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Jesús Antonio Fernández Olmedo
Bayardo Quinto Núñez
Mi rincón

La dignidad no tiene fronteras

12-10-2026

Hay imágenes que deberían detenernos unos segundos antes de emitir un juicio. Personas que llegan desde otro lugar, con una historia que desconocemos, con un pasado que no podemos adivinar y, en algunos casos, con el miedo como única compañía. 

Sin embargo, con demasiada frecuencia nos apresuramos a juzgar antes de preguntar, a señalar antes de conocer y a buscar culpables antes de saber realmente qué a ocurrido. Aunque algunas cosas se vean claramente, hay que tener pruebas, no solo sacar conjeturas apresuradas. 

Ante situaciones de este tipo, hay algo que debería estar por encima de cualquier opinión: la ley y la humanidad. 

La ley debe cumplirse. Sin excepciones interesadas ni atajos. Quien no reúna las condiciones legales para permanecer tendrá que seguir el procedimiento establecido y, cuando corresponda, ser devuelto. Pero también la ley contempla que determinadas personas pueden estar huyendo de una guerra, de una persecución, de amenazas o de circunstancias que ponen en peligro su propia vida. Y esas personas tienen derecho a ser escuchadas, identificadas y atendidas antes de decidir sobre su futuro. Porque no todos los que llegan lo hacen por las mismas razones. 

No deberíamos meter en el mismo saco a quien busca una oportunidad económica, a quien entra de manera irregular y a quien puede estar escapando de un conflicto o de una situación de extrema vulnerabilidad. 

Cada historia es diferente y cada caso debería ser estudiado como tal. No se trata de abrir las puertas sin control ni de ignorar las normas. Se trata de aplicar la ley sin olvidar que delante tenemos seres humanos. 

Quizá ese sea precisamente uno de nuestros grandes problemas: hemos aprendido a hablar de personas como si fueran cifras. Cifras que llegan, cifras que sobran, cifras que nos cuestan dinero, cifras que preocupan. Pero detrás de cada cifra hay un rostro. Y detrás de ese rostro puede haber una madre, un padre, un hijo, un anciano o un joven que simplemente desea algo que todos nosotros damos por hecho: vivir sin miedo. 

Suponemos, aseguramos qué ha provocado determinadas situaciones, quién puede estar detrás de ellas. Pero convendría dejar las conjeturas para cuando existan datos y responsabilidades acreditadas. Inventar explicaciones antes de conocer los hechos solo sirve para alimentar la división y convertir un problema complejo en una batalla de opiniones. 

Primero habrá que atender a quienes lo necesiten. Después, comprobar sus circunstancias. Luego aplicar la ley. Y si existen responsabilidades por lo sucedido, investigarlas y exigirlas. Pero el orden es muy importante. 

Porque la humanidad no debería depender del origen, del color de la piel, de la religión, de la nacionalidad ni de la situación económica de una persona. Tampoco debería depender de que pensemos como ella o de que nos resulte más o menos cercana. Ser humanos debería significar precisamente eso: reconocer la dignidad del otro incluso cuando no conocemos su historia. 

Vivimos tiempos en los que parece imponerse el “primero yo, después yo y, si queda algo, ya veremos”. El individualismo ha ido ganando terreno y, con él, también cierta indiferencia ante el sufrimiento ajeno. El egoísmo, la avaricia y la lucha por el poder ocupan demasiadas veces el espacio que deberían ocupar la solidaridad, la empatía y el sentido común. Y quizá deberíamos mirar un poco más hacia atrás. 

Porque ninguno de nosotros ha elegido dónde nacer. Tampoco sabemos qué circunstancias pueden esperarnos mañana. La vida puede cambiar en un instante y convertir a una persona que hoy observa desde la comodidad en alguien que mañana necesite que otra mano se tienda hacia ella. 

Por eso, ante quienes llegan huyendo de algo que no conocemos, antes de condenar deberíamos escuchar. Antes de señalar, comprobar. Antes de sacar conclusiones, comprender. 

La ley debe cumplirse, sí. Pero cumplir la ley no debería obligarnos a dejar la humanidad en la puerta. 

Porque cuando todo lo demás falla, cuando desaparecen las fronteras, las ideologías y las diferencias, solo queda una verdad que debería seguir siendo incuestionable: todos somos personas y todos merecemos ser tratados con dignidad.

Conchi Basilio


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