El Confidencial
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José Manuel López García
Bayardo Quinto Núñez
Reflexionando

¿Qué sucede tras la puerta…?

18-08-2026

Responder a esta interrogante – nombre del artículo – resulta muy difícil si realmente no nos permitiesen entrar para visualizar algo tan necesario e importante que se resume en el comportamiento del proceso de enseñanza – aprendizaje. 

Si llegase hasta aquí finalizando este artículo, realmente sería una afirmación tan simplona que se convertiría en un diálogo-monólogo insípido y usted detendría inmediatamente su lectura, luego para evitarlo y tratar de engancharlo que continue su lectura, paso a los párrafos siguientes. 

Detrás de esa puerta – como en cualquier sociedad – podemos encontrar hechos, experiencias positivas, pero también negativas; un docente que transmite sus conocimientos a un grupo de estudiantes pero que podría ser altamente cuestionado a modo de ejemplo por los padres cuando los resultados fuesen negativos, que, si nos vamos a los extremos, digamos el 80 % de los estudiantes no aprobaron la asignatura podrían presentarse varios escenarios:  

1.- Cuestionamiento de la profesionalidad del docente. 

2.- Exoneración de que el hijo(a) sea el (la) responsable de haber desaprobado.

3.- Medidas a tomar con el docente por parte de la institución. 

Algo así como paralelamente a todo ello en el patio de la escuela se esté levantado ya una picota pública o la acumulación de troncos de madera en función de incinerar al causante de todos los males. 

No obstante, nos queda valorar que piensan el 20 % de los padres restantes que resultaron aprobado, ¿son sus hijos diferentes?, ¿poseen todas las condiciones “mágicas” para estudiar y alcanzar buenos resultados?, ¿se auto excluirán del problema al no haberse afectado? 

La respuesta adecuada, la correcta para que sea lo más justa posible en aras de solventar los factores subjetivos - ¿subjetivos?, ¡sí! - que incidieron en los bajos resultados cuando no se establece un seguimiento adecuado de acompañamiento al docente en que apreciemos el desarrollo de la clase en sí. 

No hace mucho, de dónde posiblemente surgió la idea o insumo de lo que en este momento usted barre con sus ojos de izquierda a derecha, renglón tras renglón, de una pregunta que me hacía una excelente colega: «Don Ernesto, ¿cómo le llamaban a la supervisión de las clases en la universidad?»; le contesté; «Acompañamiento, le respondí». 

Su respuesta: «…, pero eso es un eufemismo» y no inmediatamente ¿segundos después?, le argumenté que no simpatizaba con su respuesta, algo así y tan tradicional como las clases donde el docente solo hablaba y los estudiantes escuchaban y anotaban, tradición de unos 9 siglos, y que resultaba difícil cambiar, dada la existencia posible de algunos “residuos” aún vigentes hoy en día. 

La palabra supervisor (aguda, de cuatro sílabas) y que significa “revisar el trabajo de otro”, de principio me genera un rechazo si solo viene a ver y se va, algo así como una foto en blanco y negro con una cámara de cajón con rollos y no con una digital cuya imagen a todo color dependiendo del número de pixeles, entiéndase acompañar al docente el 100 % del tiempo de su clase, para posteriormente analizar el desarrollo de la clase en sí: lo positivo y las recomendaciones o sugerencias (reitero: recomendaciones) a seguir en caso que fuesen necesarias. 

Lo principal, ver de primera mano el comportamiento del estudiante, ¿entienden?, ¿participan?, ¿preguntan?, ¿se ríen, sonríen?, ¿se atienden sus dudas?, ¿hacen uso de las TIC en función del aprendizaje?, donde detrás de todo ello para lograrlo, a ese docente acompañado y no supervisado, se evidencia que hubo un trabajo previo de preparación insuperable: horas de investigación, de análisis objetivo al conocer a profundidad el desempeño gradual de sus estudiantes para lo cual hubo de consumir muchas, muchas horas (inclusive sacrificando sus horas de descanso), y que estas se “disolvieran” en menos tiempo “en esos cerebros ávidos de conocer el mundo que les rodea, pero además para tratar de mejorarlo”. 

¿Revisar que planificaba el docente? No, suficiente con lo que percibían mis sentidos y finalizar expresando: Profesor(a), lo(a) felicito(a), ¡Hoy aprendí mucho en su clase, cuando usted me abrió la puerta para entrar a la misma! 

Nota: la experiencia aquí narrada se basa en hechos reales y no ficticios tanto en la enseñanza media, como universitaria, que como docente – administrativo, ¡cuánto aprendí y comprendí!

Ernesto González Valdés


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