recibimos menos

17-08-2026

Hubo un tiempo en que encender el televisor significaba sentarse ante una ventana abierta al mundo. Había programas que informaban, otros que entretenían y series que contaban una historia con principio y final. Hoy, paradójicamente, tenemos más canales, más plataformas, más contenidos y más posibilidades que nunca, pero cada vez resulta más difícil encontrar algo que verdaderamente merezca la pena. 

La televisión parece haber entrado en una especie de bucle interminable. Las películas antiguas pasan de un canal a otro como si fueran patrimonio exclusivo de la programación. Las vemos una y otra vez, con independencia de que tengan diez, veinte o cincuenta años. Cambiamos de cadena buscando algo diferente y nos encontramos con la misma película que acabamos de abandonar. Y cuando finalmente recurrimos a una plataforma de pago para escapar de las repeticiones, descubrimos que tampoco hemos encontrado necesariamente el paraíso prometido. 

Pagamos Netflix, y otras plataformas, convencidos de que tendremos acceso a un enorme catálogo. Sin embargo, muchas veces nos encontramos recorriendo interminables listas sin hallar una película reciente que nos interese. Aparecen títulos anunciados como “novedades” que, en realidad, llevan años estrenados. Son novedades porque acaban de incorporarlas al catálogo, pero para el espectador la diferencia semántica importa poco, si se anuncia como algo nuevo, espera encontrar algo realmente nuevo. 

Y mientras el contenido parece repetirse, las facturas no dejan de crecer. Pero no solamente se ha empobrecido el cine, también determinadas series parecen haber descubierto el secreto de la eterna juventud, no terminar nunca. Una trama que podría resolverse en unos cuantos capítulos se estira durante temporadas enteras. Cuando parece que finalmente vamos a conocer la respuesta, aparece otro misterio, cuando parece que un conflicto va a cerrarse, nace otro. Siempre queda algo pendiente, siempre una pequeña revelación que obliga a continuar. 

El suspense, cuando se administra con inteligencia, es una virtud. Cuando se utiliza para estirar artificialmente una historia, termina convirtiéndose en cansancio. 

Y algo parecido ocurre con numerosos programas televisivos, tertulias repetitivas, polémicas prefabricadas, discusiones interminables y formatos que parecen clonados unos de otros. Se confunde audiencia con calidad y duración con éxito. Pero que un espectador permanezca delante de una pantalla no significa necesariamente que esté disfrutando de lo que ve. A veces simplemente no encuentra nada mejor. 

Y aquí aparece la gran paradoja de nuestra época, tenemos una oferta audiovisual prácticamente infinita y, sin embargo, muchas noches sentimos que no hay nada que ver. Pero el problema no termina en la pantalla, también está detrás del mostrador. Entramos en una tienda y nos ofrecen regalos “por ser clientes”. Un aparato, un servicio adicional, un paquete de televisión, una ventaja aparentemente gratuita. Preguntamos si vamos a pagar más y escuchamos, “no, no, esto se lo regalamos”. La palabra “regalo” tranquiliza, hasta que llega la letra pequeña. 

Porque, en demasiadas ocasiones, ese regalo lleva asociado un compromiso de permanencia que puede alcanzar dos años. Y entonces cabe hacerse una pregunta muy sencilla, ¿hasta qué punto podemos llamar regalo a algo que condiciona nuestra libertad para marcharnos? 

Una oferta comercial no debería convertirse en una trampa lingüística. El consumidor tiene derecho a saber qué recibe, cuánto paga, qué compromisos adquiere y qué consecuencias tendrá si decide cancelar el servicio antes del plazo establecido. Todo debería explicarse antes de firmar, no después. 

Vivimos rodeados de palabras seductoras, “gratis, regalo, incluido, novedad, exclusivo, sin coste”. Pero detrás de cada una de ellas debería existir una información igualmente clara, qué cuesta realmente, qué condiciones tiene y qué obligación asumimos. Quizá el problema de fondo sea que hemos terminado aceptando demasiado. Aceptamos pagar varias plataformas para conseguir lo que antes encontrábamos en una sola pantalla. Aceptamos series interminables, aceptamos reposiciones disfrazas de novedades, aceptamos ofertas cuyo coste real descubrimos después. 

Y quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente “¿qué me regalan?”, para empezar a preguntar “¿qué me están haciendo contratar?”. 

Porque el consumidor no necesita más regalos envueltos en letra pequeña, necesita algo más sencillo y mucho más valioso, información clara, precios transparentes, contenidos de calidad y la libertad de elegir sin sentirse atrapado. 

Al fin y al cabo, si pagamos por entretenimiento, lo mínimo que podemos exigir es que no nos aburran. Y si nos ofrecen un regalo, que no tengamos que pagar nuestra libertad para aceptarlo.

Conchi Basilio


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