ÁNGEL VARELA | El testimonio de Carlos, de padres gallegos, sobrecoge. No tanto por lo que cuenta –que también- sino por la naturalidad con que desgrana su relato. Su historia es el epítome de una sociedad en declive, en descomposición, acostumbrada a convivir con el horror y con una violencia expansiva, carnívora, que amenaza con devorarlo todo.
En un país convulso como Venezuela, en el que la extorsión y el secuestro se han convertido en dos de las industrias más prósperas, cada vez son más las familias que han pasado por un trance semejante. Un dramático requiebro del destino que siempre se resuelve a cara o cruz. A veces el azar determina un desenlace favorable y feliz. Sin embargo, por desgracia no siempre es así.
Carlos fue víctima de un secuestro que duró cuarenta y ocho horas. Durante ese período interminable era golpeado cada dos horas por sus captores, a los que nunca llegó a ver el rostro porque iban siempre encapuchados. “Ya no comía ni bebía –afirmó- porque creía que me iban a envenenar. La angustia que sientes en esos momentos es indescriptible”.
La impunidad con la que los delincuentes consumaron su fechoría ilustra con meridiana claridad cómo ocurren las cosas en su país. “Me abordaron en un restaurante a plena luz del día –señaló- y nadie pudo hacer nada por evitarlo porque el miedo paraliza a todo el mundo. Después supe por ellos que me habían sometido a un exhaustivo seguimiento durante seis meses”.
A pesar de su dramática experiencia lo peor llegó “cuando me mostraron una foto de mi familia y me dijeron que señalase a cuál de ellos quería que mataran primero. Ese incidente ya fue lo que me empujó, de manera definitiva, a abandonar el país”.